DÍA 27

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CANCIÓN PARA EL DÍA 27: WALKING THE WIRE (DE IMAGINE DRAGONS)

Irina regresó al túnel. Los rayos del sol comenzaban a asomar y solo ella quedaba en medio del campo. Delfina y los niños habían continuado con el viaje a la casona, pero ella no podía hacerlo. No se marcharía sin Anahí.

Bajó por las escaleras con prisa y se sumió en la negrura, no reparó en el vehículo estacionado a pocos metros de allí. Caminó a paso lento, sin dejar de llamar el nombre de su amiga cada varios minutos. No llevaba linterna ni encendedor, nada que pudiera crear sombras en la completa oscuridad.

Encontró a Anahí un par de horas más tarde, a casi dos kilómetros de la escalera. Muy a lo lejos se colaba el reflejo de las llamas de la fortaleza. Su silueta se delineaba apenas entre las rocas y era el lento vaivén de su pecho lo que delataba su presencia. La pelirroja no podía moverse, pero seguía consciente. Respiraba con dificultad y parecía tener quemaduras sobre todo su cuerpo; en la penumbra, su piel mostraba tan solo un amplio contraste entre las áreas sanas y las heridas. Lloraba, con la mirada perdida y sin observar nada en realidad.

—¡Ani! ¡Ani! —gritó Irina mientras se acercaba. Se abalanzó sobre ella y la abrazó con delicadeza para no lastimarla más—. ¿Me escuchás? ¿Estás bien?

—Lucio —pronunció la pelirroja con un lastimero atisbo de voz—, se fue.

—¿A dónde? —La falta de tacto de la morocha no fue intencional, no comprendió el mensaje de inmediato, pero pronto supuso a qué se refería su amiga—. ¿Para siempre?

Anahí lloró, la carcomía la culpa. Él se había sacrificado para salvarla, para darle la chance de tomar una decisión. Había cambiado toda su existencia por una opción.

Confundida y preocupada por las heridas de la pelirroja, Irina se guardó todas las preguntas para otro momento y la ayudó a salir de allí. La arrastró como pudo a través del túnel. El sitio era tan angosto que no podía cargarla y tuvo que forzarla incluso a subir las escaleras. Los quejidos de dolor resonaban con eco en el espacio.

Una vez fuera, Anahí se desmayó por fin, aliviada ante la luz del sol.

Irina se sentó a su lado un rato y la observó mientras recuperaba el aliento. Su amiga apenas si respiraba, o eso le parecía. Las heridas se veían graves y ella era incapaz de juzgar cómo actuar para no empeorar las cosas. No quería volver a causarle dolor, no deseaba lastimarla más. Ya había cometido demasiados errores.

Se debatió por horas sobre qué hacer, no sabía si lo mejor era cargar a Anahí hasta la casona o esperar que fueran a buscarlas.

Al final, cuando el atardecer comenzó a caer, decidió marchar. Intentó arrancar el auto de Lucio, pero la batería estaba muerta. Tuvieron que caminar. Irina cargó como pudo a Anahí en su espalda y avanzó por el borde de la ruta.

 Irina cargó como pudo a Anahí en su espalda y avanzó por el borde de la ruta

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