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—Tom, me da miedo hacer esto —confesó la rubia—

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—Tom, me da miedo hacer esto —confesó la rubia—. ¿Estás seguro que es buena idea?

—Es una estupenda idea, Tati —repuse, el rostro de la rubia estaba lleno más que de preocupación, diría yo que de expectación—. Mira a esos pequeñines —señalé—. Mira lo feliz que lucen mientras lo hacen.

—Sí, Tom, pero ya yo no tengo cinco añitos, ya estoy muy vieja para aprender —afirmó—. Además, soy muy torpe, mi novio una vez intentó enseñarme a conducir un auto y no aprendí.

—Eso es porque ninguno de los dos tuvo paciencia, ni él para enseñar, ni tú para aprender —declaré—. Todo no se aprende en un solo día, Tati, es como en la vida, todo se da paso a paso.

—Pero... —Tomó una profunda respiración y le dio un vistazo al parque—. ¿Y si me caigo?

—Pues si te caes, te levantas y ya —respondí—. Ya te dije que es como en la vida.

—Bueno, lo intentaré. —Esa mañana había salido muy temprano a alquilar una bicicleta, sabía que si me aparecía de una vez con ella, Tati no tendría más opción que aceptar—. Tom, no me sueltes, por favor.

—No lo voy a hacer, tranquila, tú solo pedalea, yo me encargo de lo demás. —Dubitativa, subió a la bicicleta e hizo lo que le pedí—. Tati, te estás yendo de medio lado —añadí entre risas.

—Tom, no te burles —se quejó—. Esto es muy difícil. Además, mira cómo se me queda viendo la gente, deben pensar que soy una tonta.

—Si yo fuera alguno de ellos no pensaría eso —opiné, ella se me quedó viendo y dejó de pedalear—. Pensaría que eres una chica muy valiente, porque nos estás demostrando que nunca es tarde para aprender.

—Hablas tan bonito —susurró—, siempre tienes una palabra para hacerme sentir mejor.

—Yo solo digo la verdad, Tati. Ahora, vamos, sigue pedaleando —demandé, y entre risas y una que otro grito, continuamos nuestro recorrido—. Creo que ya estás lista para soltarte —añadí, cuando volvimos al punto donde habíamos iniciado.

—¡Qué! No, Tom, aun no estoy lista —afirmó, pero fue demasiado tarde, ya yo la había soltado.

Por algunos segundos pudo pedalear, pero después terminó perdiendo el equilibrio y cayó estrepitosamente sobre el césped.

Yo sabía que todo aquello no había pasado de un susto, pues antes de hacerla subir a la bicicleta me había asegurado de que ella llevara la protección necesaria.

—¡Ay! —jadeó, sobando su hombro—. Tom, ¿por qué me soltaste? Te dije que no estaba lista...

—Creo que nunca te vas a sentir lista, así que fue necesario —afirmé, y extendiendo mi mano para ayudarla a levantar, añadí—: Vamos, tienes que seguir.

—Tom, ya estoy cansada —refunfuñó con un gracioso mohín.

—Vamos, Tati —insistí—. Practiquemos una vez más que acostada en el piso no vas a aprender.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora