Capítulo 27- No común

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Hola mis astros bellos! ¿Están ahí? El capítulo 26 aún sigue siendo un triángulo de las bermudas...corto y cambio. 


El ansiado y esperado momento había llegado, ese instante en el que podrían disfrutar de su intimidad con total libertad y legalidad. 

 Era un hecho poco frecuente que el matrimonio victoriano se amara verdaderamente y mucho menos probable era que disfrutaran del lecho conyugal, provocando así que las esposas fueran simples receptoras para poder engendrar y , que muchos esposos, buscaran  deleitarse en prostitutas; las damas de distinguida clase eran educadas con una severa moralidad en la que incluso podía ser un pecado disfrutar del placer carnal, por ese motivo, aceptaban que sus esposos tuvieran amantes pero eso sí, todo con la máxima discreción.  Se trataba de una doble moralidad que rozaba la hipocresía: de cara a la galería se mostraban rígidos y perfectamente puritanos mientras en la intimidad, en muchas ocasiones,  se transgredía la decencia entrando en la promiscuidad. 

Sin embargo, gracias a la bendición divina , Asher y Karen sí se amaban. En medio de aquella sociedad inglesa que se vanagloriaba de despreciar el placer, ellos habían sabido sentirlo el uno para con el otro sin remordimientos; llegando a entregarse a la pasión que había entre ambos con el total convencimiento de que, para ellos, no había nada mejor en ese mundo. 

Asher esperó un poco a que su mujer fuera despojada del pesado vestido para poder entrar a la alcoba. Tras la boda, inmediatamente había mandado trasladar todas las pertenencias de su esposa en su recámara, deseando compartirla hasta el día de su muerte. 

En cuanto vio que las doncellas se apresuraban a salir con la mirada gacha,  él también hizo lo propio adentrándose en ese espacio que ya no era sólo suyo sino de alguien más. El primer cambio en el lugar, fue el aroma terriblemente sensual y enérgico que invadía las paredes , antes empapadas de un aroma masculino característico.

 Lo que no esperó era encontrarse con Karen sumergida en una tina de agua caliente, pensaba que estaría esperándolo con un camisón sobre la cama. Pero con ella nada era común o simple así que se quedó estático observándola mientras ella seguía con los ojos cerrados, ajena a que su largo pelo oscuro se estaba esparciendo sobre el agua y ajena a que su cuerpo era perfectamente visible para él, el cual estaba totalmente extasiado con aquella visión que Dios le había regalado. Tras unos instantes, Karen abrió sus orbes negras enfocando a Asher como si la situación no le fuera extraña y como si hubiera sabido des del principio que el Conde estaba delante de ella mirándola, estudiándola con fervor.

 La joven desprendía una seguridad en ella misma descaradamente desquiciante y envolvente y eso sólo hacía que Asher aún se estimulara más. Como Almirante, había pasado largos períodos de tiempo en alta mar,y había escuchado centenares de leyendas sobre unos seres místicos en forma de mujer realmente hermosos que hechizaban a los marineros, las sirenas. Nunca creyó en eso, hasta ese día.  Karen era voluptuosa, sensual y bella y, bajo el agua, sólo se acrecentaban sus atributos y su encanto. 

La sirena lo miraba fijamente con sus ojos condenadamente penetrantes y profundos hasta que con la mano le hizo una seña para que se acercara, a la cual obedeció como si estuviera hipnotizado. 

Mientras Asher se acercaba, Karen salió de la bañera lentamente mostrando todo su esplendor femenino a su esposo; haciendo que él se embelesara hasta con el suave roce del pie mojado contra el suelo. La respiración del noble caballero se aceleraba por momentos y no aminoró cuando al llegar a la altura de ella, ésta empezó a desvestir-lo sin mediar más palabra que una mirada intensamente tensa. 

