Ocaso. Sam

8 1 0
                                    

El siguiente fragmento es mencionado en el capítulo «Bailando en la oscuridad» del primer volumen de la Saga. Ocurrió aproximadamente siete años antes.

Tenía dieciséis años y había conseguido un trabajo en un restaurante de comida rápida. Había huido de su pueblo natal debido a una deuda familiar que su padre pensaba pagar con ella, de manera que no pudieran localizarla. Su hermano de doce años seguía en Talcahuano, Chile, y su madre había muerto hacía dos. Llevaba buscándose la vida por su cuenta desde los catorce, sobreviviendo con el dinero que un amigo de su madre la enviaba pero que, no podía quedarse con él.

Ya había acabado su turno y se llevaba como recompensa un par de hamburguesas, patatas fritas y un refresco. Aunque era de noche, todavía quedaba gente por la calle. Unos chicos la dijeron algo al pasar por su lado, pero ella los ignoró.

Siguió caminando, con la cabeza gacha y encogida bajo su abrigo, y al cabo de un rato sintió que alguien la seguía. Giró la cabeza y vio a tres chicos tras ella, más o menos a un metro de distancia. Aceleró su paso y buscó en su bolso el espray de pimienta. Notaba cada vez más cerca sus pasos, y caminó todo lo deprisa que pudo. Cuando casi le pisaban los talones, giró y extendió el brazo para presionar el botón del espray, pero un chico la golpeó y lo soltó, haciendo que su cena se esparciera por el suelo. Otro la sujetó por detrás, agarrándola de la cintura y tapándole la boca, y la llevaron a un callejón. Si había alguien por la calle, nadie dijo o hizo nada.

La tiraron tras unos cubos de basura, haciendo que se golpeara la cabeza, y nada más caer al suelo uno de los chicos se puso a horcajadas sobre ella. Sam forcejeó y trató de chillar. Cuando le mordió la mano al intentar el chico silenciarla, éste la abofeteo antes de darle un puñetazo y otro la asestó dos paradas en las costillas. La sujetaron por los brazos y las piernas, y cuánto más se resistía y pataleaba más golpes la propinaban. Pensó que darse por vencida sería lo mejor. Acabarían con ella rápido y luego, con un poco de suerte, la abandonarían allí. Pero no podía hacerlo. Era hija de un licántropo y algo de fuerza sobrenatural debía tener, aunque no la encontró en ese momento.

Estaba semiinconsciente cuando notó que le rompían la camiseta y le bajaban los vaqueros, pero al mismo tiempo le pareció escuchar de lejos como un coche frenaba en seco. Lo mismo se lo estaba imaginado porque eso era lo que quería que ocurriera. Que alguien viniera a socorrerla. Abrió el único ojo que no estaba amoratado, y vio como un cuarto chico se acercaba. Dejó de notar la presión que ejercían sobre sus tobillos casi al mismo tiempo que vio como el chico que se sentaba encima de ella salía volando por los aires, escuchando dos ruidos secos a continuación. El que la sujetaba los brazos la soltó y Sam se hizo un ovillo en el suelo. También escuchó como golpeaban en la cara a uno de sus captores y luego lo lanzaban contra la pared. Vio como los dos primeros se ponían en pie aturdidos y atacaban al que parecía ser su salvador, pero éste se zafaba de ellos con una velocidad impresionante y una fuerza descomunal. Después los vio correr y cerró los ojos. Quizá fuese su hermano o el amigo de su familia, que había venido por fin a rescatarla del calvario del exilio.

Notó la presencia de alguien arrodillándose a su lado, y como succionaban de su cuello allí donde se había cortado con un cristal cuando la lanzaron contra el suelo.

—¡Déjala Jimmy! —le pareció escuchar la voz de un hombre—. Está muy débil. La matarás.

Sam quiso decir algo, pero apenas era consciente de lo que ocurría a su alrededor. Continuó notando esa succión fuerte y un dolor salvaje que estaba empezando a paralizarle el hombro. Abrió los ojos y lo vio. Moreno y con el pelo largo y rizado en el extremo. El pelo le cubría parte de la cara, pero le pareció que no era mucho mayor que ella.

—Jimmy, déjala. Así no la salvarás —insistió la voz.

Sam dejó de notar la presión en el cuello y el chico alzó la cabeza hacia el hombre que se situaba a su lado.

—Yo no... No quería... —lo oyó decir asustado.

—Tranquilo, lo sé —trató de calmarle el otro.

—Yo solo quería ayudarla. —A Sam le pareció que el chico sollozaba.

—Si quieres ayudarla, ayúdame a llevarla a casa.

Sam entreabrió de nuevo el único ojo que tenía bien, y vio como el chico la cogía en volandas. Él la miró al mismo tiempo que su mirada adquiría un color gris metalizado, y Sam sonrió. Alzó la mano para acariciarle la mejilla, y antes de que pudiera hacerlo y darle las gracias, él se desplomó hacia atrás con ella aún en sus brazos. Permaneció sobre él, con la cabeza puesta en su pecho escuchando el ritmo de su corazón, hasta que el otro hombre le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

El hombre era más alto que ella, de color y con el pelo oscuro muy corto. Vestía de manera formal, pero sin llevar traje. Pantalones de pana marrón, camisa y jersey azul. Sam asintió temblorosa, y miró de nuevo al joven.

—No te preocupes por él, se recuperará. No está acostumbrado —dijo.

Sam aceptó la mano del hombre y se puso de pie gracias a su ayuda. Aún sentía todo su cuerpo dolorido, pero la sangre licántropo que corría por sus venas pareció hacer efecto.

—Gracias. Me llamo Sam.

—Soy John —respondió él.

Los Guardianes: lo que no se contóDonde viven las historias. Descúbrelo ahora