Capítulo 7-Madurez inesperada

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El almirante no se contuvo, no podía hacerlo; avanzó hacia esa joven hipnotizadora con la que su aspecto de hechicera se acrecentaba junto al repicar de las olas, atormentándolo. La cogió con cierta firmeza ante la actitud desafiante de ella, con Karen no funcionaban las sutilezas ni los remilgos así  que bajó el vestido hasta sus hombros , de un sólo estirón, agradeciendo que fuera un vestido de campo fácil de quitar y exento de corchetes y lazos. 

Asher contuvo su respiración mientras Karen permanecía con los ojos cerrados, sin saber cómo ni por qué, en un insignificante instante se había permitido mostrar a un completo desconocido aquello que nunca había mostrado. 

Lord Stanley pasó sus toscas y endurecidas yemas de los dedos sobre las decenas de pequeñas cicatrices que se amontonaban sobre la espalda de la joven, una joven que debería mostrar una piel impoluta y jamás corrompida de ese modo. Al acariciar esas heridas cicatrizadas, algunas hechas a fuego y otras a golpes, provocó en Karen un estremecimiento que le recorrió por toda la espina vertebral llegando a poros que no sabía que existían y a lugares escondidos. 

-¿Ésto te lo hizo tu madre?- cuestionó Asher en un leve y cariñoso susurro que no pretendía ser entrometido sino preocupado y, en parte, enfadado sin saber el motivo. 

-Como habrá podido comprobar mi hermana y yo somos las más rebeldes de todas las Cavendish y mi...madre...por llamarla de alguna forma, nos hacía recapacitar con pequeños castigos, tal y como ella decía. Durante mucho tiempo pensé que me lo merecía hasta que comprendí que nadie tiene derecho a quebrantar un alma, ni si quiera la de un niño- confesó sintiéndose extrañamente segura entre las manos del almirante que se habían ido enredando en su cuerpo hasta estrecharla , abrazándola por detrás y respirando sobre su cuello. 

-¿Y su padre lo permitía?

-Mi padre era demasiado bueno para poder saber nada de ésto y nosotras...simplemente callamos- la voz de la huérfana se quebró por lo que pareció un segundo para volver a mostrarse firme y sonora como siempre, y es que recordar a su padre no le era fácil. 

Lord Asher Stanley hizo girar sobre sí misma a la joven hasta poder ver sus ojos, los cuales eran un muro, inquebrantables. Parecía inmune a lo que estaba contando, sin embargo, un pequeño destello de luz en ellos le decían que en su interior había un pozo de sentimientos amargos y ahogados a consciencia. 

-No debería haber vivido nada semejante- sentenció sin dejar de presionarla contra su torso prohibiendo el paso del aire entre ellos, para poder depositar fácilmente un acalorado beso sobre sus gruesos labios. Cargó todos sus sentimientos de protección y desvelo en ese beso, electrizando la cavidad húmeda en la que ya se había adentrado y de la que se había vuelto adicto sin saberlo. Karen sintió como si parte del peso que llevaba en su consciencia fuera momentáneamente trasladado , desprendido. Ese nervio y esa ansiedad que la perseguían se vieron apaciguadas dando paso a otro tipo de tensión más agradable y que ya había experimentado con él, siempre con él. Era extraño como dos completos extraños se acoplaban a la perfección, besándose como si siempre lo hubieran echo. Pero no llevaban tiempo haciéndolo, si no más bien eran nuevos el uno para el otro, y un ardor no tardó en aparecer, de echo, siempre estaba allí cuando estaban uno cerca del otro. 

El ardor se intensificó a través de esa unión entre sus labios hasta que Asher descendió su mano hasta las anchas caderas de la joven obligándola a tumbarse, ejerciendo una leve pero decidida e irrevocable presión a la que ella accedió satisfactoriamente. 

La fina arena cobriza les sirvió de manto para yacer sobre ella, facilitándoles la coyuntura y el recreo de saberse uno del otro, sin abandonar esos besos cálidos y abarrotados de deseo empezaron a conocerse a través del tacto; él paseaba su ruda mano des del inicio de su vestido hasta el final de él, levántandole así la falda para poder deleitarse con la sedosa piel de sus muslos invadidos por ligueros que sostenían dagas. Ella, se maravillaba del ancho y duro cuello del áureo apretándole la dura piel con instensidad, desgarrada de placer por las caricias atrevidas que se le estaban proporcionando. 

El mar amenazó en secarse cuando el fuego de ambos se disparó en el momento que Lord Stanley decidió abandonar el elixir de la boca femenina para adentrarse y mordisquear aquellas zonas que jamás nadie había explorado, harto del velo que cubría su cuerpo, arrancó su vestido regalándose la visión de la ambrosía personificada. Ella tan sólo podía sostener los mechones dorados entre sus dedos, regocijándose de placer con el juego de la lengua de Asher, la cual iba de un rincón a otro sin dejarle respirar. Succionó, besó y lamió todo aquello que pudo hasta que decidió que era el momento de adentrar su mano en esa zona prohibida y, a la que no le faltaba humedad, fascinado por ese contacto sedoso que se escurría entre sus dedos. 

Karen se retorció y gimió hasta que decidió incorporarse y ponerlo debajo de él, el cual quedó gratamente sorprendido y se dejó llevar por los besos aún inexpertos de la joven que se esparcían por su robusto cuerpo; la debutante coló sus finos dedos entre los botones de la camisa con desesperación de conocer qué se encontraba debajo de ella, sin embargo, tuvo que agradecer la ayuda de Asher cuando éste desabotonó más de uno. Una vez, el séquito de botones fueron abatidos abrió de par en par la tela blanca dejando a la vista un torso fornido, esculpido y veteado por un vello brillante que incitaba a ser acariciado con vehemencia y adoración. 

Harto de ese placer que la joven le dedicaba inocentemente al juguetear con sus dedos sobre su pecho, volvió a colocarla debajo de él para asegurarse de que la joven estaba lo bastante preparada para lo que estaba dispuesto hacer, colando su mano en su carne más tierna y removiendo sus dedos en ese lugar hasta que la propietaria del mismo respondió llegando a la cima del éxtasis y enalteciendo el orgullo del almirante,el cual sintió que ver a Karen desvanecerse entre sus manos era lo más excitante que había echo jamás, deseando que el momento fuera eterno y que la faz distendida de la pelinegra no desapareciera. 

La debutante sintió como algo nuevo le recorría des del bajo vientre hasta la garganta liberando un sonido que desprendía gozo y placer en cada registro de su melodía;sin embargo, sintió como si algo no estuviera completo por eso, instintivamente, llevó la mano en el centro del varón descubriendo que la dureza del lugar nada tenía que ver con la ternura del suyo propio. Presa de curiosidad, descendió aquello que le privaba de la vista deseada y se maravilló ante la hermosura del hombre, agarrándola entre sus manos. 

Asher lo sintió, era el momento, el momento de hacerla suya de una vez para siempre; no la conocía, lo poco que conocía de ella no le gustaba, pero ¡Por Dios! que lo llevaran al infierno si no la deseaba más que el aire que tenía que respirar para vivir. Nunca había cometido locuras, jamás se las había permitido, pero ella era una pitonisa, lo seducía y lo atraía como si no existiera nada ni nadie más en la Tierra. Dispuesto a acabar con ese padecimiento que se había apoderado de él esa noche estrellada, quiso introducirse en su interior...

-¡No!¡Detente! - suplicó Karen de golpe- Detente por favor- se sintió egoísta, con él y consigo misma, pero no permitiría arruinar su vida de esa forma. Asher paró aunque para ello necesitó toda la fuerza interior de la que poseía y la encaró, en ella no había miedo ni arrepentimiento sólo orgullo y decisión. Ella jamás se entregaría a él, y así se lo quería dejar claro, a pesar de que hacía tan sólo unos instantes, había sido tan suya como su propia vida. -No quiero...no quiero hacerlo- el almirante se separó y enmudecido la observó y la escuchó- te conozco, lo he oído miles de veces entre mi hermana y mi cuñado, eres el serio...el arrogante...el perfecto...y buscas una mujer sumisa, de modales impecables...esa no soy yo, no dejaré mis proyectos, mis metas para rendirte pleitesía, ya rendí sumisión durante muchos años y ahora quiero ser yo misma, necesito hacerlo, necesito demostrarme que soy algo más que la propiedad de alguien- se colocó de nuevo el vestido mientras Asher la imitaba abotonándose la camisa sin apartar la mirada -he escuchado que tu madre busca una condesa, una condesa con todas sus condiciones, no puedo ser yo... y sé que si ahora me entregara a ti, tu sentido del deber te obligaría a pedir mi mano y no quiero, no deseo casarme contigo ni que tú lo hagas conmigo. Sólo nos une esta locura, el deseo,¿ qué más nos une? ¿Podemos compartir una vida entera unidos tan sólo por el fuego de una pasión?

Asher quedó impresionado, le costó saber si delante tenía a una debutante o a una mujer vivida, sus palabras eran sabias y había demostrado estar dotada de más sentido común que él mismo ,a pesar de que él se vanagloriaba de ser el sensato en numerosas ocasiones. La ayudó a levantarse, una vez estuvieron correctamente vestidos y peinados,  y empezó a andar sumido en el silencio, la miró y la estudió: su grácil caminar, tan atrevido y tan enérgico, su pelo negro cayendo con gentileza sobre su cintura, rozándole con alevosía la cadera; una cadera que se ensanchaba para dar lugar a unas piernas firmes, su mirar, sus oscuros ojos...esos ojos ambiguos, tan oscuros y brillantes a la vez...temibles pero reconfortantes...su olor...sus cicatrices... ¿Tan sólo era pasión lo que sentía por ella? 

Ojos del anochecer ( III Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!