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El día siguiente, Tati ya estaba más recuperada

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El día siguiente, Tati ya estaba más recuperada. A mitad de mañana salió al centro y cuando regresó, trajo consigo ropa y un celular nuevo.

La escuché hablar con su madre, muy a pesar de las desavenencias que tenía con ella, la había llamado y eso me alegró.

También intentó comunicarse con su novio; sin embargo, él muy imbécil continuó sin contestar, lo que también me alegró.

Sí, eran demasiada alegrías para ser verdad, aquello no me daba buena espina. Porque allí estaba yo, el chico de la mala suerte, preparándome para recibir el balde de agua fría que llegaría en cualquier momento.

Como esa vez cuando conseguí un trabajo nuevo y comencé a salir con una bella castaña.

Todo era demasiado hermoso para ser real, así que resultó que aquella chica no era más que una estafadora que no solo me robó a mí, sino que robó a unos cuantos chicos del edificio donde vivía.

Mi único consuelo fueron las noches que pasé con ella, sí, porque bien buena que estaba la condenada.

—Y ¿qué piensas usar para la cena? —preguntó Helen, sacándome de mi ensimismamiento.

—Mmm, la verdad no lo había pensado —respondí, encogiéndome de hombros.

—Lo imaginé —suspiró—. Si sabes que es una cena formal ¿verdad?

—¿Con formal te refieres a que tengo que usar un traje? —Helen asintió—. ¡No! —me quejé, llevando mis manos a ambos lados de la frente—. Detesto usar ese tipo de atuendo. Es más, ni siquiera tengo uno.

—Por eso no hay problema, te conseguiré uno de Desmond. —Y sin darme chance a responder, subió a la habitación de mi hermano y regresó con un traje entre sus manos—. Creo que este te quedará perfecto, es juvenil. Estoy seguro que cuando te lo pongas, te verás muy guapo.

—Sí, claro —murmuré con desgano.

—Thomas vistiendo traje, eso tengo que verlo —se burló Desmond apareciendo en el living.

—Nunca —sentencié.

—Pero Tom...

—Déjalo Helen —volvió a intervenir mi hermano—. Déjalo que acompañé a su amiguita vestido como un limosnero. Total no es primera vez que sale mal vestido.

—Tom, hazme caso —pidió la pelirroja, ofreciéndome la vestimenta—. Usa este traje, no te arrepentirás. —Y ¿quién podría decirle no a Helen?

—Bien —solté, resignado.

—¡Sí! —festejó mi cuñada dando salticos. Luego, llevó sus cálidos ojos verdes hasta su futuro esposo y, añadió—: Pastelito, ¿por qué no le prestas tu auto a Tom para que vayan al restaurant?

—Qu... ¿Qué? —tartamudeó mi hermano, definitivamente no esperaba que su novia le propusiera aquello.

—Sí —continuó la pelirroja—. Tú y yo vamos en mi auto, y que ellos se queden con el tuyo.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora