Capítulo 2

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A su mente todavía le costaba aceptar los últimos acontecimientos.El nuevo instituto parecía demasiado distinguido para ella y tras elcierre del hospicio ahora se veía obligada a vivir en él.

Ayer, Kinu y Helena, dejaron sus cosas en la habitación compartida.No tenían muchas pertenencias; ella incluso menos que Helena, lacual era la orgullosa dueña de una Nintendo DS de segunda mano condos juegos y un libro sobre como abrir el tercer ojo para ver el másallá, solucionar tu vida y toda esa clase de patrañas que predicanlos místicos y la new age. También tenía algo demaquillaje, pero poca cosa. Kinu, en realidad, solo tenía su ropa,un par de tenis, un cepillo de dientes y sus dos posesiones máspreciadas: un colgante del yin yang que compartía con Helena, siendoella el yang y su amiga el yin, y un reloj de bolsillo que nofuncionaba, una especie de tesoro personal que perteneció a supadre.

En realidad tenía una posesión valiosa más, una reliquia, pero nonecesitaba ocupar un espacio físico.


Todo en su vida le parecía irreal (a parte del tema de los demonios,claro), sin embargo ahí estaba ahora, sentada en el aula, con lamirada fija en ninguna parte mientras el profesor impartía la clasede geografía y Lin descansaba sobre su mochila.

La clase terminó y buscó con la mirada a Helena, sentada en una delas últimas filas. La rubia cogió sus cosas y se dirigió hacia suamiga con el horario y un plano del centro en la mano.

— Vale, ahora tenemos clase deeducación física – explicó ella -. Así que tenemos que coger laropa de deporte en la taquilla.

— Me parece estúpido no poder ir aclase con la ropa de deporte, si total también es una especie deuniforme.

Su amiga se encogió de hombros sin saber que responder.


Llegaron a las taquillas, donde Kinu y Helena dejaron los libros delas próximas clases y cogieron una pequeña bolsa de deporte... o almenos Helena pudo hacerlo. Kinu se le acercó, inexpresiva, como decostumbre.

— Olvidé preparar la bolsa y dejé elchándal y los tenis en la residencia.

Helena apretó los labios y rotó los ojos.

— Claro; porque para qué vas ahacerme caso cuando te digo que prepares las cosas el día antes –se quejó.

— ¿Para qué va a hacer caso a nadie?– añadió Lin con sorna y una pequeña risotada, a lo que lamorena respondió con un movimiento de mano como quien espanta unamosca.

— Ve al gimnasio – finalizó Kinu -.Nos vemos allí.


La asiática salió del edificio principal, dejando atrás a Helena ya Lin. Bajó las escaleras corriendo y atravesó el patio y jardínhasta llegar a los dormitorios femeninos. Allí cogió su equipacióndeportiva, la guardó en la bolsa y se aseguró de cerrar bien lapuerta de la habitación. De nuevo salió corriendo y, justo cuandobordeaba la fuente para tomar el camino que la llevaría de vuelta aledificio principal, tropezó bruscamente con algo más grande queella.

O alguien.

El choque, sumado a la velocidad que llevaban sus piernas, hizo queperdiera el equilibrio, cayendo de espaldas al suelo; llevándose loshuesos del coxis la peor parte. Al alzar la vista, con el ceñofruncido, pudo ver frente a ella a un chico alto y pálido, de ojosverdes y cabello corto despeinado. Estaba apoyado contra el bordillode piedra de la fuente y su expresión denotaba una clara sorpresa.

El muchacho de incorporó. Justo cuando parecía a punto de tender sumano a Kinu ésta lo hizo también, sacudiéndose la falda con un parde golpes en el trasero. Miró al chico a los ojos y sólo le dedicóuna frase.

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