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—¿Se puede saber qué estás haciendo sobre el sofá? —formuló Desmond

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—¿Se puede saber qué estás haciendo sobre el sofá? —formuló Desmond.

Al parecer yo estaba tan emocionado por llamada de Tati que ni siquiera me percaté de la llegada de mi hermano. Cuando me detuve y lo afronté, Des me escrutaba con ojos entornados. Helen, que venía caminando detrás de él, me dedicó una sonrisa.

—¿Recuerdas esa vez que me dijiste que tenía que hacer ejercicio? —cuestioné, Desmond arrugó la frente y sus ojos plata se tornaron aún más profundos, creo que tenía el ligero presentimiento que yo iba a salir con una de mis estupideces, y no se equivocó—. Pues estoy saltando para ejercitar mis piernas. Mira... —Volví a saltar sobre el sofá y luego me dejé caer hasta el suelo.

—Sí, hazte el graciosito, Tom —espetó, mientras su novia dejaba escapar una risita que él se encargó de disipar con tan solo una mirada—. Vamos a ver si te parece tan divertido cuando lo tengas que limpiar... —Caminó hasta el sofá y palpó con sus dedos la tela del mueble, por un momento había olvidado que mi hermano mayor era un maniático de la limpieza—. Mira nada más como lo ensuciaste... ¡esto es una porquería!

Quizá en otra situación yo hasta le habría replicado, pero la verdad era que no quería arruinar ese día discutiendo con él.

—Des... —lo llamó Helen, pero al parecer mi hermano estaba tan furioso que ni le prestó atención.

—Pero, claro —continuó Desmond, negando con la cabeza—. Como tú no fuiste el que compró el sofá, a ti te importa una mierda si está limpio o está sucio...

—Pastelito —intervino nuevamente su novia.

—Es más, ni siquiera sé para qué te estoy diciendo esto, a ti te entra por un oído y te salé por otro...

—¡Desmond! —Tanto mi hermano como yo nos estremecimos con el grito—. Lo siento, pastelito —Esta vez habló con un tono acorde a la situación—. Solo quería recordarte que los documentos los necesitamos con urgencias.

—¡Mierda! —pronunció y, acto seguido, desapareció de nuestro campo visual.

—Estaba descalzo, ni siquiera tenía los pies sucios —le comenté a Helen en un intento por defenderme.

—No le prestes atención, está de mal humor porque olvidó unos documentos importantes en la habitación.

—Ya los encontré —vociferó Des, mientras bajaba las escaleras—. Ya podemos irnos, bomboncito. —Al parecer toda la rabia de mi hermano había desaparecido gracias a aquellos papeles—. Por cierto Tom, la hermana de Helen nos invitó a cenar, pasamos por ti a las seis.

—No, hoy no puedo.

—¿No puedes? —cuestionó, con un tono, mitad molesto, mitad extrañado—. Y se puede saber que es tan importante para rechazar esta cena, porque que yo sepa, tú no haces más nada que no sea estar encerrado en esta casa.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora