Capítulo 3: el club swinger

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Semanas antes de la visita de Céline al club swinger de René, pude verla en un par de ocasiones. René nunca se toma las cosas con calma, es tan calculadora como yo. Nunca dejaría entrar a un reportero a su club.

No importa quién sea, nadie pone un pie en el club sin antes asistir a dos eventos. El primero es en la casa de la playa de René. Una mansión tan enorme que ni ella misma la conoce completa. Tiene una bellísima vista a la costa, un enorme jardín lleno de margaritas —su flor favorita—, árboles de cerezo, docenas de fuentes y hasta pavorreales.

—Pareces un adolescente enamorado —René estaba recargada sobre la barra, ni siquiera me percaté de que me miraba—, ¿por qué no te acercas?

—El lobo siempre espera —sonreía cuando le respondí—, además, ¿qué les diría? Algo como, «hola, yo soy el que ha estado destruyendo su compañía».

—Podrías comenzar con un simple «hola». Bradley, ¿qué te sucede? No parece que seas tú, te noto inseguro. Si quieres destruir esa compañía, ve y hazlo. Deja de hacer tantos rodeos.

—En verdad es hermosa. —El sol estaba camino hacia el mar cuando miré a Céline a los lejos; ella convivía con las demás parejas—. Tenías razón cuando hablamos por teléfono.

—Creo que hasta se parece a la pintura que tienes en tu habitación. Por cierto, ¿quién es ella?

—No tengo idea, compré la pintura hace muchos años. Se la compré a un tipo en Francia, estaba tirada en un basurero.

—Qué sospechoso...

—¿Sospechoso? Estás en el lugar de Cooper, y yo parezco otro invitado. ¿Quién creería que la dueña está sirviendo los tragos?

—Ambos conocemos las ventajas del anonimato.

—¿Por qué no contrataste a alguien más?

—No tuve tiempo, además me gusta estar en la barra. Me recuerda a mi abuelo.

—Tu abuelo, él seguramente sí sabía preparar tragos.

—No hables de él así. Era un gran hombre.

—Nunca lo pondría en duda, pero ¿qué haces en la barra?

—¿Sabes? Cuando cumplí 22 años, él me enseñó la diferencia entre un burbon y un scotch. Él me compró mi primer auto, y no fue con dinero de mis padres, él buscó un trabajo como asesor para poder pagarlo. También me enseñó a pelear, a tejer, a cocinar galletas, a enojarme y a alegrarme con la vida. Él fue más padre y madre que mis propios padres, y me dejó el consejo que me hace estar aquí en la barra.

—¿Y cuál fue ese gran consejo?

—Que no importa cuánto dinero tenga, si no lo sé disfrutar.

—Era muy sabio —golpeé la barra con el vaso y le sonreí—; pero tú, tú tienes que prepararme otro trago.

René correspondió la sonrisa y, después de servirme, salió de la barra. Me tomó por los brazos y acarició un poco mis hombros. Recargó con delicadeza su rostro sobre mi dorso.

—¿No te parece encantador? —murmuró con suavidad en mi oído.

—¿Qué?

—Todas las personas que están reunidas en esta comida son las más influyentes de la ciudad. Si quisiéramos hacernos con todo el poder, los tengo bien sostenidos de sus partes más íntimas —bromeó.

—Definitivamente, tu humor ácido... Nunca podría vivir sin él.

—¿Me dirás lo que quieres con esa rubia?

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!