Capítulo 5: Bradley Sauvage

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Cuando me enteré que René sabía de mi pasado, no quise revelarle todo; divagué un poco antes de decirle lo que en verdad pasó. Le procuré un par de caricias sinceras antes de comenzar a contarle que, los pecados de la humanidad pueden ser tan grandes como sus virtudes. «Se puede odiar y amar a partes iguales, o viceversa», mencioné.

Y es que, como cualquier idiota que tiene sueños, que tiene fe en la humanidad, yo creía que mi deber era mejorar al mundo. Por eso estaba orgulloso de mi padre, quien trabajaba día y noche en su laboratorio; no le importaba quedarse sin comer porque estaba convencido de que encontraría la cura para la enfermedad que acabó con la vida de mi hermana y de mi madre.

Y por un tiempo creí en él y en los McGonagall. Creía que de verdad estaban trabajando por un bien mayor a todos nosotros. Por eso no me quejé cuando mi padre se volvió un ermitaño, tampoco cuando tuve que trabajar horas extras y dejar la escuela. Ni siquiera puse un maldito «pero» cuando tuvimos que hipotecar la casa para poder pagar las cuentas.

Sin embargo, cuando ese maldito robó la investigación de mi padre e hizo que lo encarcelaran, estaba dispuesto a llevarle el infierno hasta las puertas de su mansión. ¿Cómo fue capaz de cometer un acto de tanta codicia?, ¿qué le había hecho mi padre?

El bastardo infeliz de McGonagall fue capaz de robar la vacuna y comercializarla a un altísimo costo. Manipuló a las autoridades para acusar a mi padre de robo. Y, por si fuera poco, también se la llevó. ¿Qué le hizo ella? Juliette era mi prometida en Marsella.

—Cada noche vuelvo a mi habitación, contemplo su último cuadro y me hago la misma pregunta, «¿por qué a ella?». —pregunté. René me veía con tristeza.

—¿Qué fue lo que pasó?

No quise decirle todo, porque todo transcurrió tan rápido que lo recuerdo como una pesadilla tétrica que no tiene lógica.

—Se llevaron a mi padre un jueves. Entraron a la fuerza a mi casa. Los mismos oficiales plantaron las pruebas, yo los vi. Luché contra ellos, luché para rescatar a mi papá.

No me gusta recordar cómo pasó todo, pero tuve que contarle a René cómo me derribaron de un golpe en la sala. Me golpearon en incontables ocasiones. Apenas podía ver algo mientras cubría sus golpes. Mi papá gritaba que me dejaran y Juliette lloraba. «Los amenacé y les grité que se morirían si tocaban a mi familia», mencioné.

Aún recuerdo que uno de ellos carcajeó mientras me pateaba. Los golpes se sentían como arponazos que se encajaban en lo profundo de mis músculos. De pronto, el silencio sucumbió la habitación. Mi padre me tomó en sus manos, y se despidió de mí. Quise sujetarlo. Aún puedo sentir su bata escapándose entre mis dedos empapados de sangre. Y todo se volvió tinieblas.

Desperté varios días después en casa de un vecino, Juliette estaba conmigo. No le habían tocado ni uno solo de sus cabellos. Intenté levantarme, pero el dolor era indescriptible.

Juliette no quiso decirme nada. Me enteré por un descuido del hijo de esa familia; el pequeño prendió el televisor para que dejara de estar enojado. No me interesaba saber nada, quería a mi padre. Quería una maldita explicación.

Pero ese descuido me permitió saber, a través de las noticias, que la empresa de los McGonagall había encontrado de manera «milagrosa» la cura de la fiebre griega. Y que mi padre estaba en prisión.

El infierno no era un lugar tan grande para todo el odio que sentí ese día. No quería matarlo, quería hacerlo sufrir lentamente. Sin embargo, el caluroso amor de Juliette me cobijó en mi momento más triste. Ella fue mi luz, mi esperanza, mi vida y hasta mi alma. Por ella, fue que no busqué a ese maldito para asesinarlo.

Contrario a mi deseo de venganza, seguí el consejo de Juliette. Juntos buscamos las pruebas. Regresamos a las ruinas de lo que alguna vez fue nuestro hogar. Gastamos todo lo que ahorramos para nuestra boda en investigadores privados.

Nos tomó como 7 meses encontrar todas las pruebas. Tuvimos suerte de encontrar las evidencias de la investigación de mi padre.

Pero era un joven idiota, un iluso de 17 años que creía que podía cambiar al mundo sin que éste lo cambiara a él.

Así que hice la estupidez más grande que pude haber hecho, acudí a la policía. Debí darme cuenta que un juicio jamás transcurre tan rápido, debí darme cuenta de que hasta los jueces trabajaban para ese infeliz.

Mi peor error fue encontrar la verdad. Nunca me podré perdonar lo de Juliette. Yo la maté, nunca apreté el gatillo, pero mi error la mató.

Es imposible olvidar la sonrisa que tenía ese día, cuando por fin presentamos las pruebas. Sonreía con una dicha propia de los ángeles. «Liberarán a tu papá», me susurraba con su cálida voz al oído.

Sin embargo, hace 20 años, en un 13 de abril, acudí con Juliette a mostrar nuestra investigación, la misma que exoneraba a mi padre de todos los crímenes que supuestamente cometió, y que acusaba como culpables a un pequeño grupo de la corporación Trickstar.

Cuidadosamente, nos tendieron la trampa: nos pidieron entregar toda la información al juez porque era un caso muy grande. Él la cotejó para que la acusación fuera «sólida». Fue muy meticuloso cuando la revisó. Se aseguró que ningún detalle estuviera fuera de lugar. Y solamente cuando estuvo seguro de que la acusación procedería, hizo una llamada.

La pequeña letanía que le contaba a René parecía preocuparla. Ella no conocía todo mi pasado —y yo no quería que lo conociera—, solamente sabía los detalles por los que nos unimos.

—No es Juliette —aseguró René agachando la mirada.

—Quiero creerlo...

—Ella no es Juliette... No quise meterme en tu vida, fue un accidente. Cuando vi esa pintura quise comprártela, pero te negaste.

—¿Así fue cómo lo supiste?

—Sí, busqué a la artista. Casi no encontré nada de ella, pero apareció tu antiguo nombre, Bradley. Por eso es que supuse que tuviste algo con ella... Tú no me contaste todo.

—Ni menciones ese nombre. Esa persona murió en prisión.

—¿Qué fue lo que le sucedió? —La mirada de tristeza de René buscaba con miedo la verdad.

—Esperamos casi 3 horas a que llegara un supuesto abogado que tomaría el caso. ¿Adivinas quién llegó?

—¿Doyle McGonagall?

—No, jamás conocí en persona al padre. Llegó Andrew McGonagall, su hijo.

—Debiste...

—Lo odié —interrumpí—, quise matarlo con mis propias manos cuando entró a la habitación. Pero los guardias me detuvieron.

—Lo siento tanto... Pero, Bradley, ella no es Juliette. Debes sacarte eso de la cabeza, hemos llegado muy lejos. No podemos fracasar.

—Y no lo haremos, he planeado esta venganza durante 20 años. Hemos planeado este golpe durante 10 años. Ella no interferirá.

—Te quiero —el tono de voz de René mostraba nostalgia y dolor—, sé que podemos seguir. Pero estoy preocupada por ti. Toda esto te ha hecho vulnerable, descuidado... Tienes que sacar eso de tu mente.

—Lo haré, lo prometo. —Melevanté de la cama y busqué el whisky. Serví un trago y lo bebí de un sologolpe. El recuerdo de ese fatídico día me sigue llenado de odio.    

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!