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Prólogo: Un Oscuro ritual

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Los rayos del sol asomaban entre una vorágine de nubes blancas y negras, otorgando al horizonte un precioso tono anaranjado sobre un fondo grisáceo.

La pálida mañana iba cobrando vida poco a poco, iluminando el amplio y rocoso valle, rodeado por montañas, praderas, bosques y riachuelos congelados que se extendían sobre leguas y leguas de terreno escarpado hasta perderse de vista. La nieve había caído en abundancia durante la noche, cubriendo las ramas de los árboles y las colinas colindantes con una espesa capa blanca que brillaba con intensidad a raíz de los escasos rayos de sol que se colaban entre las nubes. Entre los pinos soldado, los sauces de amplia y generosa copa y los gigantescos robles, siempre vigilantes, se podía vislumbrar la única edificación existente en cientos de leguas a la redonda. Alta, imponente, dominante, la fortaleza se alzaba como un centinela de piedra maciza, encargado de vigilar el paisaje solitario y lúgubre de la región desde hacía milenios, mientras sus numerosas torres y torreones arañaban el vientre del cielo.

El castillo negro de Rhungvald era tan antiguo como las rocas de pedernal que formaban el peñasco sobre el que descansaba. A pesar del paso del tiempo y la erosión, seguía siendo tan magnífico como en los primeros días tras su construcción, y tan robusto como la montaña hacia la que miraba. Sus edificadores lo habían levantado en la parte más alta del risco, al borde de un abismo profundo y vertiginoso, cuyo fondo estaba sumido en total oscuridad; aunque se podían escuchar, lejanas, las aguas susurrantes de un torrente que se deslizaba entre las rocas. Salvo por el río, el silbido constante del viento, que azotaba los árboles día tras día sin piedad, y el chascar de las aves carroñeras que sobrevolaban la zona, la marca de Rhungvald estaba sumida en completo silencio y tranquilidad.

Aquel paisaje fantasmagórico podría haber puesto la carne de gallina al más valiente de los hombres; sin embargo, en lo alto del torreón más grande del castillo, tras el cristal pintado con flores de hielo de un gran ventanal cuadricular con arco en punta, un hombre admiraba el paisaje y la extensión de sus dominios.

«El amanecer de otro día lúgubre, pero perfecto», se dijo Valanor mientras miraba ensimismado al horizonte. Era un hombre alto y delgaducho, con un rostro peculiar, apenas visible tras el cristal congelado de la ventana. Debajo de sus pupilas, dilatadas y ennegrecidas, asomaban una nariz puntiaguda y unos labios muy finos de color carmesí; eran tan finos que parecían capaces de cortar la carne con la misma precisión de un cuchillo.

El hechicero vestía una andrajosa túnica color oscuro, casi tan oscuro como su larga y espesa melena, de la que sobresalían un par de orejas puntiagudas. La piel de su rostro era tan pálida como la nieve que se había acumulado en el alféizar de la ventana, aunque debido al frío helador que hacía en aquella estancia del torreón más grande del castillo, en sus pómulos asomaba un tenue color rojizo.

Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí, de pie, mirando su propio reflejo en el cristal congelado de la ventana, o escudriñando el horizonte y el paisaje que rodeaba el castillo. Había perdido la noción del tiempo que llevaba esperando, aguardando. Había perdido...

Haciendo caso omiso del cuerpo, su mente había viajado una y otra vez por los largos y numerosos senderos de su pasado. Un laberinto cargado con miles de imágenes y recuerdos que le habían asolado una y otra vez. Miles de figuras y rostros, hace mucho olvidados, y que, sin embargo, cada vez tenía más presentes en la mente. La hora se acercaba, lo sabía, lo sentía, y por eso tenía que recordar. Los recuerdos le hacían más fuerte, alimentaban su poder, alimentaban su odio y alimentaban su magia.

Cada vez que rememoraba su pasado y sus días de gloría, sentía un terrible ardor en lo más profundo de su estómago, y su odio hacia todos esos individuos sin rostro, hace siglos enterrados, crecía sin parar. Habían pasado casi mil quinientos años desde que perdió la guerra conocida en todo Erodhar como la Guerra de los Titanes; la más grande y sangrienta desde el inicio de los tiempos de la Segunda Edad. En aquel entonces su poder era supremo, su ejército numeroso, y era capaz de vencer a cualquier enemigo que se presentara en su camino. Y así lo había hecho. Así había ganado cada batalla, cada escaramuza, cada enfrentamiento, hasta que llegó el momento de la contienda final. El momento en el que toda su vida cambió. Y no fue para mejor.

Leyendas de Erodhar 01 - La Vara de Argoroth (Prólogo, Capítulos 1,2, 3 y 4)¡Lee esta historia GRATIS!