Draco conducía mientras Hermione intentaba comunicarse con Anne por celular. Acababan de regresar del almuerzo que tanto Molly como Arthur habían ofrecido en su honor e iban con dirección a la casa de acogida.

—No, aún no tengo cobertura.

—Usa tu varita, Mía. Ya es hora que la vuelvas a ocupar.

—No, no te preocupes, no es necesario. ¡Ya! ¡Ya tengo!

—Estamos en la ciudad, es obvio que... que —Draco miró por el retrovisor, luego por el espejo de su lado derecho y después por el izquierdo.

—¿Qué ocurre?

—No, nada. Solo que me pareció ver... imposible... creo que estoy paranoico —dijo meneando la cabeza—. Bien te dejo aquí con Daphne y en una hora paso por ti. Yo voy a la oficina a firmar unos cuantos papeles por lo de la nueva sociedad y regreso por ti. No te canses, además hoy quiero que te duermas temprano, mañana debes hacerte algunos análisis para ver cómo está tu organismo. Así que por favor no trabajes demasiado, ni te vuelvas loca revisando casos. Daphne es excelente en lo que hace.

—Está bien, no te preocupes. En una hora, pasas por mí —Hermione se quitó el cinturón de seguridad, besó a Draco en los labios y bajó del vehículo.

—Espera, ten, guárdala tú. Ya es hora que la tengas contigo —Draco le entregó la varita. Hermione la miró y en efecto, hacía rato que la estaba extrañando. Sus días como muggle habían concluido. Además en su estado, la varita podría facilitarle muchas tareas.

—Está bien. Gracias.

—No te enfades con Potter. Yo se la pedí.

—No hay problema, de igual forma, ya le echaba de menos —dijo metiéndola en el bolsillo trasero de su pantalón—. Nos vemos en una hora.

Al ingresar a la residencia, vio que Anne estaba sentada en la recepción con cara de preocupación. Al verla llegar, de inmediato se puso de pie y fue a su encuentro, abrazándola.

—Anne, ¿qué ocurre? —la secretaria no la soltó y le habló al oído.

—Hay un hombre extraño en su despacho, Mía. Llegó cargando una escoba...

—¡Ronald! —dijo Hermione sin mayor análisis—. Tranquila, yo me encargo.

—Señora Mía, ¿quiere que llame al doctor? —Hermione asintió, pero a su vez hizo una señal de silencio poniendo un dedo índice en sus labios y entregándole a la secretaria el celular.

Hermione, metió la mano en el bolsillo del pantalón y extrajo su varita. Al fin Anne la veía a ella como una bruja, blandiendo su arma, ahora entendía algunas cosas que Maxwell le había dicho.

Avanzó despacio y con cautela hasta su oficina, sentía que los pies no la acompañaban pero debía darse el valor y enfrentarlo, ya que lejos de temerle a Ronald Weasley, lo que sentía por él era solo compasión.

Al llegar a su oficina se percató que la puerta se encontraba semi cerrada. La terminó de abrir con sumo cuidado y en efecto, ahí estaba él de pie junto a la ventana de brazos cruzados y, ¿sin varita?

Hermione lo miró incrédula amenazándolo con la suya dispuesta a desarmarlo en cualquier instante. Sabía que en eso, Ron jamás la había aventajado.

—Hola Hermi, ¿cómo estás? —saludó sonriente como quien saluda a su mejor amigo, como si nunca entre ellos hubiesen existido problemas.

—¡Expelliarmus! —gritó Hermione, momento en el cual, desde la parte trasera del pantalón de Ronald, salió volando la varita de él directo a ella, atrapándola en el vuelo. Ron levantó ambas manos en señal de rendición—. ¡¿Qué pretendes, pedazo de idiota, viniéndote a presentar aquí y montado en una escoba?! ¡¿Quieres que todos los muggles se enteren de la existencia de los magos?!

Siempre serás Mía, Granger¡Lee esta historia GRATIS!