Capítulo 5-Trazos de amargura

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La función debía continuar. Tras el desayuno, Audrey no tardó en demandar su presencia y pedirle explicaciones sobre dónde había estado. Afortunadamente, la cuartada de que Sophia Peyton se había indispuesto, fue suficiente como para que no le exigieran más explicaciones. 

Si  Gigi disponía de alguna habilidad, era la de enmascarar la verdad. No era una joven embustera, pero cuando la ocasión lo requería ,sabía muy bien como jugar sus cartas para no ser descubierta. A pesar de eso, empezaba a notar a su hermana mayor un tanto más controladora de lo habitual porqué , seguramente, sospechaba algo. Así que era cuestión de tiempo que se diera cuenta de lo que sucedía. 

Como era habitual, las actividades de media mañana dieron comienzo en el jardín.  Por lo visto, los Pembroke, habían pasado todo el año acondicionando el panterre para que en una esquina  de éste ,los mejores jardineros de Inglaterra construyeran un grande y dificultoso laberinto. El juego consistiría en que parejas- escogidas al azar- debían llegar al otro extremo con presteza. Si alguien se perdía, tan sólo debía hacer sonar un bonito silbato - que sería entregado a cada una de las parejas- y un lacayo iría en su busca. 

Edwin miró con desgana a la tía de su esposa en cuanto ésta explicó el juego, así que con las manos en el bolsillo decidió dar media vuelta y volver al interior de la mansión; sin embargo, se encontró con que Audrey ya estaba depositando a Alice en los brazos de la Señorita Murray para poder apuntarse. ¿Ahora a la Duquesa de Somerset le daba por participar en laberintos?  Cada día le sorprendía más esa mujer. Con un gesto resignado se acercó a ella y esperó pacientemente  a que los emparejaran, puesto que aquellos matrimonios que querían participar juntos, también lo podían hacer sin necesidad de emparejarlos con otros. 

-No sabía que te gustaran este tipo de juegos- musitó el teniente a su esposa adentrándose entre las paredes de arbustos. 

- Sólo tenía curiosidad...- aparentó no estar emocionada sin éxito puesto que su esposo ya sabía leer entre sus vetas azules la emoción. 

 -Lady Remilgada...- susurró él haciendo que Audrey se enrabiara y le diera un codazo bien disimulado, que no causó otra cosa que gracia en Edwin. 

Bethy, por su lado, al no estar su esposo  decidió quedarse junto a Rouney y Áurea mientras éstos jugaban con sus primos, Mary y  Anthon. 

Karen miró entusiasmada a Gigi, pero encontró con que ésta- muy disimuladamente- trataba de escabullirse.

-¡Gigi! No me digas que no quieres participar- la melliza de cabellera rojiza, sabedora de su poca fortuna, optaba por quedarse lejos del lugar ya que no quería arriesgarse a quedarse emparejada con Thomas; el cual ya estaba rondando por el lugar cual ave carroñera. 

-No, Gigi, no te quedes apartada - interfirió la Baronesa viuda, acercándose a ella con su bastón- es una buena oportunidad para conocer a un caballero que pueda ser de tu gusto. Recuerda que todos estos eventos se hacen para que las muchachas casaderas  puedan encontrar a alguien digno de su posición. 

- Dirás que todo este teatro se hace para poder vendernos mejor- removió sus orbes verdes indignada,  mientras la Señora  Royne hacía caso omiso y se sentaba a su lado.

-Vamos niña- insistió la anciana.

-Sí, porfiis , será divertido- alentó Karen.

-¡Ooooh está bien!- se exasperó Gigi- creo que algún día imitaré a Lady Christine y me internaré en un convento lejos de todos - bromeó ella un tanto hastiada por ser siempre arrastrada. 

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!