Capítulo 20.2- Destinos cruzados

5K 1K 58

Hacía casi un año que Karen no tenía que engalanarse para una ocasión similar a la de acudir a la Corte Francesa. Por ello, cuando fue a ver su cómoda, no encontró ningún traje que fuera acorde a tan lujoso evento. Se había acostumbrado a vestir sencillos vestidos de algodón con simples decoraciones a base de flores frescas o alguna pasamanería de la moda francesa actual. 

Tuvo que agradecer sobremanera a su hermana Alice, que se prestara a realizarle un guardarropa compuesto por tres trajes con sus medias, sombreros y guantes a conjunto. Por lo visto, la blonda costurera, tenía esos vestidos preparados para Karen des de hacía tiempo mas no se había atrevido a entregárselos hasta ese momento. 

-¡No sé qué decir! ¡Son preciosos! - se entusiasmó Lady Cavendish dejando entrever una sonrisa que hacía tiempo que se había apagado - tienes unas manos de oro. 

-Los he echo con todo el cariño que puede ofrecer una mujer a su hermana. Sabía que algún día los necesitarías. 

Como el temporal era más bien frío, decidió que llegaría a la Corte con el vestido más grueso que tenía, uno de color blanco con brocado dorado. Y, por si el grosor de la tela, no era suficiente para aliviar la frialdad, se cubrió con una capa negra aterciopelada que, a su vez, le daba un aire distinguido y elegante. En cuanto al pelo, lo dejó caer bien peinado sobre su espalda, sin más amarre que una sencilla tiara brillante. 

Así fue como en un carruaje alquilado, Karen Cavendish viajó hasta Versalles junto a un baúl que cargaba su lacayo y la compañía de su doncella, Joanne. 

El palacio de Versalles era impresionante, grandioso e imponente. Daba la sensación que toda Francia podría caber en él, altos y bellos edificios se alzaban alrededor de un amplio patio central, que a su vez, se rodeaba por extensos jardines que parecían no tener fin. Las mujeres, lucían hermosas con vestidos muy actuales y con maquillajes elaborados.Sin desmerecer a la Corona Inglesa, nada tenía que ver aquel complejo y precioso edificio con el sencillo y taciturno Palacio de Buckingham.  

Al mostrar su identificación,los guardias reales que custodiaban la verja dorada , la dejaron pasar de inmediato llegando así hasta la majestuosa y principal puerta. Descendió del carruaje con la ayuda de Lawrence y se adentró en  el esplendoroso "Chateau" , comunicándose con el mayordomo en un perfecto francés. 

El sirviente real, hizo que el lacayo y la doncella de la joven se dirigieran a una recámara asignada a la hija del difunto Duque de Devonshire, para depositar así sus pertenencias cómodamente ;mientras ésta,  era conducida hasta una sala principal , en la cual había otras personas reunidas entablando conversación.

De la sala, colgaban grandes lámparas de lágrimas, una detrás de otra ; las paredes y los techos estaban cubiertos por pinturas helenistas. La sala en sí, era puro arte en todo su esplendor. Sin embargo,  el paso de la revolución francesa había hecho mella en esas estancias, dejando desperfectos en puertas y marcos. 

En realidad, Versalles no era la residencia habitual del Rey Luis Felipe sino que residía habitualmente en el Palacio Real , al norte del Louvre. Se decía, que sólo usaba esa maravilla de residencia en ocasiones especiales o eventos. De hecho, el Rey Luis Felipe, era el único monarca europeo que había tenido que sufrir lo que era la pobreza, durante su exilio. 

*****

El Rey había sido amable con él, en su condición de embajador inglés, le había extrañado que la reunión y la estancia fuera en Versalles en lugar de en la residencia habitual del monarca mas se adaptó perfectamente al nuevo destino aunque le parecía petulante y excesivo. Podía comprender , en cierto modo, que el pueblo hubiera decidido acabar con ellos; aquello, era pantagruélico, salas y más salas repletas de lujos y arrogantes objetos. Eran pomposos, y nada comedidos, así como se respiraba una completa falta de pudor y normas del decoro. 

Las mujeres llevaban pronunciados escotes y no había ninguna que no llevara la cara pintada, así como el propio rey presumía de llevar los ojos marcados con lápiz negro. Sin desmerecer a la Corte Francesa, nada tenía que ver aquél ostentoso Palacio con la respetable y moderada Corte de Su Majestad la Reina Victoria. 

En ese preciso instante, se encontraba en la sala principal manteniendo conversaciones banales y aburridas con otros invitados y algunos miembros de la Corte, hasta que el salón enmudeció tras los golpes del báculo del mayordomo contra el suelo, Asher volteó hastiado para ver quién sería, esa vez,  el pomposo recién llegado. 

-Lady Karen Cavendish, hija del difunto Duque de Devonshire de Inglaterra. 

El aburrimiento se disipó como si una ola enfurecida se lo tragara; sus ojos celestes se abrieron como si la sola imagen de Karen en el recibidor fuera suficiente para alentarlo a vivir. Y es que, estaba resplandeciente, era la expresión de la belleza en carne viva, nunca jamás había visto a una mujer más hermosa que ella. El vestido blanco con dibujos dorados cubierto por un elegante terciopelo negro sólo realzaba su encanto natural, una noche estrellada. Parádojicamente, la volvía a encontrar bajo esa sinonimia; la primera vez, fue bajo el oscuro cielo repleto de estrellas y ésta, ella misma era eso.

 Hechizante, embriagadora fémina que son su sola presencia conseguía que cada poro de su piel se abriera para poder controlar la corriente sanguínea que se establecía en todo su cuerpo; volviéndose un ser inútil y sin razón, aferrándose al aire exhalado por la causante de todo su delirio como si éste se tratara de un extraño elixir que le proporcionaba la vida.  Un vida que parecía insulsa y sin sentido lejos de ella. Ella y sólo ella, su amor...su antítesis. 

Había pasado casi un año sin verla, no obstante,  parecía que fuer ayer cuando la tuvo entre sus brazos; aún podía sentir su piel aterciopelada entre sus manos y sus ojos chispeantes clavados en los suyos propios. 

Poco a poco el salón se iba llenando de su perfume, escandalosamente penetrante. Karen, Karen Cavendish, madre de su hijo y su amor verdadero. La culpable de su desdicha, egoísta idealista, inconformista luchadora, arrebatadoramente indomable.  Cual felina se deslizó por el lugar atraída por conversaciones de mujeres y hombres, sobre todo hombres, presos del hechizo que la joven emitía con su sola presencia.  No tardó una doncella, en  librarla del manto negro que la cubría, dejándola ver como a un astro resplandeciente sin más oscuridad que la de su propio pelo; sedoso y fino pelo, que le llegaba hasta la cintura , provocando un deseo feroz de estrecharla entre sus brazos. 

Ella, aún no lo había mirado, no lo había visto. Sin embargo,la mirada del conde era tan intensa que pareció lanzar un pequeño dardo hacía la receptora ,que no tardó en girarse hacía él como si éste la hubiera llamado con su propia voz. 



Ojos del anochecer ( III Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!