*13*

1K 107 72

A Maddie le gustaba trotar por las mañanas, ella solía decir que corriendo no solo nos liberamos de las calorías, sino de aquello que nos atormenta, y por supuesto, no se equivocó

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

A Maddie le gustaba trotar por las mañanas, ella solía decir que corriendo no solo nos liberamos de las calorías, sino de aquello que nos atormenta, y por supuesto, no se equivocó. Cuando terminé de correr, me sentí ligero, fue como si las culpas, al menos por ese instante, se hubiesen disipado.

—Es aquí —le indiqué y, acto seguido, entramos al local—. ¿Qué te parece?

Ella le dio un vistazo al lugar, que aunque pequeño y con muchas personas a nuestro alrededor, era acogedor.

—La decoración es muy bonita —repuso, deteniéndose a mirar las fotografías de músicos famosos que habían estado allí.

«Danny's bar», era un hermoso rincón de Londres, donde además de escuchar música jazz en vivo, se podía disfrutar de una grata conversación.

Busqué una mesa donde sentarnos y una vez nos ubicamos, pedimos algunos snacks y una jarra de cerveza.

Luego, llevé mis ojos hasta la tarima; allí estaban los músicos haciendo las pruebas de sonido y afinando sus instrumentos para dar inicio al show.

—Siempre que veo un saxofón recuerdo que mamá me inscribió en clases para que aprendiera a tocarlo —le comenté.

—¿Sabes tocar saxofón? —preguntó, sorprendida.

—No —contesté, e intentando emular el acento francés, añadí—: «Nunca he conocido a un niño con tan mal oído musical, es mejor que el pobre se dediqué a otra cosa» —Ella terminó riendo—. Sí, eso fue lo que le dijo el profesor a mi madre. Y que razón tenía. Amo escuchar música, pero no sirvo para tocar instrumentos musicales —afirmé.

—Yo toco el violín.

—¿En serio, Tati? —La rubia asintió, mientras bebía de su cerveza—. Pues me gustaría escucharte tocar algún día.

—Mejor no, me da mucha pena tocar frente a los demás —confesó, sonrojada—. Además tengo muchos años que no lo hago, quizás ya se me olvidó.

—No seas mentirosa, eso es como montar bicicleta, jamás se olvida.

—No sé qué decir, Tom. —Se encogió de hombros—. Jamás aprendí a manejar bicicleta.

—¿¡Qué!? —exclamé—. Estás bromeando, ¿cierto?

—No, no bromeo, Tom, es que yo nunca... —Hizo una pausa para tomar aire—. Bueno papá nunca tuvo tiempo de enseñarme, y la verdad es que yo tampoco tenía mucho interés en aprender a manejar la bicicleta.

—¡Vaya!, no lo termino de creer. —Fue entonces cuando percibí un rastro de tristeza en su mirada—. Pues te contaré algo, pero no se digas a nadie, ¿sí?

—Bueno... —musitó, mostrándose interesada.

—Yo no sé nadar.

—¿¡No sabes nadar!? —Frunció el entrecejo.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora