Capítulo 1: dustbunnies

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¿Cómo olvidas las partes importantes de tu vida? Podrías intentarlo con una botella de un buen burbon. Podrías matarte con un trago de whisky. Pero jamás olvidarías.

Quizás no quieras recordarlas; no porque no hayan sido hermosas, sino porque ya no has vuelto a sentir lo mismo. Y esa misma ansiedad de la que estoy hablando, la sentí el día que vi a Céline en su vestido negro.

Fue un viernes, creo que ya era de madrugada. Recuerdo muy bien que fue en invierno. Las ventiscas azotaban la ciudad con furia. El «Dust Bunny» era el único sitio que seguía abierto.

Yo estaba en la barra, como de costumbre había ordenado un par de tragos. A decir verdad, estaba muy nervioso; algo no muy común en un tipo como yo, en alguien tan calculador que planea hasta el más mínimo detalle de su vida. Pero bien dicen, que los nervios son humanos.

De cualquier forma, esperaba ahí sentado por un milagro que reviviera la noche. Y entonces llegó ella. Céline cruzó por la puerta contoneando sus bellas y largas piernas blancas. Con una sonrisa casi angelical, reanimó todos los infiernos que han vivido en mí.

Su caminar por la entrada del club fue impresionante. Retaría a muerte a quienquiera que diga que no estaba ante la presencia de una gran mujer.

Céline enfiló sus pasos con la gracia que solamente ella conoce; su escaso vestido —muy elegante— despertaba deseos carnales sedientos de placer. Era imposible no sentirse atraído.

Ella, quien posee una sonrisa perfecta y una mirada angelical, avanzó por la angostura entre las mesas, y se sentó en la tercera fila; cruzó sus piernas y —sonriente— esperó a su marido.

Fue un espectáculo impresionante admirar la cadencia de Céline. No era el único que opinaba lo mismo, porque hasta la mujer que tenía sexo detrás del cristal, se detuvo un segundo para admirarla.

Debo admitir que sentí pena cuando la vi entrar, también sentí esperanza; porque en el fondo de mí, deseo robarle cuando menos un pequeño y simple suspiro.

A diferencia del idiota que la arrastró hasta este club «swinger», yo sabía que ella merecía más.

No sé qué me pareció más patético, si el pobre idiota que estaba esperando en la mesa, o el pobre idiota que veía a las meseras desnudas mientras su mujer esperaba por él. Para mí, ambos eran un mal chiste que no conocía límites.

Creo que ellos debieron aprender de Céline, quien —con todo el cuidado del mundo— observaba excitada la forma en que la mujer detrás del cristal era penetrada. Quizás los ojos verdes de Céline sean engañosos como el caudal de un río; pero conozco esa mirada de deseo. Podría reconocerla en cualquier persona.

Céline, muy discretamente, estaba excitada. Ella observaba —por el rabillo del ojo— cómo penetraban a esa mujer con fuerza. Casi se le escapa un suspiro cuando ella gritó. Ni siquiera cuando sonrió hipócritamente para fingir interés en la plática despegó su atención de esa mujer, a la que penetraban con ímpetu entre dos hombres.

Acarició su pierna cuando ella cayó con fuerza sobre el duro falo del hombre en el suelo. Mordió con discreción su labio superior cuando ella se llevó a la boca el miembro del otro tipo. Y creo que hubo una complicidad, porque esa mujer —detrás del cristal— la miraba fijamente cada que bajaba con rapidez su cadera. Era un juego entre las dos.

Lógicamente que, habiendo esperado toda la noche por un suceso que me sacara del letargo, pedí un trago y me acerqué, con todo descaro, ante la presencia de Céline.

—Es una mesa privada —espetó el marido—, ¿puedes retirarte?

—Verá, caballero —contesté—, tiene que disculparme, pero no puedo retirarme hasta que me acepten un trago.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!