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Destino 01: Cultre

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Prefacio

Todo estaba listo.

Ni siquiera él mismo acababa de creer que estuviese allí.

La estancia tenía forma de pentagrama invertido; una magnífica cueva creada por la naturaleza pero encargada por fuerzas oscuras. El suelo, hecho de un mineral transparente, dejaba ver las llamas que danzaban debajo de él, teñidas de distintos colores lóbregos y siniestros que hacían que su rostro se viese exultante. En el centro se erigía una especie de mesa forjada con diamante negro, de cada punta surgían cadenas que emitían un fulgor tenue.

Ella lo aguardaba en la cabecera, enfundada en ese vestido de seda blanca y negra que tantas veces le había arrebatado. Sonreía, sus ojos centelleaban más que nunca. Ansiosos. Macabros. El tatuaje en forma de telaraña que le marcaba la faz sólo resaltaba su crueldad innata. Con una mano sostenía la daga que lo cambiaría todo. Sus siervas, ahora con forma humana y cubiertas sólo en sus partes íntimas, permanecían quietas y en silencio, en espera de órdenes.

Avanzó despacio pero decidido, cada pisada era un recuerdo que acudía a su mente. No olvidaría la noche en que ella había respondido a su llamado, luego de haberlo intentado durante semanas, siendo siempre rechazado y humillado por un demonio menor. Y es que sus recursos económicos no habían sido suficientes para comprar el resto de material de invocación, por lo que llamar a un demonio que estuviese más cerca de ella le resultó imposible. Y justo cuando comenzaba a pensar que apuntaba muy alto, que quizá debía conformarse con pactar con el animalejo que le respondía, ella apareció. Aranea, la Diosa Aranea.

Estupefacto la había observado materializarse ante sus ojos, envuelta en una espiral de humo negro y blanco, con el cabello lacio, castaño, oscuro, a la altura de los hombros; sus ojos dorados le daban cierto aire amable a pesar de su palidez y los labios ennegrecidos. Él no habló, demasiado conmocionado, atrapado por la maldad de sus aparentes gestos inocentes.

—Eres un hombre persistente —le había dicho a modo de saludo. Su timbre, suave como la cera, lo hizo estremecer—, me gustan los mortales que insisten aun a sabiendas de que no hay esperanza para ellos.

Desde esa fecha, habían transcurrido meses. Meses en los que tras realizar el respectivo intercambio de sangre, ella lo había sometido a un entrenamiento que lo ayudaría a soportar lo que acontecería esa noche.

— ¿Preparado, mortal? —le preguntó al  tenerlo frente a frente.

—Por supuesto —respondió con ese tono y esa sonrisa suyos tan seductores. Tiró del cinto que le ceñía la túnica, con lo que esta cayó y dejó al descubierto su cuerpo alto y esbelto, sus músculos sobresaliendo apenas entre la piel, sin perder por eso elegancia en sus movimientos ni en su rostro de finas facciones.

Rió entre dientes al verla estremecer y casi sin quererlo, evocó una de las muchas ocasiones en las que la había tocado y hecho gemir, enredando su cuerpo al de ella hasta hacerla gritar su nombre; los dos envueltos en una espiral de placer y lujuria tan sublime que casi los había asfixiado.

—Sobre la mesa —imperó Aranea.

Él rió de nuevo y acató la orden: se recostó con las piernas y brazos separados, las siervas de la mujer se ocuparon en aprisionarlos con las cadenas. Al terminar, se separaron. Aranea apareció entonces en su campo de visión.

—Relájate —le dijo y se inclinó sobre él—, disfruta la experiencia.

Apoyó la punta de la daga sobre su frente, él cerró los ojos sin dejar de lado su sonrisa ligera. La daga se deslizó sobre la piel; dibujó un signo carmín y retorcido. Acto seguido, Aranea lamió el exceso de sangre que se escurría, para luego repetir el trazo del símbolo en cada una de sus mejillas. Él no se quejaba, más excitado que adolorido; la daga dejó su marca en sus hombros, en su pecho; ahí donde el pulso latía con fuerza.

Sufrió un escalofrío en el instante en que el filo de la hoja surcaba el área de su abdomen, los ojos de la divinidad se deleitaron con cada centímetro de la masculinidad de su miembro, antes de acuchillarlo también. Él se mordió la lengua para no gritar, mas el dolor fue reemplazado por un súbito orgasmo al sentir la lengua de ella recorrerle despacio, desatando una tormenta de agonía y éxtasis que lo sacudió por completo. Los cánticos que las siervas entonaban hacían que la cabeza le diera vueltas, o quizás era el ardor de sus nuevas heridas en las piernas, o la lengua de ella que furiosa raspaba a lo largo de su recorrido.

Por fin, Aranea se detuvo. Él abrió los ojos, temblaba y no sabía si era de dolor o excitación; la Diosa estaba en sus mismas condiciones, lo notaba en sus pupilas dilatadas, en su respiración entrecortada. La vio incorporarse, el brillo de las llamas realzaba su esplendor; cuadró los hombros y echó la cabeza hacia atrás, la daga alzada por encima de su cabeza.

— ¡Esta noche…! —vociferó—. ¡La criatura frágil y débil quedará atrás, y dará paso a un ser supremo y poderoso! —las siervas gritaron salvajes; gozosas por el triunfo inminente de su señora—. Di tu nombre, mi adorado vasallo.

—Furste Phaulius —declaró, algo en su interior hormigueaba.

—Y dime, Furste Phaulius —Aranea le dedicó una media sonrisa, más lasciva que alentadora—, ¿llevarás ese nombre ahora que habrá de iniciar tu reinado?

—No.

— ¡No te escucho, Furste Phaulius!

— ¡No! —gritó, una euforia se apoderaba poco a poco de él. El corazón le martilleaba en los oídos, la temperatura de su cuerpo ascendía—. Me llamaré… Tyr —musitó y sus ojos chispearon.

— ¡Más fuerte!

— ¡Tyr! —rugió, su timbre se volvió metálico, le daba la sensación de que iba a explotar—. ¡Y mi reinado prevalecerá, hasta el fin de los tiempos!

Se carcajeó, completamente trastornado. Sus heridas supuraban sangre y pus, infectadas con la pura esencia del mal. Aranea reía con él, carente ya de toda belleza, divinidad maniaca. Sin previo aviso, la mujer clavó la daga en su pecho sin remordimiento, los ojos de Tyr se abrieron desmesurados.

Aranea acercó su rostro al de él y retorció la daga en aquel órgano que luchó por palpitar una última vez, como un lamento, una llamada de auxilio jamás escuchada.

—Que así sea —susurró.

Y el beso desenfrenado dio comienzo a una época de tinieblas.

                        

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