¡Yo tengo razón!

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Decía en el capítulo "Las trampas que evitarán que seas feliz", que al decir cosas como "mi pareja no me hace feliz", estábamos traspasando nuestra responsabilidad de ser feliz a otros, y el sentido común nos dice que eso no parece estar bien. Y también decía en el capítulo anterior, "Eres tonto", que al decir "eres insoportable" en lugar de "no sé qué hacer para soportarte" ocultábamos, en la forma de expresarnos, las responsabilidades que posiblemente tengamos o compartamos con otros.

¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué cedemos u ocultamos nuestra responsabilidad tan fácilmente?

Lo primero que podemos pensar es que, cuando algo es difícil de conseguir o cuando hemos fallado en algo, es mejor ser víctima que protagonista. Puede ser una actitud miserable, pero es que nuestro cerebro se ha desarrollado gracias al único objetivo de sobrevivir. Y dado que sobrevivir no es fácil en nuestro mundo moderno, puede parecer que quien se esconde y protege, tiene más oportunidades de sobrevivir que quien se mantiene en primera fila o se presenta como protagonista.

Ya lo dije. Es una actitud cobarde y miserable, pero así somos la mayoría de los seres humanos.

De hecho, empezamos temprano. Desde el colegio, cuando obtenemos una mala calificación, solemos atribuirla al profesor y es común manifestar cosas como "me ha calificado con tal nota", "me ha puesto tal nota", etc., pero cuando la calificación es buena, inmediatamente tomamos el protagonismo y enunciamos con estilo cambiado "me he sacado tanto" o "he conseguido tal calificación".

Está claro que, si es "bueno" yo soy el responsable y protagonista y, si es "malo", yo no soy responsable y, además, si puedo mostrarme como "víctima", pues, mejor.

Pasamos de víctimas a protagonistas según nos convenga, o según nuestro instinto nos diga que tenemos más probabilidades de sobrevivir.

Construimos nuestra realidad en función de nuestras opiniones. Y, en nuestra opinión, mejor estar protegido que expuesto.

Si esto se hace permanentemente de esta manera, si esto se convierte en parte de nuestro carácter, nos convertiremos en cobardes patológicos si nos identificamos frecuentemente con la víctima y, si fuera al revés, estaríamos patológicamente expuestos a cualquier tipo de acción, al colocarnos siempre en primera fila.

Se trata de buscar un punto coherente. De sentido común. Pero este punto no es universal. Cada uno deberá decidir en cada situación qué papel quiere elegir. ¿Ser víctima o protagonista?

Mucha de esta elección va en el lenguaje que utilizamos. En cómo nos contamos la realidad.

Por ejemplo, presentarnos como víctimas tiene varias modalidades. Veamos algunas frases tipo y determinemos cual es el trasfondo de nuestro relato, analizando nuestros diálogos.

Aparecen referencias a que las otras personas son malas o están equivocadas y nosotros somos buenos y tenemos razón. Aparecen referencias a que "las otras personas hacen cosas malas y nosotros sufrimos las consecuencias".

En este tipo de relatos hacemos hincapié en nuestra falta de responsabilidad e inocencia.

Aparecen referencias a que "todo ha sido culpa de fulano". Aparecen referencias a que "Fulano me la tiene jurada, siempre se la toma conmigo".

Estamos haciendo el relato desde la víctima, al mismo tiempo que le atribuimos al otro mala intención o la total responsabilidad de lo que sufrimos nosotros.

Aparecen referencias a que "No hay nada que pueda hacer al respecto"

En esta manifestación eludimos la responsabilidad, argumentando nuestra impotencia debido a fuerzas ocultas.

¿Se puede corregir? Si, claro. Primero debemos hacer autocrítica sobre nuestra opinión. Debemos fundar nuestro juicio correctamente según aprendimos en el capítulo "Los juicios".

Tener opiniones es lo que hacemos los seres humanos, estas opiniones definen nuestros gustos y preferencias. Definen quienes somos. Pero es importante que nuestras opiniones no nos mantengan cautivos.

No podemos dejar que nuestras opiniones nos tengan secuestrados y no nos dejen reconocer cuando el otro tenga razón.

La mayor deformación sucede por nuestra adicción a "tener razón". Siempre queremos tener razón. Hay quien apuesta a que es el deporte nacional de la humanidad y todos nos entrenamos a diario en argumentaciones de los más estrambóticas para justificarnos.

No nos gusta no tener la razón. Incluso, "tener razón" va de la mano de "conocer la verdad absoluta" así que ¿por no aferrarse a eso?

Si nuestra posibilidad de tener razón comienza a decrecer, empezamos a torcer la interpretación presentándonos como "víctimas" porque la "víctima" siempre tiene razón... y, si no la tiene, por lo menos no fue debido a su responsabilidad. Por lo que estamos a salvo.

Hay un problema inherente en el lenguaje, porque no hacemos diferencia entre "tener razón" y "creer que tenemos razón". Cualquiera de las dos opciones significa asumir que nuestro sistema de creencias, nuestros juicios, son más sólidos o están mejor fundados que los de otros.

Porque "tener razón" o "querer tenerla" es el mejor abono para las bases de un conflicto.

En resumen, "tener razón" consiste en vender nuestra versión de los hechos. Vender nuestra interpretación como si fuera la verdad absoluta, sin percatarnos de que estamos minimizando o desautorizando a la creencia del otro.

Y aunque tengamos la razón o creamos tenerla (¿hay alguna diferencia acaso?) somos proclives a evitar el punto de vista del otro. No nos gusta poner en tela de juicio nuestras convicciones así que nuestra opinión prevalece sobre la de los demás.

A veces vuelve a ser nuestro primitivo sentido de supervivencia el que nos controla.

Entonces, "tener razón", "creer tenerla", "ser la víctima", "ser el protagonista" son ideas que enhebramos permanentemente en nuestro discurso, dependiendo de donde nos sentimos más cómodos.

Y no está ni bien ni mal. Somos así.

Lo que digo desde esta obra es que la forma de no caer en la trampa del lenguaje es ser consciente de que esto pasa.

Y que, a veces, no tenemos la razón porque tal vez haya otra interpretación igual de valedera que la nuestra, o no somos tan víctimas como exponemos o quizás nos faltó un poco para ser realmente el protagonista.

Me quedo con la reflexión del Sr. Ricardo Elías, uno de los pasajeros del vuelo que aterrizó de emergencia sobre el rio Hudson en 2009.

"Desde ese día, he decidido ser feliz antes que tener razón".

No generemos conflictos por la forma de expresarnos.

Las trampas del lenguajeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora