Prólogo - Las Copas de Sangre

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La trovadora no se distrajo por los besos que Avryen iba dejando en su piel uno a uno. Tan sólo sonreía y tocaba las cuerdas de su lira con suavidad, con la misma delicadeza con la que Avryen le acariciaba la piel.

Y mientras, en otro rincón lejano a ellos dos, Eira salía a la calle desvestida del orgullo de la nobleza, ataviada con sencillas ropas, sin poder dejar de recordar aquel día, hacía ya tantos años; no podía dejar de ver la daga atravesando el pecho de su padre, que le salpicaba en recuerdos cada vez que iba a dormir. Habían pasado años desde que se había quedado embobada viendo como aquella aguja de acero se hundía una y otra vez alrededor de su esternón, plagando de agujeros el torso de lord Maynum y empapando de oscura sangre roja la toga de color crema con las alas blancas y doradas que eran el emblema de los Arcángel cosidas al pecho.

A la vez que Eira recordaba ese aciago día, lejos de allí la trovadora seguía acariciando las cuerdas de la lira, y en aquel momento abrió los labios rosados y entonó la canción:

Lores bebed, el vino cruel,

la niña los trajo aquí.

El remedo de Anhia ya cedió,

lores están a morir.

Eira también recordaba a su padre. Lord Maynum siempre había tenido unos musculosos brazos, la espalda ancha y bien recta, como si tuviera una lanza por espina dorsal. El pelo era castaño, muy claro, largo hasta los hombros y desenfrenado, los ojos del mismo color, al igual que habían sido los ojos de los reyes antes de él. Los ojos serenos de lord Maynum habían brillado con una elegancia terrible aquella noche.

Eira recordaba cómo el cetro de la familia Arcángel, que había permanecido en mano de su padre hasta entonces, cayó y repiqueteó sobre el mármol blanco del salón, que aún se mantenía limpio tras cientos de años.

La pequeña niña lo había visto todo, y ahora, aun después de muchos años, seguía acordándose de cómo su sonrisa se había ido difuminando poco a poco al pasar los ojos por encima de los muñones, de las gargantas rajadas, de las flechas sobresaliendo de pechos y espaldas.

Su madre había permanecido al lado de ella, sin mediar palabra, observando con la misma calma que su hija el gran banquete. Ella era Ferian Arcángel, hija del duque de Zaramar, de pelo rubio oscuro, liso y seco, largo hasta el pecho, y Eira recordaba que había estado bellísima con su diadema de plata el día de su muerte, los ojos color miel brillando de pánico.

La trovadora seguía cantando, lejos del delirio y la pena de Eira, mientras Avryen le acariciaba los hombros delicados a la vez que ella pasaba los dedos por las cuerdas de la lira.

Nadie, sirve las copas ya

el vino al suelo fue.

El lord en su trono, el cetro dejó,

y la sombra ríe en pie.

Y mientras la trovadora cantaba, Eira seguía recordando aquella fatídica noche. Recordó aquello que más le había dolido, aquello que le partió el corazón: a lord Ergos al otro lado de su padre agujereándole el pecho con la daga.

Eira recordó que todo el mundo temía a Ergos, o lo esquivaba como si fuera una serpiente, pero lo cierto es que Eira lo había adorado, al menos hasta aquella noche. Cuando ella había nacido y los maestres la habían bendecido en el Templo Real, Ergos había sido el elegido para convertirse en el padrino de la niña. Él era quien la cuidaba cuando papá y mamá estaban en otras ciudades, en reuniones, quien se quedaba a dormir junto a ella cuando tenía miedo, como siempre, de la terrible oscuridad. Era quien jugaba con ella, la hacía reír, le contaba historias de un reino muy lejano; le enseñaba, la consolaba cuando estaba triste. Incluso una vez lo descubrió adormilado a la vera de su cama, velando por ella.

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