Capítulo 1: Costa de Marfil

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Desde el primer momento en el que las hermanas Rivard, Violette y Sarah, pisaron Costa de Marfil, comenzaron a sentir el calor asfixiante del que su tía Marie les había hablado en sus cartas. Ese calor tan típico del desierto mezclado con la humedad tan típica de la selva.

Se bajaron del barco algo nerviosas, sonreían porque sabían que para ellas ya había acabado el sufrimiento de la guerra, pero sus sonrisas tenían un toque amargo y triste al recordar todo lo que habían dejado atrás y todo el horror del que habían sido testigos durante su travesía. Y eso que ellas habían sido afortunadas al contar con la ayuda desinteresada de su antiguo vecino.

El primer contacto con el país africano las hizo sentir extrañas. El puerto donde habían atracado era muy austero, no tenía nada que ver con el puerto de Niza, todo parecía haber sido construido con muy poco presupuesto y a las hermanas les extrañó que estuviera en ese estado tan sobrio teniendo en cuenta que Costa de Marfil era colonia francesa, y los franceses no escatimaban, o no solían hacerlo, en gastos cuando se trataba de demostrarle al mundo su poder económico a través de construcciones colosales. Aunque claro, la guerra, pensaron las chicas. Francia no estaba en el mejor momento para derrochar su dinero que iba destinado mayoritariamente a su defensa.

Aún así, el puerto, situado en las orillas de Treichville, era de los más importantes de toda África. La información, que Sarah había leído en un folleto turístico del barco, asombró a las hermanas cuando llegaron. «Cómo serán los demás puertos», pensaron al unísono sin saberlo.

Marie, que había calculado el tiempo que sus sobrinas tardarían en arribar a Costa de Marfil, había mandado a su chófer a por las chicas. Aunque el día anterior también lo había hecho y el conductor tuvo que esperar hasta el anochecer cuando ya no llegaban más barcos. Pero esta vez había acertado y ese mediodía el precioso Chrysler Windsor negro del año 1940 relucía entre todos los automóviles aparcados frente al buque.

—¿Señoritas Rivard? —preguntó el chófer sin presentarse esperando que fueran ellas las sobrinas de su señora.

—Sí —respondió Violette más emocionada de lo que pensó que sonaría —¿Usted es?

—Me llamo Konata, señorita —respondió el hombre haciendo una pequeña reverencia con su cabeza hacia las hermanas que no estaban acostumbradas a aquel trato—. Os llevaré a casa de su tía.

Las hermanas se subieron al coche, a Konata les sorprendió que no llevaran equipaje consigo, pero las jóvenes se ahorraron las explicaciones para cuando tuvieran a su tía en frente. El hombre comenzó a conducir, desde Treichville hasta Atiekoi tampoco habían tantos kilómetros, pero el trayecto se hacía largo en carreteras sin asfaltar, por lo que Konata debía de reducir la velocidad para evitar baches, piedras e incluso animales salvajes.

Eso no parecía importarle a Sarah que miraba emocionada por la ventanilla la preciosa ciudad de Abiyán, pero inmediatamente después de salir del puerto, Violette comenzó a pensar en su padre André que se había quedado solo en París, viudo y con sesenta años.

Tan mayor, tan solo y tan desprotegido que Violette no pudo evitar sentirse culpable. A pesar de que la idea del viaje fuera de su padre, para alejarlas de la guerra, ella sentía que no había sido lo suficientemente persuasiva con él para que las acompañara.

«Yo ya estoy viejo para esos trotes», decía él. «¿Qué haré yo en Costa de Marfil? Solo molestaré a su tía. Ella ya hace bastante con acogerlas, será mejor así» repetía constantemente sabiendo, en el fondo, que su cuñada no tendría inconveniente en tenerlo en su casa como él no había tenido inconveniente en aceptarla a ella en su casa años atrás.

Ojos de marfil [en pausa]¡Lee esta historia GRATIS!