Capítulo 4: Shibari

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La fiesta en la mansión de René terminó hasta entrada la madrugada. De cualquier forma, perdí el interés desde muy temprano.

Después de las 10 de la noche subí al balcón a contemplar la marejada.

—¿Te escapas de la fiesta? —René entró sorpresivamente a mi escondite—, ¿no te agrada la atención?

—Sabes que no es eso.

—Ya veo... —murmuró con sutileza—, ¿será que extrañas a esa mujer?

—No bromees —contesté sin mirarla. Estaba absorto pensando en las complicaciones que mi plan había sufrido. El recuerdo fallecido de Juliette volvió en Céline. Pero no pensaba retroceder.

—Debe ser eso. —René aseguró subiendo su tono de voz—. Pareces un adolescente enamorado cuando la ves. ¿Ya la conocías?

—No, no la conocía.

—Voltea a verme —ordenó René.

El viento entraba con furia a la habitación, René solamente llevaba un conjunto de medias largas, con ligueros adornados con moños en color rosado. Nada más.

—¿A qué debo el honor? —pregunté.

—A que esta noche —René acercó lentamente su cuerpo hacia el mío; con una calma parecida a la marea colocó sus labios sobre mi mentón—, estoy excitada.

La abracé con suavidad. Me tomé el tiempo para acariciar sus costados, espalda y hombros, mientras bajaba mis manos hasta su cintura.

—Te extraño —murmuró en mi oído—... extraño tus manos, tus caricias y tus besos. ¿Tanto te importa esa mujer?

—No la conozco, te lo dije. Pero debo resolver esto, mi plan no puede continuar por ella.

—¿Cuánto tiempo...? —La voz de René se cortaba a cada instante, sus suspiros se estrellaban en mi cuello—, ¿cuánto tiempo tomará para que regreses? No has sido tú mismo, Bradley. Debes acabar con esto.

—Sigo siendo yo...

—No lo eres; te has vuelto distante, desconfiado, distraído...

René apretó mis hombros con suavidad indicándome que quería que estuviera en el piso. Me senté sobre el frío balcón, y permití que ella se subiera encima de mí. Primero desabotonó la camisa; se abrió paso entre cada botón con gran cuidado. Tomó su tiempo para desnudarme. Pero no me permitió besarla, ni tocarla.

—Me gusta... —murmuró con un instinto de agresión—, me gusta que estés bajo mi control. No hables —demandó sosteniendo mis manos—, quiero que estés así. Aunque sea un segundo, quiero sentirte mío... como si fueras mi propia piel.

Los rasguños de René abrían mi piel con firmeza. Eran tortuosos, fuertes, con gracia y lujuria. La combinación de dolor y placer hacía que me perdiera ante el deseo de sus pechos desnudos.

—Me encantan tus brazos —murmuró René cuando besaba mi piel—, tus músculos y cicatrices son suaves al gusto, pero tienen firmeza. —Dio una pequeña mordida, una delicada, una que apenas se siente pero que despierta los sentidos.

La danza de René hipnotizaba. La cadencia de sus muslos trepaba por mi entrepierna y avanzaba con movimientos sutiles por encima de mi erección. Era fuerte, feroz, dominante, y estaba tan excitada que su impulso únicamente quería volverme loco.

—¡No! —exclamó con firmeza cuando quise acariciarla—, aún no soy tuya, Bradley. Tú eres mío. Esta noche eres mío. Tu dorso... —murmuró con suavidad. René plantó un par de besos sobre mi cuello y continuó bajando.

Rompió el restante de la camisa, sumergió su rostro en mi pectoral para marcar un par de mordidas.

—Me gusta la suavidad de tus músculos —murmuró—, me encanta que nunca dejes de hacer ejercicio, que tu piel sea suave y tersa al tacto. Adoro que sufras cuando te acaricio. ¡No! —René sujetó sus dedos entre los míos, y movió mis manos hacia mi cabeza—, aún no soy tuya, Bradley. Quiero que sigas así.

Las yemas de René se encajaron con gran cuidado sobre mi abdomen. Sus labios se deslizaron despacio desde mi pectoral hasta la parte baja de mi abdomen.

—¿Lo deseas tanto como yo? —preguntó—, no quiero que contestes... tu cuerpo me lo dirá.

René abrió lentamente la bragueta de mi pantalón. Se detuvo un instante ante la desnudez de mi sexo erguido, y plantó una lamida desde el centro hasta la punta. La calidad de sus manos hacía palpitar mi pene con fuerza y desesperación.

Tomó con suavidad el largo de mi erección, después colocó sus labios cerrados en la punta. Sumió, con plena tranquilidad y cuidado, hasta que logró meterlo en su boca. Su humedad se sentía sobre mi pierna, pero no me dejaba tocarla. Ella se movía como deseaba. Frotaba con deseo desmedido su sexo contra los músculos de mi pierna.

La calidez de su boca tragó mi duro pene; succionaba sedienta por oírme gemir. En instantes se detenía, tallaba despacio sus labios contra la punta y lamía hasta la base. Continuaba cuando oía mi respiración.

Esperó, hasta que no pude contenerme, para rasgar mi abdomen con sus uñas y meterse todo mi pene en su boca. Miró con deseo mis ojos, acarició mi vientre, mi espalda y glúteos. No se detuvo hasta que se encontró llena, pero no de mí. Se detuvo cuando por fin alcanzó a volverme loco.

—Quítala de tu cabeza —René exclamó con furia y placer; sus manos continuaban tallando el largo de mi erección—; sigue tan grande como lo recuerdo. Quiero que por hoy la borres, elimina a todo el mundo...

Acarició mi pene a todo lo largo con calma y tranquilidad, plantó un beso en mi abdomen y continuó lamiendo. Después, posó sus manos sobre mi abdomen, subió su cadera hasta que los delicados labios de su sexo coincidieron con el grosor de mi miembro. Acomodó todo su peso sobre mí para que no me moviera. Y, al final, se balanceó con sutileza para que sus labios apretaran el grosor de la erección que ella provocó.

Movió un par de veces su cadera, sentí cómo escurría completamente sobre mi pene.

—Sácala, Bradley —entre gemidos, René colocó la punta de sus pechos en mi boca—; quiero que saques todo de tu cabeza —sus pezones acariciaron mis labios y acercó su boca a mi oído—. Tómame... —murmuró—, hazme tuya... hazme el amor, o si quieres... fóllame... Pero hazlo como siempre lo has hecho tú.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!