Oráculo

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No es necesario ser el oráculo de Delfos para predecir con alto porcentaje de certeza nuestro futuro inmediato. Es posible que mis hilos conductores me lleven por el camino de la obsesión pero mucha gente que confía en mi puntualidad y en mi responsabilidad laboral en plazos de entrega agradece que así sea. Y como las citas y convivencias involucran a dos o más personas se hace imprescindible para el individuo puntual e impoluto tomar un curso rápido para comprender cómo funciona el cerebro de nuestros opuestos.

Lo principal es recibir la información y asociarla a quien la emite. Si yo dijera “nos vemos a las tres en tal y tal calle” tengan la seguridad de que estaré allí por lo menos diez minutos antes, si no más. Debo reconocer que he llegado hasta treinta minutos antes a un compromiso pero en ese caso quien se perjudica soy yo haciendo tiempo en la esquina y no le falto el respeto a mi contraparte. Por el contrario, si Julio me dice “no tardo…” o “cuando regrese del almuerzo por el cumpleaños de Jorge voy a encerar el carro” es ahí donde pongo en práctica lo aprendido:

1) Quien habla es Julio: tendencia a distorsionar los lapsos de tiempo.

2) Pienso: el almuerzo es a partir de las dos pero todo el mundo llega a las tres, entre saludos, bienvenidas y acomódense aquí – gracias – de nada – rezagados y demás, la comida propiamente dicha comienza a las cuatro. Le sumamos una hora para llenar las panzas de los comensales y un ratito más que necesitarán algunas para enviar al cerebro el mensaje: “cierra tu boca, ya no cabe más nada aquí”. Luego la sobremesa que puede tener una duración indefinida; eso es lo riesgoso de convocar a festejos desde las primeras horas de la tarde porque pueden desembocar en una última y desesperada solución para que los invitados decidan marcharse, me refiero al famoso “simulacro de incendio” donde al grito de “se nos quema la casa” logramos por fin recuperar el control de nuestro hogar.

Uniendo y evaluando los puntos uno y dos concluimos que Julio no encerará su carro porque a) su regreso será alrededor de las once y no a las seis como dijo tan convencido antes de salir; y b) porque su estómago traerá todo tipo de alimentos y bebidas en pleno proceso digestivo y su panza habrá aumentado su volumen ocasionándole pesadez y sensación de saciedad cercanas a la náusea y lo único que querrá es tirarse en el sillón a ver tv o subir a su cuarto para tumbarse en la cama entre sollozos y visitas al baño.

Procesos de análisis de la información como el enumerado más arriba funcionan como conversores de corriente eléctrica, Julio envía su mensaje (220 volts), el sistema decodifica sus palabras y las recibo glaceadas de lógica y realidad (110 volts) listas para ser usadas como más me convenga, en el caso de hoy, supe que no contaría con Julio por el resto del día y organicé mis propias actividades sin agobiarlo con una ansiosa espera y aprovechando al máximo mi tiempo y mi individualidad… y ¿qué creen? a las ocho recibí un mensaje de texto de Julio que decía: “sigo en casa de Jorge, voy a tardar un rato más, no te preocupes”.

Mi cuerpo en sepiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora