Capítulo 14

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Esa tarde, David se quedó con Sofía hasta que obscureció. No quería irse, sentía como si no fuera a verla más. No había nada que hacer, tan sólo esperar con la cabeza en alto y el corazón entre las manos, intentando no llorar... ¿Qué haría si ella se fuera? ¿Lo soportaría? O aun peor... ¿Qué haría cuando se fuera?

Se sentía tan mal que ni siquiera notaba su boca seca y pastosa por la sed y el calor que había hecho en el día, ni lo rosado de su cara por el viento que ya empezaba a hacer, ni el frío viento que le helaba la carne. Ahora sí era el fin, nada podía empeorar las cosas. Se sentía morir, como si su pecho se le pegara a los huesos y se quemara, era como si el estómago produjese vacío por dentro y los nervios jugaran con sus manos. Estaba temblando, trastabillaba y perdía la mirada en cualquier esquina. Se estaba volviendo loco de dolor y de sufrimiento. Se consideraba una persona fuerte y entusiasta, alegre, optimista; pero todo estaba yendo más allá de sus límites y no sabía siquiera cómo reaccionar, cómo mantenerse en pie estando su mundo a la deriva como ahora.

Las tristes calles del camino se burlaban de su desgracia mientras las obscuras nubes se cernían sobre él advirtiendo algo casi tangible y, sin embargo, invisible para él. Sus manos ya no hallaban calma ni su espíritu consuelo. Se sentó en la acera esperando recuperar un poco de su respiración y de su habitual calma, pero era imposible, estaba sudando y las gotas de sudor ya resbalaban por su frente cayendo sobre su pecho que no dejaba de subir y bajar al tormentoso paso de sus latidos. Se sentía desesperado, la razón de su felicidad por tantos años estaba a punto de extinguirse dejando atrás no una huella, sino una irremediable y profunda cicatriz que estaba seguro, jamás lograría cerrar. No solo porque fuera un chico joven y enamorado, sino porque sentía que era la peor forma de despedirse: con la muerte. Se estremeció ante este pensamiento y trató de alejarlo lo más posible hasta que decidió seguir caminando hasta su casa.

Ya era demasiado tarde, pero no importaba, ya nada importaba. Pronto su vida cambiaría drásticamente sin dejarle más opción que seguir viviendo y soportando, pronto su destino estaría marcado por la pérdida de sus esperanzas y todo lo que había planeado -como su futuro al lado de Sofía- pronto no sería solo un enorme vacío. No habría reencuentros, ni demás situaciones incómodas o esperanzadoras. Ya no habría nada. Tan sólo tristes y tiernos recuerdos que le cortarían la piel con unos dientes ansiosos en busca de un atormentado corazón en doloroso proceso de putrefacción. Pensaba que tal vez, después de que Sofía muriera, se iría lejos, a vivir con algún pariente lejano donde pudiera olvidar los dolores sufridos y así amordazar los bellos sentimientos que algún día lo hicieron sonreír, pues pronto, se convertirían en su potro y su locura.

Ya estaba llegando a su casa mas, por alguna razón, no deseaba llegar, tal vez se sentía más cómodo dentro de su mente, entre los recuerdos y las especulaciones, donde la realidad no podía tocarlo. Sin embargo, bien sabía él que tarde o temprano habría de llegar y confesarse el miedo que sentía al perderla. Ahora se daba cuenta de cuánto la necesitaba y de cuánto estaba perdiendo en realidad. Perdía una vida entera de risas y de dulce compañía. Ahora entendía que realmente tendría que seguir él sólo con su familia y sus nuevos proyectos que tal vez nunca llegarían y entonces, lidiaría con su soledad y su aprehensión. Debía luchar por permanecer al flote, no quería que todo llegara a la obsesión. No quería transformar la pureza en simple obsesión humana, de manera que su amor fuera carcomido por el tiempo hasta ser una vil necedad por hacer vivir unos cuantos recuerdos. Prefería guardar la hermosa imagen de su Sofía y dejarla al resguardo de la memoria mientras el resto de su cuerpo se consumía en el olvido.

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