9. Entrando en calor

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Levantarme ese viernes me estaba resultando imposible. No sólo aún no me recuperaba del shock del día anterior, sino que mi cabeza me dolía de tanto pensar. Pero ya había decidido que igual iría al colegio. No podía permitir que Anton ganara más terreno, que se saliera con la suya y tenía la sensación de que me perdería algo importante si faltaba. Además, para qué estamos con cosas, yo era de esos alumnos que mientras aún mantuvieran algo de pulso y pudiesen respirar sin necesidad de un ventilador artificial, no faltarían a clases.

—¿Has visto mis calzones rojos? —me preguntó Paula, para variar estresada, mientras se cruzaba por mi puerta en el momento que yo salía de mi habitación. No quería saber por qué me preguntaba algo así a mí, ni por qué tenían que ser de ese color en especial ¿No podía ponerse cualquiera? Solo ella y Solae solían hacerme ese tipo de preguntas tan fuera de lugar.

La relación con mi hermana había vuelto a ser la misma que antes de contarle acerca de los anuarios. Conversando lo que fuese estrictamente necesario, y tratando de molestarnos lo menos posible. Para mi alivio, parecía comportarse como de costumbre, salvo el pequeño detalle de haber olvidado todo lo que tuviese que ver con Solae. Al menos me consolaba el hecho de que no había olvidado que era mi hermana, a diferencia de Solae, para quién ahora yo era un simple compañero de clase.

De tener un plan sólido contra Anton, no se podía decir que lo tenía y mi ánimo tampoco me ayudaba demasiado a inspirarme. Pero estaba pensando seriamente en aprovechar que él había empezado a demostrar algo de "interés" en ser mi amigo (por muy falso que fuera). Quizás la mejor forma de enfrentarlo era hacerme el tonto, simular que todo estaba bien fingiendo ser su amigo para encontrar su punto débil y averiguar cómo sería mejor proceder.

Luego de la enorme fuerza de voluntad que debí reunir para ir al colegio; apenas llegué me fui enfocando en ver todo desde el punto de vista de la nueva situación. Solae era ahora solo una compañera más, su mejor amigo era Anton, y siempre había sido así. Pero por mucho que me esforzara, aquello no tenía ni pies ni cabeza. Todo era demasiado surrealista, sin embargo estaba sucediendo y tenía que dejar de darle vueltas para poder seguir adelante.

Era hora de comenzar a actuar. Acercarme a Anton, lo que a la vez significaba volver a acercarme a Solae. Esta vez era yo quien debía ganarme su amistad, algo que jamás imaginé que necesitaría esforzarme por lograr.

—Pensé que hoy no vendrías —me dijo Joto, mientras abrochaba sus zapatillas de gimnasia. Nos encontrábamos en el camarín de hombres, cambiándonos para lo que sería la primera clase del día: Educación Física. ¡Hurra! No cabía en mí de felicidad de tener que correr justo hoy, que me sentía como la mierda.

—Quizás no debería haber venido. —le respondí sin ganas. Ya me estaba arrepintiendo de ser siempre tan condenadamente responsable.

—Te veo mejor, Alex —intervino Anton, desde atrás nuestro, sin que nadie le preguntara su opinión. Iba a responderle, aprovechando la oportunidad de que él iniciaba la conversación, pero al darme vuelta, él ya no estaba.

Las clases en esta ocasión se realizarían en la pista atlética que colindaba con el colegio y que era al aire libre, y nuestra profesora, la señorita Fabiana, ya estaba esperándonos en la cancha. La edad de nuestra profesora de Educación Física siempre había sido un gran misterio para todos nosotros. Tenía un cuerpo escultural y tonificado que a varios les quitaba el sueño, pero su cara llena de arrugas y oscurecida por el abuso de sol, hacía dudar hasta al más entusiasta.

—¡Se inicia el precalentamiento! ¡Wuuuuuup! —nos llamó gritando a todo pulmón y aplaudiendo con fuerza un ritmo constante, que casi la hacía parecer que estaba bailando. Cuerpo de veinteañera, cara de cuarentona, pero con más energía que un niño de 4 años. Mi veredicto sentenciaba que ella era extraterrestre.

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