¡Eres tonto!

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Después de ver las acciones que realizan otras personas, solemos atribuirle un valor con respecto a nuestro juicio y emitimos una opinión. Es normal, ya que somos seres que juzgamos y, llegados a este punto, puede ser necesario que repasemos el capítulo dedicado a «Los juicios».

Supongamos que la persona de la que juzgamos su accionar es de nuestra confianza con lo que podemos soltarle tranquilamente un:

—¡Tú eres tonto!

En primera instancia no deja de ser un insulto. Y por más que sea amigo, compañero, colega, etc. no está bien insultar, pero dejemos de lado esto por el momento.

Y ahora pensemos un poco más en lo que hemos dicho.

«Tú eres tonto», en primer lugar es una frase imposible porque, aunque por un momento nos olvidemos que estamos juzgado una acción, pareciera que tenemos acceso «al ser»  de la persona que juzgamos.

Al decir «tú eres», o la conjugación del verbo ser en cualquieras de sus personas, estamos dando entender que «sabemos», «conocemos», «hemos visto» o algo así, al «ser verdadero» de la persona. Sabemos lo que esa persona «es».

Impresionante e imposible al mismo tiempo, ¿verdad?

Resumiendo, debemos ser conscientes de que solo vemos lo que las demás personas hacen y no a lo que son.

¡Un momento! Alguien que está atento podría decir; Si somos lo que hacemos y yo le vi hacer tonterías..., pues, más claro, echarle agua, ¡es tonto! De acuerdo, me han pillado, convengamos que somos lo que hacemos y hacemos lo que somos (de hecho, esta es una de las enseñanzas básicas de la Ontología del Lenguaje) pero profundicemos un poco más, preguntémonos ¿qué es lo que está sucediendo? Vamos por partes

Hemos visto a esta persona hacer algo. Nuestro sistema de creencias se pone en marcha y pone a nuestra disposición experiencias pasadas que nos dicen que eso es una tontería. Nuestro criterio se impone y queremos hacerle saber a todo el mundo lo que opinamos de esta persona.

Entonces le atribuimos valor de verdad absoluta a nuestro juicio y se lo arrojamos a la cara con el consabido: «tú eres tonto».

Pero, aunque parezca que nuestro criterio nos ha permitido conocer la verdad absoluta y así se lo hacemos saber a quién nos oiga, acabamos de cometer una gran cobardía. ¿cómo? Si, nos hemos escondido. Hemos aprovechado una característica de nuestro idioma que nos permite ocultarnos en nuestra forma de hablar.

Hemos dicho «tú eres tonto», pero no hemos manifestado que somos el autor de la frase.

No solo le hemos atribuido fuerza de valor absoluto a nuestro juicio al otorgarnos la falsa posibilidad de estar viendo «el ser» de la otra persona, también hemos omitido decir «Yo creo que eres tonto».

«Yo creo», «Yo siento», «Me parece», «A mi criterio», etc. etc. hemos escondido nuestra autoría de la frase para no enfrentarnos al hecho de que esgrimimos un juicio, una opinión.

Lo repito, no solo nos hemos arrogado el poder saber quién es tonto y quien no, sino que además lo decimos con una frase que nos permite escondernos como autores de la opinión.

Falsos y cobardes.

¿Y si dijéramos lo que en realidad pasó? Quiero decir, primero vimos un hecho, segundo nos formamos una opinión, luego, la decimos.

Propongamos el cambio de:

—¡Tú eres tonto!

Por frases más ajustadas a cómo sucedieron los hechos, del tipo de:

—¡Eso que has hecho me parece una tontería!

—¡Eso que has hecho, según mi criterio, es una tontería!

Presten atención a que estructura de frases funciona casi con cualquier insulto.

—¡Eres insoportable!

Sería menos cobarde decir,

—Me parece que eres insoportable.

Y, quizás, más ajustado a lo que realmente está pasando

—No sé qué hacer para soportarte.

En este último ejemplo, además, aparece la evidencia de algo que sucede muy a menudo y solemos ignorar. Veámoslo.

En el primer caso, «¡Eres insoportable!» Asumimos que conocemos la verdad absoluta, se la atribuimos a la otra persona y, además, nos lavamos las manos en la eventual solución del problema. El problema es de la otra persona ¡que lo resuelva! Ella es la insoportable y que lo arregle.

En la versión más ajustada a la realidad «¡No sé qué hacer para soportarte!» Asumimos que es nuestra opinión y no nos lavamos las manos de una posible solución, ya que reconocemos que «algo se podría hacer» para solucionar el problema.

Se dice normalmente que la última forma es una manera de asumir nuestra responsabilidad al manifestar nuestras opiniones. Pero esto lo desarrollarnos más profundamente en el capítulo siguiente.

El resumen de este es:

Revisa las trampas del lenguaje y no caigamos en la tentación de imponer nuestros juicios como si fueran verdades absolutas. No le atribuyamos características a los demás. Al emitir opiniones, intentemos describir los hechos al mismo tiempo que manifestamos lo que opinamos. 

De hacerlo así, seguramente seremos menos ofensivos al hablar.

Las trampas del lenguajeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora