DÍA 26 - Capítulo 3

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SEGUNDA CANCIÓN PARA EL DÍA 26: TE SIENTO (FLORICIENTA)


—¡Permiso! ¡Permiso! ¡Déjenme pasar! ¡Córranse todos contra la derecha! ¡Permiso! —Lucio se abrió paso entre la centena de niños que se giraban, confundidos, al verlo pasar.

Algunos pequeños iban de la mano de los mayores, a otros los cargaban en brazos porque se tropezaban seguido. Iban más lento de lo que habían planeado.

—¿Don Lucio? —preguntó Delfina al reconocer la voz—. ¡Don Lucio! —llamó en un grito, suponiendo que el hombre no la había escuchado.

—¿Dónde está Anahí? —respondió él alzando la voz, todavía intentando abrirse paso entre los niños. Su rostro era casi irreconocible entre el cabello enmarañado, la suciedad y los raspones.

—En El Refugio —respondió Delfina, desviando la mirada; sorprendida ante el aspecto de su benefactor.

Lucio la alcanzó por fin. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y procesar la información que acababa de recibir. Apagó el encendedor que ya estaba quedándose sin carga.

—¡¿Por qué?! —Sacudió a Delfina con brusquedad—. Están atacando El Refugio ahora mismo.

—Uno de los niños se quedó atrás.

—Mierda —puteó él. No solía maldecir, pero la situación se le había escapado de las manos.

Sin decir nada más, siguió corriendo.

Anahí se esforzaba por no quedarse dormida

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Anahí se esforzaba por no quedarse dormida. El estrés acumulado durante la semana era insoportable y el sueño la invadía con más fuerza a cada segundo. Envuelta en penumbra y silencio, lloró. Odiaba la oscuridad, tenía miedo. Todo estaba saliendo mal, los niños se encontraban en peligro, Lucio quizás estuviese muerto y ella seguía atrapada en El Refugio.

Entre lágrimas saladas, y aún con sus ojos cerrados, permitió que distintas escenas se dibujaran en su mente. Los recuerdos de su vida eran cada vez más borrosos, distantes. En sus retinas se dibujaron remotas imágenes de rondas de mate con amigos, el viaje de egresados a Bariloche, la fiesta de quince en la quinta de su padrino y la sonrisa de sus padres que le tomaban fotos cuando fue abanderada en primer grado.

La cadena de recuerdos retrocedía lentamente con un ritmo relajado, aunque constante, hasta que las figuras comenzaron a perder nitidez y se convirtieron en una nube de colores. Poco a poco la conciencia la abandonaba, Anahí se rendía al sueño acumulado.

Estaba ya casi inconsciente cuando oyó un ruido familiar que la despabiló: la puertilla que conducía a la pequeña oficina había sido abierta. La habían encontrado. ¿Sería Irina que regresaba por ella? No, era demasiado pronto.

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