Capítulo 3: Marcus Delacroix

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Las tres mujeres se sentaron alrededor de la mesa dispuestas a comer y hablar sobre lo sucedido, a pesar de que Marie no parecía tener muchas ganas de compartir todo aquello con sus sobrinas.

—Tía —comenzó hablando Sarah— ¿nos vas a contar qué pasó anoche?

—No creo que sea conveniente —sentenció Marie levantándose de la mesa y dirigiéndose a su habitación.

—Apenas ha probado la comida —continuó Sarah mirando a su hermana— ¿crees que estará bien? ¿pasará algo grave?

—Se lo sonsacaremos cuando esté más calmada, ahora vamos a comer... —dijo Violette tragando su comida— Mejor cuéntame tú qué pasó anoche.

—Nada, ¿por qué piensas que iba a pasar algo? —preguntó Sarah nerviosa.

—Sarah, saliste a papá, no sabes mentir... Te vi anoche con Thabo, estabais hablando muy acaramelados, ¿no crees? —Violette intentó que su tono no sonara acusador para no alterar a su hermana.

—¡Solo hablamos! —exclamó ella poniéndose colorada, sin duda había más de esa historia.

—Te creo —mintió Violette— pero entonces, ¿por qué te pones tan nerviosa?

—No estoy nerviosa, ¿y tú? ¿de dónde llegaste esta mañana? En la fiesta no había ninguno chico atractivo y los pocos que pudieran haber salieron de la casa cuando la tía los echó, así que no sé con quien podrías haber estado —la mirada y el tono de voz de Sarah sí eran acusadores, pero Violette no se dejó intimidar y decidió contestar con la verdad... o casi.

—Bajé a la cocina y me encontré con el empleado de los señores Goncourt, cenamos, hablamos un rato y salimos fuera al jardín.

—¿El ciego? ¿por el que todos discutieron anoche? —preguntó Sarah con una expresión de máximo asombro.

—Se llama Sayouba —contestó Violette apartando su plato vacío y acercando el postre.

Durante los siguientes minutos Sarah estuvo procesando la información y sopesando si contarle a su hermana la verdad de lo que pasó entre Thabo y ella o no. En realidad no era para tanto, solo habían sido unos besos, pero Violette la mataría y si llegaba a oídos de su tía era probable que Thabo acabara despedido, así que decidió guardar silencio.

Las hermanas se levantaron de la mesa llevando sus platos vacíos a la cocina y felicitando a Ashanti por la comida. La cocinera siempre agradecía las palabras y el gesto de bajar los platos sucios para ayudarla en su trabajo y les sonreía con dulzura. Luego continuaba con sus labores en la cocina y las chicas cogían un pan de la cesta de panes que había colgada de la puerta y continuaban su camino hasta el jardín donde paseaban bordeando la casona y llegaban a la puerta trasera de la casa.

Desde que habían llegado a Costa de Marfil y se habían instalado ahí, iban todas las tardes a distraerse a aquel lugar. La puerta trasera había sido tapiada cuando años atrás Marie sufrió un robo en su casa y mataron a su marido. Ella continuó sin contratar seguridad pero sí decidió que sería buena idea tener solo una puerta de entrada y salida.

El marido de Marie, James, había sido un militar varios años mayor que ella que había ganado mucho dinero. Cuando se casó con Marie se mudaron a Costa de Marfil y compraron esta casa. La pareja era muy feliz, incluso intentaban tener hijos, pero nunca lo lograron. Un día Marie llegó a casa y se encontró a James en un charco de sangre, la casa había sido desvalijada y nunca nadie supo quien fue. Unos meses más tarde llegó una carta desde París, Claire, la hermana pequeña de Marie, iba a ser madre. Marie sintió una pizca de envidia, pero una alegría enorme, así que decidió volver a su hogar, ahora como una mujer viuda.

Ojos de marfil [en pausa]¡Lee esta historia GRATIS!