Capítulo 8- Sorpresivamente peligroso

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La frialdad de la madrugada se empezaba a condensar en el interior del carruaje debido a las pequeñas ranuras que éste ofrecía al exterior. Gigi se acomodó todo lo que pudo la mantilla blanca que portaba, tratando de que ésta se estirara lo suficiente como para cubrirla, mas no lo conseguía; sintiendo así como el frescor empezaba a hacerle mella en su interior. Si no hacía algo de inmediato para aliviarlo,  enfermería. 

Thomas, por otro lado, estaba durmiendo apaciblemente des de hacía varias horas y Gigi no quería despertarlo para hacerle partícipe de sus incomodidades; lo último que quería era el favor o la ayuda de ese miserable. No obstante, un estornudo a tiempo fue su delator. 

Lord Peyton entreabrió un ojo y la vio hecha un ovillo en un rincón, con la intención de que la tela del carruaje le diera protección. 

-Pero mujer, ¿por qué no me has dicho que tenías frío?- se molestó él al verla en esas condiciones, aunque más le molestó que ésta ni si quiera se dignara a mirarlo o a responderlo  a pesar de que estaba sufriendo .¿Escogía sufrir antes que pedirle ayuda a él? Hastiado por esa situación la levantó entre sus brazos- haciendo caso omiso de las quejas de Gigi al respecto- y la sentó sobre él, para luego colocar su frac por encima de los dos. 

-Suélteme- suplicó Georgiana con un hilo de voz, pero orgullosamente soberbia. Trató de zafarse de su agarre, pero él no se lo permitió. Así que helada y agotada como estaba, al final se rindió a esa fuerza mayor que los brazos de Thomas suponían. 

La sensación agradablemente térmica que provocaba el cuerpo de Thomas tras el suyo ,provocó que el frío en su interior, huyera despavorido por el fuego que amenazaba en encenderse. El vaivén del torso masculino contra ella y su respiración en su cuello eran como pequeñas oleadas del mar placeneteramente estimulantes. Tratando de serenarse, decidió concentrarse en el sol. Thomas acababa de correr las cortinas y se podía ver, tras las montañas, como una esfera rojizamente anaranjada empezaba a despuntar en el firmamento. Y , con esa visión, se quedó dormida por unos minutos, embriagada y empapada por el aroma de Thomas. 

-Señor, hemos llegado - anunció el cochero que lucía unas considerables ojeras de cansancio con dos golpes sobre la puertecita. 

Georgiana se desveló por completo al escuchar tal afirmación y tardó menos de un segundo y medio en separarse de Thomas deseosa por bajar del vehículo. Salir, le supuso una bocanada de vida materializada en el aire. Las piernas agradecieron el contacto con el suelo, los ojos se adaptaron a la luz solar y los pulmones se hincharon gozantes del viento fresco, pero agradable. 

La joven dama miró a su alrededor observando aquello sobre lo que tanto había escuchado hablar: Gretna Green. Habría esperado una ciudad repleta de indecentes y mujeres de vida fácil, pero lejos de eso, se trataba de un pequeño pueblo con casas modestas rodeadas por campos. A decir verdad, el ambiente que se respiraba era bastante agradable y los lugareños parecían honrados y, lo más interesante, no parecían extrañados con su presencia.  

-Vamos- la estiró del brazo Thomas sacándola de sus pensamientos y arrastrándola por caminos polvorientos. 

-No me estire- apartó con violencia la mano de su secuestrador e hizo una seña para que anduvieran separados. 

La dama de alta alcurnia, ataviada con su ceñido vestido magenta y mostrando sus hermosos atributos al mundo, siguió al que se convertiría en su marido en breves instantes hasta una herrería. Ella, al llegar a la puerta de la tienda, paró para quedarse fuera imaginando que Thomas quería encargar alguna clase de artilugio para el carruaje o los caballos. Estaba segura que con todo ese ajetreo, algo se habría roto.

-¿Por qué te quedas parada?- se giró Thomas clavando sus ojos grisáceos sobre la preciosa joven que , muy elegantemente, se había apartado a un rincón para esperarlo. 

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!