Ella se complació al poder despojar a su esposo de su ropa, rozando cada parte de su figura masculina con devoción , ternura y amor. Cuando el  noble caballero estuvo completamente expuesto a su esposa, ésta lo empujó con afecto hacia la vaporosa tina. Él se dejó hacer, no estaba acostumbrado a que una mujer lo guiara y mucho menos en la alcoba, pero se sentía extrañamente complacido con la iniciativa de Karen. 

La nueva Condesa de Derby empezó a masajear con un paño humedecido con esencia de bergamota el cuerpo del Conde des del exterior como si se tratara de una simple doncella, con la diferencia de que ella estaba completamente expuesta a él, en todos los sentidos. El primero en descubrir esa nueva sensación fue el torso ancho y esculpido, después los afortunados fueron los fuertes brazos y;  por último, las piernas llegando a rozar la virilidad masculina. Momento en que Asher no lo soportó más e introdujo a su esposa en el agua caliente junto a él. 

Lord Stanley imitó a Karen y empezó a masajearla mas esta vez sin paño, directamente con su ruda y tosca mano provocando en la joven suspiros y lamentaciones que fueron ahogadas por un largo y encendido beso. 

Harto de la dificultad del lugar, el Almirante se incorporó con Karen en brazos y salió de la tina para dejar a su esposa completamente húmeda sobre el lecho, empapando las sábanas. 

-Te amo- confesó Karen mientras aceptaba al cuerpo de Asher sobre el suyo. 

-Y yo- sentenció él adentrándose en ella hasta que ambos sucumbieron al clímax.

***** 

Asher estaba acostumbrado a levantarse por la madrugada mas ese día en particular deseaba quedarse junto a su Condesa en la cama hasta el día siguiente. Sin embargo, su deseo se vio frustrado al ver que era Karen la que había abandonado el lecho. 

Al principio se enfureció, una esposa jamás debía abandonar la cama antes que su esposo, pero luego recordó con quien se había casado y decidió esperar antes de salir enfurecido por la puerta en su búsqueda. 

Todo rastro de enojo se disipó en cuanto vio que Karen, con un camisón blanco,  se adentraba en la habitación con William en brazos, el cual ya empezaba a sostener su cabeza y a responder mejor a los estímulos. 

-Mira, papá- habló con una inusual delicadeza la madre señalando a Asher que tenía su espalda contra la acolchada cabecera mientras el pequeño emitía sonidos cercanos a una risa. 

Karen se adentró de nuevo en la cama con su hijo y los tres disfrutaron como nunca antes lo habían hecho a pesar de ser una familia. Pasaron el día haciendo juegos con el pequeño, cantándole canciones, comiendo, durmiendo... No fue el día apasionado que el Conde había esperado pero fue mucho mejor que eso puesto que poder ver a su familia reunida fue su mayor gratificación.  

Por la noche, Karen llevó al pequeño William a su habitación y lo acunó hasta que éste quedó completamente dormido. Dejándolo bajo la supervisión de una doncella que dormía en la misma recámara que el heredero salió de la estancia para volver a la matrimonial sorprendiéndose en encontrar otra tina de agua caliente en su interior. 

-¿Y esto?- quiso saber Karen preguntándole a su esposo que sólo llevaba una bata encima. 

-Me gustaría verte otra vez dentro del agua. 

-¿Sabes que pensarán que estamos locos no? La mayoría de los ingleses ni si quiera toman un baño caliente a la semana, dicen que puedes caer enfermo.

-Eso son supersticiones, así como la mayoría de ingleses no se casan enamorados- convino él empezando a desvestirla entre sonrisas. 

-Tienes razón...


*****

Ivonne Stanley,  Condesa viuda de Derby, había estampado contra la pared todo tipo de jarrones, vasos y libros que sus fuerzas le habían permitido al enterarse que su hijo, finalmente, se había casado con la desarrapada y altanera de Karen Cavendish. 

No quería perder el control de su Condado simplemente no quería perder. Y es que para ella, que una Cavendish ocupara su lugar era toda una afrenta. Debía acabar con ella como fuera y así lo haría. 

Ojos del anochecer ( III Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!