Parte 1: La deuda

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No era así como pensé que pasaría todo.

Vincenzo Di Fiore, Vince como le llamábamos en el colegio para abreviar, siempre era un chico dulce, amable y atento. Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo y jamás decía que no a un favor. Normalmente te pedía algo a cambio, algo que no solía ser dinero, sino más bien otros favores. Hoy por ti, mañana por mí. Viniendo de un Hufflepuff, parecía que lo hacía de buena fe, como si a base de ayudarnos unos a otros, aunque fuera bajo su mando, seríamos más amigos entre todos. Como esas películas tipo Cadena de Favores, realmente parecía que lo hacía todo por un mundo mejor y esas cosas. ¿Qué pensarías sino de un Hufflepuff?

Así que, cuando no pude conseguir lo que me pidió, simplemente esperaba verle suspirar y decirme que no pasaba nada. Lo había intentado y llegaríamos a otro acuerdo. Quizás podía pasarle mis apuntes, hacerle los deberes, distraer a un prefecto... Quizás incluso llevarme algo de un aula sin permiso. No es que me pareciera bien pero creía que los tratos tenían que pagarse, y Vince había demostrado ser buen amigo.

Sin embargo, quedar en un aula vacía por la noche... Algunos dirán que yo me lo busqué, ¿pero cómo iba yo a suponer nada? Quise pensar que era por no avergonzarme delante de otros al no haber logrado su petición. O para no sentar el precedente de que podías fallar devolviendo un favor. Quizás debí desconfiar cuando conjuró el Muffliato, pero su sonrisa amable garantizando que era para tener intimidad me dio total confianza. Tal vez fui demasiado ingenua.

-Elyse Honeycutt –dijo usando mi nombre completo como saludo-. Bien, creo que me debías algo, principessa.

Se había sentado en el asiento del profesor y, lejos de parecer una broma, parecía sentirse como en un trono. Aunque más bien recordaba al Padrino con aquel acento italiano.

-Verás... -me mordí el labio, tratando de enfatizar la disculpa que se adivinaba en mis ojos y me encogí de hombros-, lo he intentado pero... Bueno, ya sabes cómo son estas cosas.

Sonrió. Yo sonreí. Todo estaba bien.

-Claro, bella. No te preocupes, lo entiendo perfectamente.

Se me escapó un suspiro aliviado. Verle en ese asiento me hacía sentir como si viniera con los deberes sin hacer... de una forma muy literal. Pero sólo era Vince, ¿no?

-Podríamos llegar a otro acuerdo. No quiero que esto sea un problema entre nosotros –dije señalando el espacio entre los dos-. Somos amigos.

-Me gusta esa idea.

-Podría hacerte el próximo trabajo de historia. O pasarte mis apuntes de algo. O... No sé...

-Ya tengo gente que se encarga de esas cosas.

Su tono fue algo seco. Casi capté cierto matiz despectivo en "gente", como si fueran esbirros y no amigos. Pero una vez más, pensé lo mejor de él.

-Bueno... Ya sabes que mi familia no es rica, ni influyente, ni nada así... No sé... No sé qué te puedo ofrecer. Dime qué necesitas –ofrecí solícita.

La sonrisa se mantuvo en sus labios pero sus ojos se achicaron, dándole un aire malicioso. Un escalofrío me recorrió la espalda, como un instinto primario advirtiéndome. Y, estúpida de mí, lo ignoré.

-¿Sabes? Siempre me han gustado los perros. Tan leales y serviciales... Son aspectos que valoro mucho. Hufflepuff –dijo poniendo los ojos en blanco, burlándose de sí mismo. Sin embargo, algo en su forma de hablar no me permitió más que una sonrisa tensa-. Siempre quise uno pero mis padres decían que los animales tenían que tener una utilidad. O servían de alimento o servían para la caza. O para cuidar la casa, tal vez. Pero no permitirían perros por la casa jugando y manchándolo todo. Creo que con los años he entendido la importancia de que todo tenga una utilidad y de que cada uno sepa su sitio y su función. Eso hace del mundo un lugar más sencillo, ¿no crees?

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