Mi profesor

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A los profesores se les respeta

Mi nombre es Katherine, tengo veinte años y estudio en la Universidad de Michigan

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Mi nombre es Katherine, tengo veinte años y estudio en la Universidad de Michigan. Mi clase favorita es la de Matemática, no por los números y complicados ejercicios, sino por Paul, mi serio y estricto profesor.

Soy una chica mimada, que siempre consigue sus objetivos. He gozado de las artes amatorias, conseguido al chico deseado, y así mismo, lo he desechado cuando no puedo sacar más provecho.

Ahora tengo un nuevo desafío, mi profesor quince años mayor que yo; mientras más me ignora, más ferviente es mi deseo.

Aparezco frente a él, como la chica más coqueta que pueda existir, ofreciéndome en bandeja, pero me rehuye, y esa manera tan seria que tiene de ser, me excita de tal forma, que vivo pensando en el arma poderosa que debe llevar bajo sus pantalones.

Lo miro seductora, visto escotes provocativos; pero, él es frío como el hielo, hasta puedo contar con los dedos de una mano las veces que me ha dirigido la palabra, y solo, para reprenderme por masticar chicle.

En un nuevo día de clases, luzco un corto vestido ajustado, me siento en primera fila para prestar atención, no precisamente a su clase, sino que a él. Me gusta ver su culo cuando se da vuelta hacia el pizarrón, sus grandes manos pasarlas una y otra vez por su cabello, y sus labios que son mojados por esa lengua que me hace fantasear.

Muerdo mi labio inferior, reprimiendo mi deseo, pero el calor que me provoca me hace cruzarme de piernas, levantándolas exageradamente para mostrar mis bragas y captar su atención; no obstante, él se dedica a mirarnos a todos por igual, explicando su aburrida clase. En un acto desesperado, empiezo a abrir y cerrar las piernas en forma continua, mirándolo de vez en cuando, para saber qué está gozando con el espectáculo, sin embargo, no se inmuta ante mi ofrecimiento.

—¡La clase ha terminado! —exclama mi serio profesor, mientras todos nos paramos de nuestros pupitres para desalojar el salón.

Antes de irme miro hacia atrás, fijándome de que se ha quitado su saco, para comenzar a borrar el pizarrón; veo cada musculo marcado a través de su camisa, y no puedo reprimir meter mi mano por debajo de mi vestido. Estoy mojada, y aprieto mis piernas para reprimir el dolor que me provoca no tenerlo dentro de mí.

Todos mis compañeros han salido, me quedo sola con ese espécimen, y no dudo en cerrar la puerta con seguro. Camino lentamente hacia él, me siento en el borde del escritorio, y me quedo observando.

—¡Dije que la clase ha terminado señorita Recabarren! —exclama.

Su voz ronca me provoca acercarme cada vez más, inclinarme ante él y beber del éxtasis que esconde tan celosamente.

—¿Cómo sabe que soy yo? —me atrevo a preguntar, mientras sigo sentada sobre su pupitre, mostrando más de lo que una chica buena debiera.

—Digamos que, desde aquí siento el olor que desprende su deseo sexual —me quedo con la boca abierta, sin poder creer lo que me dice, sin embargo, sigue dándome la espalda. Mi pecho sube y baja, y ahora lo deseo más —-. ¿O me dirá que no está excitada? Sin mirarla puedo saber qué está mojada.

—Yo... —es lo único que alcanzo a decir al verlo acercarse hacia mí; con pasos largos y firmes, como un gladiador que se acerca a la arena a pelear con una fiera.

Sonríe de medio lado, como jamás lo vi en mi vida, y sin duda, un sueño hecho realidad.
Sin despegar su mirada de la mía, mete una mano entre mis bragas, acaricia mi centro y luego lame el dedo que pasó tan delicadamente por ahí.

Sin poder creer lo que sucede, me quedo con la boca abierta, esperanzada a que me dé más que un simple toque. Para mi sorpresa, se inclina y comienza a sacar un cordón de su zapato, una vez listo, se levanta con la mirada desafiante, me rodea, quedando detrás de mí; un escalofrío recorre mi columna vertebral al sentir su lengua pasar por mi cuello, y un leve gemido se escapa de mi boca. Bruscamente pone mis manos en mi espalda y amarra con fuerza mis muñecas; doy un grito de asombro, pero no dice nada.  Luego saca un pañuelo del bolsillo de su pantalón y lo pone alrededor de mi boca, imposibilitándome a hablar.

Tira de mi larga cabellera y me hecha hacia atrás, siento los cálidos besos en mis hombros, mientras que con una mano me da placer; no deseo que pare, sin embargo, mis suplicas no son escuchadas y se detiene abruptamente. En un solo movimiento, me posiciona contra el escritorio y deja mi culo apuntando hacia él.

Mi querido profesor levanta mi vestido, enrollándolo en mi cintura, saca mis bragas y comienza a acariciar mis nalgas; solo deseo que acaricie mi clítoris, ya no doy más, pero en cambio, me da un azote, doy un respingo y vuelvo a sentir sus dedos en mi centro, una vez más vuelve a azotarme, y me calma con sus caricias; lo repite una y otra vez, hasta que me abre de piernas, y me sorprendo al sentir su arma pasar por mi centro, para luego subirlo hasta mi culo, mojando aquella zona con mi propia excitación. Siento como me abro de a poco, y empieza a llenarme con su gran pene; entra y sale deliciosamente, hasta el punto de perder la noción del tiempo, mientras que con una mano acaricia mi sexo; cuando ya no puedo más, estallo en un magnífico orgasmo, y sé, que él se ha corrido también, pues se aprieta contra mí con firmeza.

Aunque tengo las manos amarradas a mi espalda, intento levantarme, pero mis intentos son infructuosos.

—¡Quieta! —ordena con autoridad, a lo que obedezco quedándome en la misma posición en la que él me ha dejado.
Observo como acomoda su ropa, termina de borrar el pizarrón, y se sienta en una silla a mirarme. Una furia incontrolable se apodera de mí; me paro de mi incómoda posición, con el deseo de que desate mis manos para poder largarme, no obstante, se acerca como una fiera, me carga en su hombro y se sienta poniéndome sobre su regazo para darme unas buenas nalgadas, tal cual a una chiquilla malcriada.

—¡Ay! —exclamo, a pesar de estar amordazada.

—¡Cuando yo diga quieta, es quieta! ¿entiendes? —muevo la cabeza de arriba hacia abajo, me suelta, me pone de pie, coloca mis bragas, me desamarra, se inclina y se pone el cordón en su zapato, saca el pañuelo de mi boca, y me susurra en el oído—.  A los profesores se les respeta.

FIN

Relatos Cortos Para Adultos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora