Capítulo XVII (primera parte)

24 7 0

Alrededor de las cuatro de la tarde el cielo se había despejado, Ángel había recibido un mensaje de Juan en el que le informaba que ya todo estaba solucionado, que llegaría sin tardanza un par de horas después. Alex tranquilo de que su regreso estaba pronto a darse quiso ir a jugar fútbol. Ángel se mostró inseguro de querer ir, pero luego de ver a Jeyko cambiado y listo para ir su ánimo cambió, Alex los vería allá luego de que fuera hasta su casa a cambiarse. Se encontrarían a las seis en el fútbol cinco más cercano al apartamento de Jeyko, el otro equipo ya estaba formado entre compañeros del trabajo de Ángel y algunos vecinos del edificio. Ángel decidió que también era oportuno que fuera hasta su casa, el equipo deportivo de Jeyko a pesar de ser de su talla le sentaba mal, y estaba seguro de no poder mantener el control si tenía el aroma de Jeyko encima todo el tiempo. Por eso Alex había aprovechado para sacarlo a rastras del apartamento, sin darle la oportunidad de despedirse apropiadamente de Jeyko quien le vio entrar en el ascensor divertido de su infortunio.

Cuando Ángel entró en la casa de sus padres su madre bajó preocupada a ver qué sucedía, y su sorpresa fue grata al encontrarse entre los brazos de su hijo quien la abrazaba contento de lo que había pasado hasta ese momento; ella sin embargo lo inundó con un millón de preguntas a las que no pudo contestar. Su madre lo miraba con ojos brillantes queriendo saberlo todo, preguntaba por Andrea, por Jeyko, si ya había comprado el traje, debía recordar y llevarlo consigo cuando se fuera y aprovechando la alusión del traje arrastró a la Sra. Claudia hasta la alcoba y le dejó ver el traje, ella con un gesto de disgusto le pidió que se lo probara.

—Por favor hijo, el traje con que se casó tu padre es mucho mejor que eso, y estamos hablando de una época de pantalones campana, si entiendes lo que digo.

—Pero ¿qué tiene de malo? —pregunto desconcertado de que su madre no compartiera ni entendiera las circunstancias en que lo había comprado.

—Todo hijo, todo —se acercó a él y lo examinó como si no lo conociera del todo bien, se mostró tranquila finalmente al encontrar en su memoria algo que podría servirle— ¿recuerdas unos años atrás cuando vino tu tío Samuel desde Italia?

—¿He? ¿Sí? —dudo.

—Sígueme.

La Sra. Claudia lo tomó de la mano y lo llevó hasta el cuarto de san alejo como lo llamaba ella, un pequeño espacio abandonado en la casa que tenía para guardar todo aquello que ya no usaba, y a pesar de lo que uno pensaría de un lugar así, el sitio guardaba un exquisito olor a rosas por la dedicación y el empeño con el que la que ella cuidaba toda la casa. En un baúl, escondido bajo una gran mesa de costura se encontraba el traje dejado por su tío venido desde Roma.

Hablar de todo eso le causaba una especie de nostalgia que apretujaba su corazón, su madre estaba tan interesada en que él se viera bien que él no podía poner objeción, tampoco podía decirle que solo iba a asistir a la ceremonia, y que lo más probable era que abandonara la sala antes de que el padre preguntara si alguien se interponía y él no pudiera controlar su impulso y les arruinara el día a todos. Vio con desgano la forma cuidadosa en que su madre lo desvestía para luego ayudarle a poner una a una las exquisitas piezas del traje gris brillante, que encajaba sobre su cuerpo mejor que cualquier otra cosa que comprara en el pasado, cuando ella finalmente terminó de apretar el nudo de la corbata lo obligó a mirarse en un espejo con bordes dorados que tenía en la misma habitación y que luego de pasarle un trapo lo dejó verse por completo. Incluso los tenis de tela que llevaba puesto se veían bien con el traje de corte militar sin solapas que marcaba con extrema perfección su cuerpo. Era un desperdicio. Cayó sentado sobre la antigua mecedora de su abuela cabizbajo, escuchó el rechinar de la madera bajo su cuerpo y vio con desgano el rostro preocupado de su madre, que en un gesto de cariño rosó sus cabellos y le dejó saber que envidiaba el hecho de que quien se casará fuera Jeyko y no él, que añoraba el día de verlo en el altar junto a una mujer que tuviera el valor necesario para merecerlo, porque no estaba dispuesta a dejarlo ir con cualquiera.

Indicio de AmistadDonde viven las historias. Descúbrelo ahora