—Saldré con alguien —confesé, tomando asiento.

—¡Vaya! —Elevó una ceja y como si hubiese leído mis pensamientos, agregó en tono burlón—: No me digas que es con la vagabunda.

—¡¿Cómo la llamaste, imbécil?! —espeté, poniéndome de pie.

—Quise decir, con Tati.

—Saldrás con Tati, ¡que emoción! —gritó Helen, eufórica—. Tom, ustedes harían una linda pareja.

—¿Cómo van a hacer una linda pareja, Helen? —replicó Desmond—. Esa chica tiene novio.

—Cierto, lo había olvidado, entonces, definitivamente no hacen buena pareja.

—Tati y yo solo somos amigos —afirmé, mientras mi cuñada se me quedaba viendo fijamente, era como si estuviese evaluando mis gestos.

—Vamos, Helen, que ya es tarde —intervino mi hermano caminando hasta la puerta.

—Espérame en el auto, pastelito, tengo que decirle algo a Tom. —Desmond asintió y nos dejó a solas—. Tom, tenemos muy poco tiempo conociéndonos, pero te tengo aprecio, así que te preguntaré algo. ¿Te gusta, Tati?

—Es bonita —Me encogí de hombros, restándole importancia al asunto.

—Tom, te recomendaré algo —musitó, colocando su mano en mi hombro—, el día en que te des cuenta que podrías llegar a sentir algo más que solo atracción física por ella, aléjate. No me gustaría verte sufrir.

—No voy a sufrir, Helen —repliqué—. Ya te lo dije, solo somos amigos.

—Bueno, está bien. —Me obsequió un rápido abrazo—. Pásenla bien.

***

Me di una mirada en el espejo del baño; usaba una camisa arremangada a la altura de los codos y un jean color marrón.

La verdad era que me había esmerado bastante en mi arreglo personal, Tati siempre solía lucir impecable y yo quería estar a su altura.

Nada más me faltaba arreglar el cabello, así que me peiné y luego apliqué gel.

—¿Crees que luzco bien, Hachi? —le pregunté al perro, en respuesta comenzó a correr y a ladrar como loco—. Tomaré eso como un sí.

El timbre de la casa se dejó escuchar, así que bajé rápidamente y abrí la puerta.

La rubia había llegado exactamente a las cuatro, y yo a pesar de mis graves problemas con la puntualidad, estaba listo.

Se veía igual de hermosa que siempre; vestía un blazer en color morado, pantalones de mezclilla y zapatos de tacón.

—Hola, Tom —me saludó con un rápido abrazo que impregnó todo mi cuerpo con su perfume—. ¿Nos vamos?

—Claro, solo déjame buscar la llave —le pedí, ingresando nuevamente al living.

Comencé a buscar en los sitios donde siempre solía dejarlas, pero no las encontré.

—¡Demonios! Esto es lo que me faltaba —refunfuñé y, acto seguido, entré a la cocina.

Para mi suerte, allí estaban, sobre la encimera.

Cuando regresé al living me encontré a Tati agachada en suelo, jugueteaba con Hachi.

—¡Hola, pequeñín! —expresó, alegremente, mientras acariciaba su pelaje.

Hachi no hacía más que mover la cola y disfrutar de sus cariños.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora