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—Que

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—Que... Que buena noticia —logré articular, ella estaba sumamente entusiasmada, así que ni siquiera le prestó demasiada atención a mis palabras. Tomó asiento en el sofá y no hizo más que revisar su pasaporte y llenar de besos sus tarjetas de crédito—. Y ¿cuándo regresarás a Estados Unidos? —formulé en un intento de entablar una conversación.

—Tan rápido quieres que me vaya, Tom. —Dibujó un gracioso mohín con los labios y, acto seguido, se cruzó de brazos—. Pensé que te agradaba mi compañía —añadió, divertida.

—Por supuesto que me agrada tu compañía, Tati —me defendí—. Mejor dicho, me fascina tu compañía. —Estos eran los momentos en que movido por la desesperación, comenzaba a exagerar. Intentando ocultar su risa, apretó los labios. Creo que estaba consciente de lo estúpidamente nervioso que me ponía—. Quiero decir, lo último que quiero es que te vayas, pero entiendo que quieras regresar a tu casa.

—Bueno, regresar como tal a casa, no es que quiera —admitió, volviendo a guardar sus documentos y tarjetas en el sobre—. Pero si mi novio no aparece, no me va a quedar de otra.

—Deberías esperar, quizás mañana regresé de su viaje. —La verdad, lo último que me interesaba era que aquel individuo apareciera; sin embargo, tampoco quería que ella se fuera—. ¿Por qué no intentas llamarlo de nuevo? —formulé, ofreciéndole el teléfono.

—Nada, está sin señal —comentó después de marcar los dígitos, y con los ojos cargados de desilusión, añadió—: Quizás lo mejor sea que me vaya hoy mismo.

—¡No! —supliqué. Sorprendida por mi actitud, arrugó la frente—. Y por qué no pruebas ir a su trabajo, no me dijiste que hoy hablarías con su jefe.

—Tienes razón —admitió—. Lo que pasa es que cuando me dijeron que habían encontrado mis documentos, estaba tan feliz que lo primero que hice fue pensar en ti. Quería venir a contártelo.

—Pensaste en mí —murmuré como idiota.

—¿Cómo?

—No, nada. —Negué rápidamente con la cabeza—. Bueno, pero puedes ir mañana.

—Sí. —Asintió, sonriendo. Luego, frotó sus brazos en un intento por calentarse—. Está haciendo frío ¿no? —Aquella interrogante me dejó preocupado, frío como tal no estaba haciendo.

—Tati, no será que tienes fiebre ¿ah? —me aventuré a preguntar, ella instintivamente llevó su mano hasta su cuello, los gestos en su rostro me lo dijeron todo—. Solo un poco, nada de qué preocuparse.

—Déjame ver —dije, sin darle chance a negarse. Me senté a su lado y palpé con su sutileza la delicada piel de alabastro de su frente. Sus ojos tímidos solo fueron capaces de sostenerme la mirada por algunos segundos, yo en cambio, no pude dejar de mirarla ni por un instante. Ella parecía ese sol que solo se deja ver en algunas tardes de invierno, tan misteriosa y lejana—. Estás ardiendo —articulé con un hilo de voz, distanciándome unos centímetros de ellas—. Buscaré un medicamento para que se te baje la temperatura. Te dije que aún no estabas recuperada. —A ella no le quedó más que asentir y después de tomarse el medicamento, se fue a descansar.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora