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-no quiero volver a casa, ¿vamos a la tuya?- escucho que mi alumna le pregunta a su mejor amiga y yo no le doy importancia a esas palabras. es algo común en la adolescencia querer escapar un poco, necesitar espacio de su familia. de eso se trata ese período en nuestras vidas. y con esas palabras en mente sigo juntando los libros que quedaron desordenados al finalizar la clase.

-¿qué te pasó en el brazo?

-me caí.- responde sin dudarlo. nadie duda de su palabra, tampoco notamos el nerviosismo que aparece en sus ojos. nuestras propias preocupaciones nos esconden las señales.

-¿y tu papá de qué trabaja?- todas las chicas de la ronda dirigen su mirada a ella, esperando por una respuesta pero ella solo baja la cabeza.

-no me gusta hablar de él.- susurra y puedo notar el temblor en sus manos. nadie dice nada al respecto y yo me digo a mí misma que debería mencionarle esto a la directora.

cuando meses después la policía me interroga les menciono todo aquello. veo la pregunta no dicha en sus ojos. esa misma que hace noches no me deja dormir. las señales estuvieron allí. siempre. solo que estuvimos tan ensimismados en otras cosas que no pudimos observarlas. y hoy es demasiado tarde. el banco vacío entre el resto resalta para todos, muy pocos son capaces de contener las lágrimas. todos nos sentimos un poco responsables. y tal vez lo somos, no lo sé. no logro descifrarlo todavía.

guardé mis sospechas acusándome de exagerada, pensando que incluso si fuera a hacer algo con ello no habría nada que pudiéramos hacer.

estaba equivocada. podríamos haberlo hecho todo.












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