Capítulo XI (primera parte)

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Una vez terminado su turno Jeyko corrió al apartamento, pero al momento de llegar a la portería se encontró con alguien que no esperaba ver. Andrea desde la portería le observó llegar, y vio con tristeza la forma en que su sonrisa se borró en cuanto la vio, cada pedazo de su corazón se rompía con el pasar del tiempo, temía que a tan pocos días de la boda llegaría sin corazón, y terminara casándose únicamente por el puro compromiso, por no quedar mal otra vez frente a toda su familia y amigos, a los que había ilusionado con la boda del año, con el mejor hombre del mundo, con una vida feliz. Jeyko la saludo con un beso casto en la boca, y sin poderlo evitar comparó mentalmente la diferencia entre sus labios y los de Ángel, sin llegar a ninguna conclusión. La invitó a subir pero ella se negó, el vigilante le había hecho saber que Ángel había llegado solo minutos antes que ella, y Jeyko ingenuo sonrió en cuanto ella se lo dejo saber, feliz de saber que él ya estaba en su apartamento, sin embargo la mirada que le dio Andrea le borró la sonrisa de inmediato y ella de nuevo se negó a subir, por el contrario le propuso que fueran a tomar un café, pero Jeyko no contestó, miraba persistentemente el edificio en el que estaba su apartamento, temiendo que si se demoraba mucho, Ángel tomara la decisión de irse nuevamente, Andrea suspiro hondo y empezó a caminar, Jeyko adivino su enojo, y la siguió aun con la incógnita de si se iría o no, pero debía correr el riesgo, tampoco podía dejar ir a Andrea de ese modo. Caminó detrás de ella hasta llegar a una cafetería en la zona comercial del barrio. Andrea entró, tomó asiento y pidió un café, Jeyko la siguió y pidió una gaseosa, Andrea le miraba triste y él no entendía el por qué, el mesero pronto se acercó con la orden y luego de que se fuera, Jeyko decidió hablar.

—Siento si te he dejado sola estos días.

—Estamos a cinco días, y ni siquiera llamaste para preguntar cómo me había ido en la última prueba del vestido —le dijo evitando que las lágrimas salieran de sus ojos— me fue muy bien sabes, quedó perfecto.

—Me alegro —trataba de hacerle creer que no era para tanto— para el domingo estaremos casados, y luego que volvamos de la luna de miel, traeremos todas tus cosas al apartamento, y ya verás cómo me entero de todo.

—¿Todavía quieres casarte?

—¡Por supuesto! Por qué no iba a querer hacerlo, te amo —tomó las manos de Andrea entre las suyas y las besó— te amo más que a nadie.

Ángel había llegado al apartamento solo minutos antes de que Andrea lo hiciera, el vigilante le dejó seguir como era su costumbre, ignorante de los sucesos de los últimos meses, tan solo le dejo seguir valiéndose del conocimiento que tenía de la pareja de amigos, en la que Ángel gozaba de ciertos privilegios, privilegios de los que incluso para ese momento Andrea no gozaba, por eso él había pasado sin detenerse y ella había permanecido en la puerta. Se sentó frente a el reloj impaciente, pendiente de que diera la hora en la que él llegaría, pero los minutos pasaron y él no apareció, se levantó y caminó hasta la ventana de la sala desde donde tenía vista a la portería, y allí lo vio, caminando detrás de Andrea que enojada caminaba frente a él, le vio mirar de reojo al apartamento, pero estaba seguro que no le había visto, caminó de nuevo hasta el sofá y se recostó en él, Jeyko tardaría en volver, pero Andrea no había subido así que lo posible era que el vigilante les hubiese hecho saber que él estaba ahí, y por eso los pasos cortos de Jeyko y su mirada insistente al apartamento, no podría irse porque volvería a buscarlo, lo único que podía hacer era esperar, y rogar para que no volviera con ella, lo que menos necesitaba en ese momento, era sentirse asediado y repudiado por ella, la mujer que le había vencido, en una batalla en la que si hubiera podido elegir, no habría participado nunca.

Ya habían terminado con el café, el animó de Andrea había mejorado, reía con las ocurrencias de su novio, y él también lo hacía. Tenía unas de sus manos cruzadas con las de él, y este le acariciaba el rostro. Entonces ella recordaba porque era que se casaba con él, porque le hacía feliz de ese modo, porque luego de dos años aún le hacía suspirar, porque su corazón latía cada que escuchaba su voz por el teléfono, cada vez que le tocaba, o le dijera que le quería, porque a pesar de que su historia no fuera un cuento de hadas, que ella no fuera una princesa ni él un príncipe millonario, estaba segura de que tendría su final feliz, porque estaba segura, a pesar de sus miedos, que al final vencería a la bruja de su cuento, una bruja disfrazada en el cuerpo de un hombre, bajo la capa del mejor amigo.

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