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—¡Ay, Tom, que cobarde eres! —exclamó entre risas, volviendo a ocupar su puesto en el sofá

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—¡Ay, Tom, que cobarde eres! —exclamó entre risas, volviendo a ocupar su puesto en el sofá. Debían de ser eso de las once de la noche, pero yo no tenía ni una pizca de sueño y quien podía pensar en dormir con semejante rubia de compañía—. Esas cosas no existen, son solo películas. —Y yo estaba consciente de eso, pero alguna tonta razón, no quería que aquella noche terminara, al menos no todavía.

—No es por eso, Tati —confesé, e inventando otra excusa que no fuese la de estar asustado, añadí—: Solo me gustaría que conversáramos otro rato más. —Tomé el control del televisor y lo apagué—. Por qué no me cuentas algo de ti ¿ah?

—Me parece bien —repuso, tomando unos de los cojines entre sus manos—. ¿Qué quieres saber, Tom? —cuestionó.

De ella, muchas cosas, pero había una especial que me tenía intrigado, así que añadí:

—Prometes no enojarte ¿ah? —Ella elevó una de sus cejas y simulando meditar, llevó su índice hasta su mejilla.

—Eso espero —afirmó, no muy convencida—. A ver, pregunta.

—Tati, ¿por qué desde que llegaste a Londres no te he visto llamar a tu madre? —formulé, aquello la tomó por sorpresa, diría yo que hasta le molestó, aun así, proseguí—: Recuerdo que cuando nos conocimos en el avión, tú hablabas con ella por teléfono. ¿Fue que acaso se pelearon?

—No es eso, Tom —suspiró. Llevó un cabello detrás de su oreja, intentando disimular su incomodidad, y agregó—: Es solo que a mi madre no le interesa saber dónde y cómo estoy. Jamás le ha importado, así que no creo que sea necesario llamarla.

—¿Por qué dices eso, Tati? —cuestioné—. Creo que si te llamó, es porque sí le importas ¿no lo crees?

Ella soltó una exhalación, aquel tema no parecía ser de sus favoritos para entablar una conversación; sin embargo, con cierta melancolía en sus palabras, respondió:

—Ya es tarde, Tom, esas llamadas debió hacerlas cuando yo estaba más joven. Ahora, como ya te lo dije, no las veo necesarias. Ella tiene su vida y yo tengo la mía ¿entiendes?

—Eso creo. Y a tu padre, Tati, tampoco lo llamarás ¿ah?

—Señor Thomas, ¿esto es acaso un interrogatorio policial? —cuestionó, cruzándose de brazos.

—Lo siento —me excusé—. Es solo que creo que por lo menos alguien de tu familia debería saber que estás bien. Imagina si alguien te reporta como desaparecida —comenté, divertido—. Lo último que me falta es ser reportado como secuestrador.

—¡Ay, Dios! Tú y tus ocurrencias. —Dejó escapar una risita, aunque mi comentario, de broma no tenía nada—. Puede que tengas razón, pero mira, mi padre está trabajando. No tiene tiempo para que lo ande molestando con tonterías. Al único al que tal vez valga la pena llamar es a mi hermano, y ahora no recuerdo su número. Como verás, nunca hemos sido una familia unida —concluyó—. Y tú, Tom ¿cómo te la llevas con tu familia? —quiso saber.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora