DÍA 26 - Capítulo 1

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PRIMERA CANCIÓN PARA EL DÍA 26: EVERY ROSE HAS ITS THORN (VERSIÓN DE MILEY CYRUS)

El gran día llegó raudo. Ajenos al sol que se alzaba con timidez en el horizonte, también se levantaron los niños que habitaban en la oscuridad de El Refugio. Alrededor de una centena de pequeños caminaban por los pasillos de la fortaleza subterránea, cargando sus mochilas y bolsos; listos para partir por la noche.

Las habitaciones las cerraron temprano como medida de seguridad para que nadie se quedara atrás. Se verían obligados a pasar las largas horas de la tarde entre el comedor, el hall, pasillos, baños y el gimnasio. Las actividades eran limitadas y la espera se percibía interminable como caminata por el desierto.

Durante el desayuno casi no hubo murmullos ni risas. Por primera vez en mucho tiempo, en El Refugio reinaba el silencio; quizás era el modo que los pequeños habían escogido para decirle adiós a su hogar. Era una despedida temporal, aunque dolorosa. Muchos de ellos jamás habían salido de la fortaleza y apenas si recordaban cómo se veía el exterior. Solo conocían los peligros que acechaban fuera, aquellos de los cuales siempre habían estado protegidos. No sabían con qué se iban a encontrar o a dónde marcharían. Estaban quienes tomaban el viaje como una aventura y quienes se abrazaban a sí mismos, aterrados ante lo desconocido.

Irina cargaba con sus pertenencias al igual que los demás; sus posesiones valiosas eran muchas más que la de los pequeños. Había pasado toda la semana armando y desarmando su equipaje. Siempre encontraba algo más, un objeto importante o una prenda que quería lucir pronto. Además, las ansias la llevaron a abrigarse como si viajase al Polo Sur o a escalar el Everest. Como ya no le entraban cosas en los bolsos, se había colocado calzas debajo del jean y tres pares de medias con botas que le llegaban hasta la rodilla. Su torso parecía una cebolla por la cantidad de capas de ropa que llevaba puesta. Parecía que hubiera duplicado su peso.

Delfina no llevaba casi nada. Se había puesto sandalias, porque sabía que sus pies se lastimarían si caminaba descalza por el túnel toda la noche. Usaba uno de sus vestidos de verano y cargaba apenas una canasta de mimbre con dos cambios de ropa y un abrigo. Ella había utilizado la semana para racionar provisiones, ayudar a los pequeños con sus equipajes y ordenar la fortaleza. Sus prioridades habían sido otras, la menor de las hermanas se ocupó de todo salvo de sí misma.

Terminado el desayuno, el equipaje fue abandonado en el gimnasio porque era un sitio amplio y quedaba bastante cerca del túnel. Estaban listos.

Solo faltaba esperar a Anahí que llegaría al atardecer.

Solo faltaba esperar a Anahí que llegaría al atardecer

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