Capítulo 5: La niebla oscura

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Tras el recibidor principal, enmoquetado de rojos colores y con un alto zócalo de madera cubriendo las paredes, se hallaba la escalinata con balaustrada que subía al piso superior. La escalera estaba muy bien cuidada, presentaba unos balaustres de madera tallados en forma de espiral, todo estaba cuidado al detalle excepto por la parte izquierda donde faltaba uno. Subí por la alfombra que acompañaba la escalera, aprovechando para que el barro de mi calzado quedara allí sin que el mayordomo se diera cuenta. Este me seguía obediente, hablador, mientras yo miraba cualquier indicio en la casa. Si había habido una situación de abuso, un suicidio. Sí. Tenía que ser así. Al fin y al cabo, cuando en el mundo humano se desataban infiernos, indignos de ser sufridos, el más allá se encargaba de que los mártires volvieran a encargarse de su venganza en pos de los vivos.

―Como le digo, padre, hemos tenido de todo, incluso algunas afirmaciones por escritorzuelos y charlatanes que solo buscan la fama de su prosa con nuestra vivienda ―se quejaba mientras subía conmigo―. Cientos de historias recorren esta plaza, padre.

―¿Y qué dicen esas historias?

―De todos los horrores que pueda imaginarse. ―Se santiguó; estúpidamente a mi parecer―. Dicen que todos estos años que la casa ha estado desocupada, desde que su último inquilino murió, la casa ha cobrado viva. Dicen que hay fantasmas alrededor, que se escuchan gritos de terror, chillidos, sollozos y risas a altas horas de la noche. Que las maderas crujen cuando nadie pasa, que se escuchan pasos y se ven las luces del ático encendidas.

―Vaya, debe ser un muy mal reclamo para los viajeros y posibles inquilinos.

―Sin duda, padre, sin duda y que Dios me perdone ―dijo, santiguándose de nuevo―. Pero creo que, si en esta casa habita el diablo, será mejor venderla y deshacernos de ella.

―Veremos esta noche qué es lo que ocurre.

―¿No le interesaría a la iglesia comprarla? ―preguntó, mordaz―. Ya han comprado algunas propiedades cercanas, quizás podrían estar interesados. ―Miró de nuevo las escalinatas―. Siempre he pensado que sería un buen espacio para una librería.

―No estamos interesados por el momento ―comenté seco―. De momento, nos interesa librarnos del espíritu que le atormenta.

―¡Oh, sí!, por supuesto ―dijo, santiguándose mientras bajaba las escaleras―. Que Dios esté con usted, padre.

―Como siempre ―susurré mientras subía las escaleras del todo y daba la vuelta a la barandilla de la balaustrada para subir al segundo piso.

Cuando llegué a la primera planta escuché el sonido del portón de la entrada cerrada. No pude evitar dejar escapar una sonrisa. El valiente mayordomo no me había dejado solo en la primera planta, sino que había salido por completo del edificio. Un valiente seguidor del señor, por supuesto. Aunque cabía decir que me encontraba mucho mejor trabajando en solitario. No me molestaba la compañía de alguien de mi gremio que entendiera como yo las necesidades del oficio y que no fuera tampoco muy fanático del resto de plebe creyente y supersticiosa que había en la ciudad. Si profesabas alguna religión que no fuera la del exorcista, que solo servía para erradicar el mal de la faz de la tierra, no me interesaba. Al fin y al cabo, los de mi especie solo buscábamos lo pragmático. Aquello útil que nos pudiera permitir volver de una sola pieza a casa sin que ninguna presencia o espíritu pudiera acabar con la poca vida que podíamos disfrutar. Por ahora solo ya estaba bien.

Solitario como la planta baja. Con su suelo de madera con cuidado decorado por una impecable y limpia alfombra rojiza de bordes dorados que rodeaba la escalera y el hueco que dejaba. De ese parecido a la sangre que compartía con las cortinas, ahora corridas a un lado y atadas, que dejaban que la luz de la luna que brillaba en el cielo dejara una tenebrosa imagen en las sombras que desde fuera entraban al recibidor y al piso. Las ventanas que se hallaban en los extremos, de las tres que había, tocaban dos pesadas estanterías repletas de antiguos volúmenes cuyos nombres eran ya irreconocibles debido al uso o a las capas de polvo espeso que se habían depositado allí. Había muchas historias, pero por ahora la casa se hallaba en un casi completo silencio. Lo único que la tranquilidad rompía era la chimenea que se encontraba a la izquierda de las escaleras y que calentaba el lugar y me relajaba con el crepitar de las llamas ahora entretenidas en devorar dos pequeños troncos que estaban a punto de caer a la alfombra, pero no terminaban de hacerlo.

De Humanos y Monstruos - Lágrimas de Nieve¡Lee esta historia GRATIS!