Capítulo 9- Conjunción de los astros

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-Afortunadamente la bala pudo ser extraída. La velocidad del disparo no fue suficiente como para que ésta se perdiera entre sus tejidos interiores. Lo que más me preocupa es la infección y la recuperación de la supuración- escuchó el barítono de su esposo en la lejanía.

- He traído estos ungüentos, a base de cera de abejas y caléndula, para que ayude en el proceso de cicatrización- oyó al Doctor Mellison. ¿El Doctor Mellison? No, no podía ser verdad. Tenía demasiado sueño y, seguramente, estaba confundiendo la realidad con la imaginación. 

Georgiana divagó  entre la consciencia y la falta de la misma, por varios días. Sin embargo, en todo momento notó la presencia de Thomas a su lado. No tenía ni idea de donde estaba ni qué había ocurrido verdaderamente, mas saber que su marido estaba cerca, le daba una ilógica sensación de tranquilidad. 

Una noche tras otra, un sol tras otro, estrellas y lunas... días y noches pasaron hasta que ese maravilloso ser que era Gigi volvió a la realidad para no irse de nuevo. 

-Gigi, Gigi...- susurró Thomas al verla abrir los ojos con nitidez y sin ningún ápice de sombra titubeante.

-Lord Peyton- arrastró las cuerdas vocales en la sequedad, haciendo que esas pocas notas emitidas se clavaran con crueldad en los tímpanos del indicado. No era que Thomas esperara una reacción amorosa por parte de esa joven a la que había cuidado sin descanso por dos semanas, pero sí que al menos hubiera deseado que no se dirigiera a él por su apellido. Al fin de cuentas ya era su esposa, aunque eso disgustase a gran parte del mundo incluida a la susodicha. 

- Toma, bebe un poco- puso él un vaso de caldo nutritivamente beneficioso, sobre esos labios enfermamente atrayentes,  a lo que la afectada correspondió positivamente, deseosa de algún bálsamo para su lastimada garganta. Georgiana miró a su alrededor tras aliviar la sed. Era una recámara bastante amplia, pero totalmente oscura, tan sólo se filtraba la luz por unas rejas transversales que cubrían una pequeña ventana y las velas ayudaban a no quedarse en la penumbra. Así como tampoco era precisamente que los muebles fueran muchos ni que la decoración fuera exquisita - Estamos en el sótano de Alexander y Teresa- informó él viendo como las orbes de su paciente rodaban por su alrededor.

Georgiana trató de incorporarse respondiendo a las exigencias de su musculatura, mas al hacerlo, recordó por qué estaba en esa situación. Un afilado umbral de dolor atravesó su vientre sin piedad. 

-Espera, por favor- demandó Thomas cogiéndola por las axilas y recostándola sobre una mullida montaña de almohadas que ayudaron a Gigi a mantenerse sentada.  Sintiéndose un poco más humana y menos felpudo, se llevó su mano sobre la herida viendo como la alianza metálica relucía con el movimiento. ¿Quién la había disparado? ¿Por qué? ¿Qué estaba ocurriendo verdaderamente? Eran cuestiones que iba a preguntar mas la interrupción fue su yugo.

-Oh, ¡ya ha despertado Señora Peyton! ¡Qué grata noticia!- irrumpió en la soledad de la estancia una animada Teresa cargando un suculento plato de ave cocida. 

-¡Gigi! ¡Gigi!- cantaleó la pequeña Mimi saltando de alegría y corriendo hasta su lecho para mirarla alegremente. Verdaderamente, esa niña era un trocito de cielo en medio de toda la polvareda en la que estaba viviendo, literal y metafóricamente. 

-Te pareces mucho a mi hermana, hmm... bien , cuando ella era más pequeña claro- sonrió Georgiana a la niña que, verdaderamente, le recordaba a Liza. 

-¿Tienes hermanas? Yo sólo tengo hermanos.

-Sí tengo hermanas- recordó melancólicamente sin que ese gesto pasara desapercibido por Thomas, el cual se sintió el cerdo egoísta más repugnante de todo el país.

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!