Lo implícito

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¿Hasta dónde nos guían las cosas que, sin que haya señales o indicios que puedan justificarlas, tomamos como ciertas y nos movemos motivados por ellas?

No estoy hablando de la intuición. Me refiero a las presuposiciones, a lo implícito, que se esconden detrás de lo que hablamos y aceptamos sin ser conscientes de ello.

Es el filósofo y lingüista francés Oswald Ducrot quien enuncia que «la lengua no es solamente una condición de la vida social sino un modo de vida social», poniendo de esta forma a la lengua en el eje de la creación de nuestra vida de relación.

Nos advierte también que «el fenómeno de la "presuposición" hace aparecer, en el interior de la lengua, todo un dispositivo de convenciones y de leyes, que debe entenderse como un marco institucional que regula el debate de los individuos».

Al hablar de la «presuposición» estamos diciendo que en todo enunciado pueda haber un contenido «implícito» que es muy importante determinar, si buscamos mejorar el grado de comunicación entre individuos.

De alguna manera hay una doble utilidad en la parte «implícita» del discurso, por un lado, expresar algo sin arriesgarse a ser considerado (o escondiéndose) como responsable de haberlo dicho y, por otro, también enunciar una idea sustrayéndola a las eventuales objeciones.

Según este lingüista, la presuposición es una forma de lo implícito, «que permite decir una cosa haciendo como si no se la hubiera dicho».

Veamos algunos ejemplos. Pensemos en esta frase.

        «Pedro seguirá trabajando el viernes».

Lleva implícitamente con ella 2 ideas.

      a) Pedro estuvo trabajando antes del viernes.

      b) Pedro ya estuvo trabajando el propio viernes.

O, por ejemplo, en estos enunciados

      1. Pedro sospecha que Juan va a venir

      2. Pedro se cree que Juan va a venir.

Decimos que lo presupuesto y lo expuesto forman parte del significado literal, pero lo implícito está en la lengua misma y entrelazado en los códigos culturales.

En el caso de 1) «Pedro sospecha que Juan va a venir», podemos argumentar que Pedro presupone que Juan va a venir reforzando, implícitamente, esa idea con la «sospecha».

En caso 2) «Pedro se cree que Juan va a venir», tiene una posible interpretación en que Pedro presupone que Juan no va a venir, reforzando implícitamente que la idea es «la ausencia de Juan» y por eso lo expresamos mediante el «se cree».

Ducrot nos explica que el juego del lenguaje se vuelve redundante muchas veces para intentar ordenar lo expuesto y lo implícito buscando que el discurso se convierta más claro y fuera de toda duda.

Y nosotros también nos volvemos redundantes en el diálogo, al darnos cuenta de que lo expuesto y lo implícito puede dar lugar a confusiones. Decimos las cosas una y otra vez y de distintas maneras para garantizar que nos entiendan. Y esto es claramente así, cuando no queremos mal entendidos.

Pero no siempre lo hacemos de esa forma. A veces, de manera consciente recurrimos a modos de decir las cosas que dan por entendidos ciertos extremos que no nos animamos a manifestar abiertamente.

Veamos algunos ejemplos:

Alguien dice durante una charla, frente a lo argumentado por otro.

—¡Eso no es verdad!

Es evidente que hay un consenso en la charla, pero con esta exclamación podemos analizar legítimamente varias cosas:

Se ha escondido el emisor en el enunciado. Se ha manifestado "Eso no es verdad" como si la verdad fuera algo absoluto y la persona que emite el enunciado tiene acceso a ella y el resto no. Mas correctamente se podría haber enunciado «¡Yo creo que eso no es verdad!». Donde vemos claramente el sujeto que emite el enunciado y, además, saca de las sombras que es «su opinión» diciendo: «yo creo» O podría haber enunciado «¡Yo sé que eso no es verdad!». Donde debería aportar argumentos, pruebas y/o hechos (y no opiniones) de lo que fundamenta ese «yo sé».

El problema es que al dejar «implícitos» cualquiera de estos 3 razonamientos, el grupo deberá basarse en el prestigio personal que tenga el que enuncia «¡eso no es verdad!» para decidir si lo que dice es parte de su conocimiento o si es su opinión. Como sea, esta forma de expresarse aporta inexactitud a la comunicación y, dependiendo del caso, es una fuente de falsedades y encubrimientos.

Lo implícito, también se manifiesta de forma relevante en el par pregunta/respuesta.

El presupuesto de una pregunta se convierte en un elemento común a todas las respuestas, dado que una pregunta no admite otras respuestas que las que establecieron sus presupuestos.

Dicho así parece complejo, pero no lo es. Veámoslo más en detalle con un ejemplo.

Decía que la interrogación obliga al receptor a retomar los presupuestos de la pregunta, a responder dentro del marco que estos imponen. Así:

«¿Por qué Europa está en decadencia?»

Presupone que «Europa está en decadencia». No puedo ensayar una respuesta donde no hable de la «decadencia de Europa». Podré negarla o reforzarla, ofrecer argumentos a favor o en contra. Pero no puedo salir del corsé que me impone la pregunta. A partir de allí la conversación tendrá un marco implícito que deberá respetarse.

Recordemos siempre que en nuestras conversaciones hay una burbuja contextual que debe respetarse, ya sea de forma inconsciente o consciente.

Estemos atentos para no caer en las trampas del lenguaje. Es importante, entonces, que cuando entramos en una conversación de terceros, averigüemos lo antes posible el contexto de esta.

Arriesgar una opinión sin conocer el contexto implícito, puede traernos consecuencias no deseadas.

Las trampas del lenguajeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora