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La habitación se había tornado sombría, era como si la luz que aun entraba por la ventana hubiese perdido intensidad

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La habitación se había tornado sombría, era como si la luz que aun entraba por la ventana hubiese perdido intensidad. No obstante, nosotros continuábamos allí. Ella completamente desnuda y yo completamente idiota.

Nervioso, tragué saliva, mientras sentía como todo dentro de mí se comenzaba a calentar.

—¿Te gusta lo que ves? —formuló, libidinosamente. Mis ojos se abrieron más, si es que eso era posible. No fue necesario responder aquella pregunta, si había algo que me fascinaba de una mujer eran sus senos, y ella tenía unos bastante grandes, que digo grandes, eran enormes. Al no encontrar respuesta de mi parte, mordió su labio y extendiendo su mano, después añadió—: Ven, te doy permiso de que me toques. —Miré hacia los lados, no estaba muy seguro si era a mí a quien le estaban hablando.

—¿Yo? —cuestioné aun incrédulo.

—Sí, Tom, tú —afirmó, guiñándome un ojo. En gesto sugestivo, pasó la lengua por su labio superior y con su dedo indicé, me indicó que me acercara—. Ven aquí —insistió. Dejándome llevar por sus palabras, asentí y caminé hasta donde estaba. Cuando estuve frente a ella, tomó mi mano y la posó sobre uno de sus senos—. ¡Ah! —gimió cuando hice contacto con su tibia piel.

—Ta... Tati —jadeé, su pezón se irguió—. Esto... —intenté decir algo, pero cuando su mano comenzó a desabotonar mi pantalón me fue imposible terminar la frase. Luego, bajó mi cremallera e introdujo su mano dentro de mi pantalón—. Tati... No deberíamos —articulé en un hilo de voz.

—¿No deberíamos qué, Tom? —Un golpe en la puerta me sobresaltó, llevé mi vista hacia la entrada y me encontré con la silueta de una chica recargada sobre el marco. Vestía un sobretodo negro que llegaba hasta sus rodillas y zapatos altos de color rojo.

—Hola, Tom. —Agitó su mano y sonrió con coquetería.

—Mí... Mía —tartamudeé, mientras ella caminaba hacia mí—. ¿Qué... qué haces aquí?

—Tenía muchas ganas de verte —respondió mientras desabrochaba el sobretodo y en cuestión de segundos, lo dejaba caer hasta el suelo.

—¡Ay, Dios! —exclamé, ahora habían dos mujeres completamente desnudas frente a mí, comencé a sudar. Mi mano aún estaba sobre el seno de Tati, ella en vez de estar molesta, disfrutaba de la escena—. ¿Chicas, por qué me hacen esto? —jadeé, mientras la pelinegra comenzaba a regar besos en mi cuello.

—No te resistas, Thomas —susurró la rubia, esta vez sumergiendo su mano dentro de mi bóxer, aquello estremeció cada recoveco de mi cuerpo—. Sabes que lo deseas tanto como nosotras. —Me besó con lujuria, nuestras lenguas comenzaron a explorarse, mientras mi cuerpo disfrutaba del movimiento desenfrenado de sus manos.

—¡Oh, Tati! —gemí. Sorpresivamente detuvo el beso y llevó su lengua hasta mi mejilla para lamerla—. No pares, por favor —imploré, y en ese instante un ruido me hizo despertar—. ¡Diablos! —me sobresalté, cuando sentí que alguien o algo, lamía mi rostro—. ¿Quién eres? —le pregunté al perro chihuahua que estaba en frente de mí, ladró.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora