Shibari (parte 2)

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Inicié la atadura sobre su vientre. La cuerda de algodón se deslizó con facilidad. Los giros y nudos que iban sometiendo a René la hacían gemir.

Algunas vueltas formaron un adorno sobre su cadera, la fuerza del nudo era la suficiente para asegurarle placer sin lastimarla. Cuando la cuerda se deslizó sobre sus glúteos y piernas, René lanzó un pequeño quejido: el roce del algodón sobre su sexo hizo que su placer despertara con premura.

La cuerda acarició con firmeza la piel obscura de René. Sus pezones erguidos se deleitaron con el roce. Quedó sometida en un abrir y cerrar de ojos. Las cuerdas hacían nudos en sus piernas, que parecían un hermoso adorno que sujetaba con delicadeza el fulgor de su piel.

Sus manos quedaron atadas junto con sus muslos. Como una sórdida pintura llena de pasión y lujuria, René yacía plácida en la cama. Entre sábanas blancas y cuerdas de algodón —sus favoritas— René se movía sutilmente disfrutando de la fricción de las cuerdas.

Gemía levemente pare excitarme. La humedad de su entrepierna escurría lentamente sobre sus muslos y glúteos. Deseaba que la penetrara con una demencia salvaje, que entrara profundamente y abriera sus piernas con devoción.

Primero, mordí sus pezones. Lamí con tranquilidad la tibia aréola, apreté mis labios sobre el marrón de las puntas de sus senos, y jalé con delicadeza la suavidad de su pezón. René gimió, y su cuerpo conmocionó en un espasmo.

La oscuridad de su piel brillaba con la luz de las velas. Su cuerpo se dibujaba en una silueta grácil y seductora. Era una diosa en ese momento, una diosa que arqueaba su vientre con sinuosos deseos de ser penetrada.

Esperé a que pidiera —con fuerza— para hacerla gemir. Solamente hasta que sus jadeos fueron intensos y su propia voz pidió que la penetrara, abrí sus piernas. Deslicé con suavidad mi duro miembro en la mojada cavidad de René. Lo hice de manera paulatina y lenta, quise que sintiera hasta el más mínimo detalle de mi sexo.

Pegué mi pelvis con cuidado. Dejé que sus labios apresaran con fuerza mi duro pene. La humedad de su vagina hervía en un cuenco de placer.

René balanceaba su cadera. Pero los cortos movimientos no le conseguían el placer que quería. Me odió durante un instante cuando la miré aventajado de la situación. Estaba sometida, inamovible y ansiosa de que la tomara.

Levanté su cadera con las palmas de mis manos. Procuré que la entrada de su apretado sexo quedara al filo de mi falo erecto. Con nada más que la punta, comencé a ondular con movimientos sugestivos y certeros de mi cadera. Movía mi pelvis en un serpenteo continuo. Únicamente la suavidad de mi punta entraba en sus labios y acariciaba su clítoris.

Quería escucharla jadear, pero ella no se rindió fácilmente. Sostuvo su respiración en sus senos hasta que no pudo más. Gimió con fuerza lanzando una fuerte exhalación. Y en ese instante demandó más; demandó que no me detuviera, que entrara con fuerza, con brusquedad, con la ferocidad de un amante que odia y ama a la mujer que tiene en sus brazos.

Apreté su cadera, coloqué mi palmo con firmeza sobre su brillante piel. Retiré mi pelvis con suavidad e ingresé con ímpetu. Entré rápidamente en el calor de sus labios, su vagina palpitaba como atrapando con esmero la brusquedad de mi duro miembro. René soltó un pequeño grito.

Seguí repitiendo el acto aumentando la velocidad paulatinamente. No permití que su cadera se moviera, la sujeté con la firmeza que necesitaba para sentirse sometida y, al mismo tiempo, llena de placer.

Choqué con fuerza mi pelvis sobre sus muslos. Sentí su calor aumentando a medida que sus gritos se hacían más y más fuertes. Y no me contuve, la penetré con un entusiasmo casi animal. Apreté sus glúteos cuando gimió, jalé su cadera para entrar con más fuerza y rapidez.

Entré en ella hasta que terminó un par de veces. Desaté con cuidado el nudo para liberar sus manos, pero ella quería más. Volteó su cuerpo y arqueó su cintura, jaló mi brazo y quedé sobre ella.

Y, en lo que sonó como una mezcla entre un gemido muy suave y un suspiro lleno de lujuria, pronunció con su delicada voz:

—Continúa, quiero que me folles...

Sujeté sus manos, las llevé a su espalda. Levanté su cuerpo hasta que su hombro quedó bajo mi boca, y le propiné un mordisco. Caminé con mis labios por su cuello, mientras acomodaba mi pene en la entrada de su vagina. Planté un par de suspiros, y después la penetré con fuerza.

Moví mi pelvis en un frío y veloz arrebato. Entré profundamente en ella haciendo que su cuerpo se tambaleara; las puntas de sus pechos brincaron con el primer golpe. Sus glúteos saltaban sobre mi pelvis con la suavidad de una tela. Y así fui apretándola, entrando con más fuerza, marcando sus senos con caricias, besando su cuello, mordiéndola... follándola con la locura que quería.

Mi pene, lleno de su humedad, entró una última vez hasta el fondo de sus labios. La calidez de su cuerpo se empapó sobre la anatomía de mi duro falo. Al final gritó, vociferó con fuerza y lanzó un último gemido que le robó el aire en sus pulmones y la doblegó sobre la cama. René tuvo que tomarse un segundo para recuperar el aliento, mientras de ella escurrían los líquidos de nuestros pecados.

Aún temblaba cuando me abrazó, pero las yemas de sus dedos acariciaron con gran precisión los músculos de mi abdomen.

—¿Qué te dio ella? —murmuró con la voz entrecortada—, ¿qué fue lo que te dio para que no tuvieras este apetito...?

—Ella... no hizo nada. Precisamente, es lo que temo.

—No es Juliette —respondió con un tono de voz lleno de tristeza—, ella no es Juliette...

—¡¿Pero...?!, ¿¡cómo...?!

—Mi trabajo es saberlo todo... Estoy preocupada por ti —los ojos grisáceos de René me miraron con amor—, haz cambiando desde que la viste. No sé quién sea, pero te aseguro que no es tu Juliette.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!