Desmontando el refranero

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Todas las culturas tienen alguna forma de transmisión oral del saber popular. Normalmente también encontramos enunciados breves de pretendida aplicación universal que en español denominamos: refrán.

A veces podemos utilizar cualquiera de las formas que, aunque no son estrictamente sinónimos, pueden ser intercambiables como: dicho o proverbio.

A la recopilación de dichos enunciados breves le llamaos «refranero» y la compilación suele hacerse clasificándolos según zonas geográficas, cultural o temáticamente.

Evidentemente, esto no es solo potestad de la cultura latina. Por ejemplo, en el seno de la cultura budista zen japonesa nacieron los llamados «koans», que también son expresiones o diálogos cortos, normalmente entre maestro y discípulo, con el objeto de que meditando sobre dicha sentencia o parlamento, podamos conseguir la sabiduría intuitiva que ocasione el despertar o «satori». O epifanía.

Ya sabéis, como cuando nos cuentan un chiste y al escuchar el desenlace algo estalla en nuestro interior y descargamos la carcajada o expresamos un ¡vaya!. Algo así es el despertar o «satori» o epifanía.

En la cultura occidental también existe la relación profesor alumno, pero en nuestro caso el primero, siguiendo el discurso lógico y secuencial, paso a paso, va transmitiendo el conocimiento al alumno.

En oriente, particularmente en el caso del budismo zen, se cree que esta forma de enseñanza utilizando el análisis racional de los problemas puede atentar contra el objetivo de solucionarlos o aprender.

No voy a hacer una manifestación de valor o tomar partido por ninguna de los dos criterios de enseñanza. Todos tendrán sus pros y sus contras.

Dado que todos conocemos algún refrán, pero no puedo asegurar que todos conozcamos algún koan, a modo de ejemplo voy a relatarles uno de los más famoso, el atribuido al maestro Hakuin Ekaku quien, luego de aplaudir, le dijo a su discípulo:

—Este es el sonido de aplaudir con dos manos ¿Cuál es el sonido de una sola mano?

Se trata de meditar sobre la respuesta. No de darla.

En nuestro caso latino, además de gracioso u ocurrente, es muy posible que también pretendamos que del refrán se desprenda alguna moraleja, esto es, una enseñanza.

De alguna forma, un refrán se convierte entonces en un consejo masivo. Y ya sabemos lo que opino de los consejos. (El que no lo recuerde puede volver a leerlo en el capítulo correspondiente).

Volvamos otra vez a la pregunta del millón ¿puede una moraleja del saber popular tener validez universal? Puede que sí y puede que no.

Todos los refranes deberían ser estudiados con el más cuidadoso detalle. Porque pueden enseñar, pero también pueden venir cargados de machismo o malas costumbres que solo sirven para enraizar quistes culturales.

Vamos a desmontar algunos por el solo hecho de demostrar esta idea.

Elijamos un concepto: la inacción, por ejemplo.

Podemos definir a la inacción como la falta de movimiento o actividad. Y todos sabemos que algunas veces decidimos «no hacer nada» y, además, a veces, el «no hacer nada» es la mejor decisión.

Que quede claro: decidir no hacer nada no equivale a no haber tomado una decisión. Equivale, justamente, a haber tomado la decisión de no hacer nada.

¿Pero en qué circunstancias tomamos este tipo de decisión? ¿Cuándo elegimos el camino de la inacción?

Hay por lo menos tres dichos populares que son usados cotidianamente para justificar por nuestra parte una determinada falta de acción.

• más vale pájaro en mano que 100 volando.

• más vale malo conocido que bueno por conocer.

• los cementerios están llenos de valientes.

Los dichos en sí mismos no esconden nada malo (ni bueno) forman parte de la cultura popular y son palabras encadenadas formando declaraciones que, normalmente, el sentido del dicho o refrán excede a lo que la frase en cuestión expresa literalmente con sus palabras.

Para nuestro ejemplo, evidentemente, estos dichos nada tienen que ver con el número de pájaros ni los cementerios, ni la maldad, ni los valientes.

Estos tres dichos son un resumen para aconsejar solamente una cosa: prudencia. Y no está mal. Ni bien.

Pero ¿podemos utilizarlos para justificar nuestra inacción? ¿Toda inacción estará justificada si nos escudamos en los dichos populares?

Quiero decir. Tome la decisión de «no hacer nada» y me escondo detrás de un refrán para no asumir la responsabilidad de que YO he decidido la inacción. Pareciera una cobardía ¿verdad? Como decir «no es mi culpa, más vale malo conocido que bueno por conocer». Y con eso hemos cerrado el tema.

Para mí está claro que a cualquier acción o inacción no podemos basarla en frases hechas, sino que deberían ser el fruto de una cuidada reflexión y tras ella, una decisión. Y una decisión tampoco puede ser un capricho.

Si existiera alguna directiva programada mediante un diseño genético primario, seguramente sería el de: sobrevivir. Es por lo que a nuestro cerebro no le gustan las incertidumbres, ni las dudas, ni los cambios.

Todo lo que genera inseguridad tiende a ser rechazado automáticamente por nuestro pensamiento inconsciente, siendo heredado por nuestro consciente como «desconfianza». Y la desconfianza es la madre de la inacción.

Sospecho que es por lo que cuesta tanto iniciar un cambio, romper con nuestro conformismo y empezar algo nuevo. Arriesgarnos en una nueva forma de actuar va en contra de nuestro mandato genético de sobrevivir.

Estamos ¿diseñados? para adaptarnos y conformarnos, salvo honrosas excepciones que han traído a la humanidad hasta aquí.

Todo cambio conlleva un riesgo y es el objetivo de nuestra reflexión profunda analizar si el riesgo es asumible o no. No podemos dejar esta decisión al «saber popular», ni «a lo que se dice por ahí», ni «a lo que se acostumbra», ni a los refranes.

Las decisiones debemos tomarlas nosotros mismos. Debemos cortar los barrotes invisibles de la prisión que ha creado nuestra mente para que nos conformemos con lo que hacemos hoy.

Salgamos de nuestra zona de confort.

¡Podemos hacer algo distinto!

Meditemos y reflexionemos sobre qué queremos hacer realmente. Y pongámonos en marcha.

Porque cada vez que empezamos algo nuevo, renacemos.

¡Empieza ya!

Cierra este libro y empieza ya.

Las trampas del lenguajeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora