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—Tati, despierta —la llamé, moviendo con sutileza su mano—

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—Tati, despierta —la llamé, moviendo con sutileza su mano—. Tati, ya llegamos —insistí.

—Tom... —articuló con voz ronca, mientras frotaba su rostro—. ¿Dónde estamos?

—En casa, vamos.

La rubia asintió y, acto seguido, salió del auto; sin embargo, apenas dio unos pasos, se enredó con los tacones y fue a estrellarse contra mí cuerpo. Me tambaleé por unos instantes, pero no me caí.

—¡Ay, lo seeento, Thomy! —rio exageradamente, mientras su rostro estaba apoyado sobre mi pecho—. Por cierto... —Tomó una profunda respiración e inhaló mi perfume—. Hueles delicioooooso.

Levanté mi mano y sentí ganas de acariciar su cabello, pero al final me detuve.

—Ven, tenemos que entrar —dije, tomándola por la mano. Ella estaba tan ebria que se tambaleaba de un lado para otro y no paraba de repetir que quería regresar al bar. La solté unos segundos para abrir la cerradura de la puerta y ella dejó caer sus cuerpo hasta el piso, sentándose en el segundo escalón de la entrada—. Tati, levántate, vamos.

—¡No queero! —se quejó, meciendo su cuerpo de atrás para adelante—. Mejor duermo aquí, tengo mucho sueeeño, Tom.

—Cómo vas a dormir aquí, Tati —protesté, y me agaché hasta quedar en frente de ella—. Primero estás en una escalera y segundo es media noche. —Extendí mi mano para que se levantara—. Vamos, por favor.

—No queero —repitió, e hizo un puchero con sus labios que me hizo terminar riendo—. Esss que estoy muy cansada, no puedo caminar.

Apoyó su cabeza sobre sus piernas y en cuestión de segundos se volvió a quedar dormida.

Con sutileza aparté el cabello de su rostro. Tati estaba hecha un desastre; su maquillaje se había corrido, el cabello lucía desordenado, y hacía un ligero ruido cuando respiraba, pero aun así, se me hacía sumamente hermosa.

Temeroso, acaricié con mis dedos la piel de sus mejillas enrojecidas. Ella se estremeció con mi tacto; sin embargo, no se despertó.

—Creo que no me dejas otra alternativa —mascullé, tomándola entre mis brazos—. ¡Demonios! Sí que pesas —me quejé, y una vez dentro de la casa, pateé la puerta para cerrarla.

No sé ni cómo logré subir las escaleras y llevarla a la habitación, pero lo hice. No obstante, cuando la iba a colocar sobre la cama, estaba tan cansado, que inevitablemente caí sobre ella. La escuché quejarse y murmurar palabras sin sentido, así que me hice un lado del colchón.

—Descansa —susurré.

Inmediatamente, Tati se giró y posó su mano sobre mi pecho, abrazándome. Tomé su mano y la aparte con cuidado; no obstante, solo conseguí que ella me abrazara con más fuerza.

—Nooo, por favor, no te vayas —murmuró.

Me quedé mirando el techo y sonreí.

Yo sabía que ella no estaba en sus cabales, pero no lo sé, por más tonto que parezca, algunas veces hace falta escuchar esas palabras.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora