4. (Re)encuentro

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La última página de apuntes coloridos y ordenados estaba ante sus ojos. Con dedicación y una enorme sonrisa, Kasumi terminó de copiar las líneas finales sobre datos científicos irrelevantes para quien pensaba dedicarse a cualquier trabajo turístico: "Como si no fuera suficiente con aprender a hablar inglés", pensó en varias ocasiones mientras dibujaba mitocondrias, hojas alveoladas y animales invertebrados. Le pesaba la simple idea de actualizar sus notas mal tomadas en un día y medio, pero era consciente de que su benefactora la reprendería si el lunes le solicitaba una prórroga para concluir lo que había prometido realizar en un fin de semana. De cualquier manera, el regaño ya no le importaba ni sería necesario: punto final, cierre de cuadernos, brazos hacia arriba, una celebración silenciosa acompañada por un sonido de alivio ante su logro desbloqueado de ñoña transcriptora que se avienta sobre la cama para dormir por fin a las tres de la mañana.

A pesar del cansancio, su mente fue capaz de mostrarle un sueño afín con su tortura superada: un pupitre a la izquierda en diagonal, al lado de una ventana, el movimiento veloz y el chasquido constante de un bolígrafo la distraían con frecuencia. Se preguntaba entonces cuál era la necesidad de alguien por tomar tantas notas y cambiar de tintas, ¿en verdad había gente que apuntaba hasta el minuto exacto en el que el profesor daba media vuelta para escribir en el pizarrón?

Pero a pesar de sus intentos por ignorar el ruido y la velocidad de la mano, ella desviaba la mirada ocasionalmente hacia la ocupante del pupitre: una chica de cabello negro trenzado con mirada verde sin esperanza. Y mientras más lo hacía, más fuerte se tornaba ese sentimiento inusual que la inquietaba: la sensación de quien reconoce a un prófugo de la ley y que busca el momento indicado para entregarlo a la policía.

La hora del almuerzo fue el momento indicado para recuperar el control de sus pensamientos. Despreocupada, sin ataduras, abandonó aquel salón repleto de extraños para buscar jugo de naranja y, si la suerte la ayudaba, para hablar con un viejo conocido a dos puertas de distancia. Pero no la tuvo: sumergido una vez más en un libro con textura y esencia de aventuras de otros tiempos, el chico no despegaría la mirada de las letras, pues temía, muy en el fondo, que alguna de ellas se le escapara para no volver jamás.

De vuelta en su salón de clases, los sonidos de su nuevo mundo amenazaba con asfixiarla: voces infinitas, risas estruendosas, bromas familiares, abrazos calurosos y gestos amigables entre extraños que, por una u otra razón, no le interesaban. Pensó de inmediato que aquella sensación de vértigo se debía a la cantidad de gente que charlaba en todos los pupitres que colindaban con el suyo, y así pudo comprender, finalmente, que se había desacostumbrado al alboroto adolescente, ese reino de sonidos imparables del que decidió exiliarse para convertirse en la amiga incondicional del chico tímido que, a pesar de encontrarse en una situación igual o peor que la suya, había descubierto la manera perfecta de cerrar sus sentidos ante la situación de su mundo para sumergirse en otro menos hostil.

Intentó ignorar los sonidos y buscar la paz que su cerebro necesitaba para decidir qué hacer durante los siguientes tres años: ¿debería readaptarse al bullicio emergente e incesante de sus compañeros de salón?, ¿podría acostumbrarse nuevamente a ese mundo y, al mismo tiempo, mantener sus viejos lazos con el chico callado sin arrastrarlo a una serie de situaciones de las que había escapado gran parte de su vida?, ¿debería quedarse sola y lejos de todo y seguir ahogándose entre aquellos seres desconocidos que parecían no notar su presencia?

Un nuevo movimiento de la chica de trenzas la liberó de aquellos pensamientos. Indiferente al resto, navegando entre las nubes que contemplaba por la ventana, tras soltar un suspiro profundo y melancólico, cruzó los brazos sobre su pupitre y escondió el rostro en espera del final del almuerzo.

Entonces se preguntó si podría seguir soportando la curiosidad que le causaba su silencio.

—Toma —le dijo mientras colocaba sobre la mesa su jugo recién comprado y se acomodaba en la silla de enfrente.

La libertad de la nieblaRead this story for FREE!