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Las infancias felices son en cierta forma nocivas: entramos a la realidad con una versión endulzada de la vida y ahí viene el primer gran golpe o desilusión. Cuando me acuerdo de aquella época y me miro desde lejos me doy cuenta que percibía un entorno irreal. Hoy deseo en vano sentarme a conversar con aquellas personas que me rodeaban (mi familia). Hoy conozco situaciones que en esos momentos ni imaginaba. Ellos me protegieron sin querer y me duele no poder revivir a los muertos para decirles: “yo también soy parte de ustedes, ésta soy yo”.

Lo primero que me impresionó al volver a mi vereda de la infancia fue su tamaño. En realidad quien había mutado era yo. No hay que regresar a los escenarios de los primeros años de vida. Todo se siente distinto, expropiado, ajeno.

En la esquina de mi casa había un almacén de principios de siglo. Un matrimonio de españoles vendía cosas de almacén aunque la gran persiana de lo que una vez fuera el local estaba siempre cerrada. El lugar estaba lleno de botellas y gatos. El olor era muy potente. Esa esquina fue refugio para nuestros secretos de chicos, fue punto de encuentro para filosofías al paso en tardes de domingo, fue donde todos los vecinos se ponían de acuerdo para tirar la basura.

Cuando volví después de muchos años, Celia había muerto y Don Víctor vendió el terreno al mejor postor para que construyeran un edificio. Me sobraba hormigón cuando me reencontré con aquella esquina. Por más que pasen los años y aunque haya visto esa mole de departamentos pisoteando mi recuerdo, la imagen en mi cabeza es: mi casa y al lado, la esquina con el almacén.

Antes no se hablaba mucho como ahora. Se sufría en silencio. Los matrimonios se hundían pero nadie se enteraba. Se aguantaba. La suerte estaba echada. Para mí, todo estaba bien porque yo veía a mi mamá como mamá y a mi papá como papá. Mucho tiempo después empecé a preguntarme como funcionarían ellos como hombre y mujer. Nadie quiere imaginarse a sus padres en un 69 o a su mamá agarrada a los barrotes de la cama.

El aparato de teléfono de mi casa era gris. Estaba en una mesita de madera y tenía debajo las guías con todos los números de la ciudad... ¿Cuántas hojas ocuparía una guía hoy en día? ¿Dónde meter los 60 millones de números de celular?

Mi barrio fue mío. Cuando me fui comenzamos a morir los dos... Las casas fueron reemplazadas por edificios, los almacenes por supermercados chinos y la gente envejeció, se mudó, se murió... ya no queda nadie en esas veredas rotas.

En aquella época no había tantos números en nuestras vidas, apenas los que identificaban nuestra casa en la cuadra y el teléfono. No había claves, era una vida sin candados, sin tantos caminos simultáneos y en tiempo real. No mejor, no peor... Distinta. La soledad de las dos de la tarde, las calles vacías iluminadas a pleno por el sol caliente del verano porteño. La gente, el barrio... mi mundo. A dos cuadras la escuela, a diez la estación del ferrocarril, a seis el club, a siete mis amigos... todo lo necesario estaba a mi alcance. Después se terminó la escuela primaria y mi mundo se ensanchó, la escuela quedaba más lejos, los amigos eran de todas partes de la capital, los estudios más exigentes y la felicidad se fue diluyendo y transformando en horror adolescente. No pertenecer, no encontrarse dentro de uno mismo puede ser el comienzo de una evasión infinita. El cambio de ciudad, la gente querida reemplazada por desconocidos, un mar que no pudo hacerse querer más que mi barrio de la infancia. La escasez real maquillada hábilmente por mi mamá para que no nos faltara nada. Mis ganas de desandar camino y volver y volver... y no poder.

Mi cuerpo en sepiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora