Cosas que arrojar por la ventana.

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Se alejó a toda prisa por los pasillos. No quería estar en su presencia, prefería estar mil veces sola. Se tapó la cara con las manos y ahogó un gemido lleno de frustración. Estaba furiosa, si, pero también estaba notando como si rabia dejaba pasado a un dolor conocido que refulgía en su pecho, un dolor que había mantenido a raya pero que ahora despertaba con fuerza.

Subió directamente a sus habitaciones, echando a cualquiera que se le cruzara. Las doncellas y sirvientes se marcharon, sorprendidos con su actitud.

En seguida, se sentó en la cama, en su cama. Las manos que había mantenido en su rostro las centró en la boca y tapó con ella el llanto. Si todo ese tiempo había pensado en él, añorándolo, extrañándolo, preguntándose una y otra vez porque la había dejado, ahora su mente estaba completamente llena de Odín.

Por qué esto, por qué lo otro. Por qué no había dicho nada, por qué aparecía ahora…

Sujetó un almohadón y estampó la cara contra la tela. No tenía ni idea de cómo Odín había llegado a ser el capitán y el hombre de mayor confianza del príncipe de Terranova, ni tampoco como se supone que había trabajado como ladrón. ¡Incluso en Devanna lo conocían como un delincuente!

Algo allí no tenía sentido y pronto se sintió abrumada.

—Mierda —gimió.

Quitó el almohadón y lo lanzó por la ventana que daba al su hermoso jardín de invierno, dos pisos más abajo. Automáticamente se molestó consigo misma y se asomó a la misma. Asia había aparecido en la superficie del agua de la fuente y se estiraba sin éxito para intentar alcanzar el almohadón  en el suelo.

¡Justo lo que necesitaba! ¡Asia!

Se giró y se encaminó a la puerta, pero cuando atravesó las cortinas se detuvo. ¿Y si ellos estaban todavía deambulando por el pasillo? No quería cruzárselos. ¡No! Si lo veía otra vez iba a hacerlo rodar por las escaleras.

Gruñó y lanzó otra cosa por la ventana.

Bien, se haría a lo diosa.

Se sentó en el alfeizar y sacó las piernas enfundadas en sedas. Oyó a Asia exclamar algo en voz alta, seguramente refiriéndose al último objeto volador, pero Calipso se concentró en sí misma. Balanceó sus pies en el aire y se dejó caer.

La distancia al suelo se redujo rápidamente, pero ella aterrizó con suavidad, sostenida por las brazadas de agua de la fuente que cobraban vida propia bajo su voluntad.

—¡Te juro que ya me iba! —exclamó Asia, mitad cuerpo fuera de la fuente, mitad dentro. La punta de sus dedos había alcanzado el almohadón.

—¿Danayo no te avisó aún que te buscaba?

La cara de la sirena se iluminó de golpe.

—¿Me llamabas? ¿Para estar aquí?

—¡Pues si! ¡Tengo que…tengo que hablar con alguien! —gimió, llegando hasta ella y sujetando el almohadón antes de que Asia lo agarrara por completo. La sirena bufó y apoyó las mejillas en los puños.

—¿No puedes dejar que lo vea? Se ve lindo.

Calipso la miró desde la altura. Asia no parecía molesta con que sus pechos se apretaran contra el suelo rugoso y duro. ¿Es que eso no era incomodo?

—Toma —dijo, temblando como una hoja. Oía voces provenientes de la galería y no deseaba ver a nadie en SU jardín. Su amiga tomó el almohadón y lo apretó repetidamente con las manos.

—¡Esto es realmente lindo!

—Genial, perfecto. ¡Ahora que lo viste olvídalo! —exclamó Calipso—. ¡He dicho que debo decirte algo!

Destinos de Agharta 1, Calipso¡Lee esta historia GRATIS!