Capítulo 13

122 3 0

Villanueva, una vez curado de su mal gracias a la misma anciana que lo atendió la anterior vez, descansaba plácidamente en su cama. Dormía como hacía tanto que no lo hacía, mas roncaba como siempre. Ya era tarde y la servidumbre ya se había retirado. Era casi mediodía y el calor estaba más que insoportable, pero, como de costumbre, Villanueva estaba en sus frescas habitaciones sin prestar atención a nada que no fuera él mismo y como en ese momento su propio cuerpo no quería enterarse de nada pues el dolor podía roerlo y hasta hacerlo delirar, Villanueva no sabía nada de nada en ese momento.

Al fin, bajó un poco el sol, símbolo de que entraría pronto la noche. Había dormido toda la tarde y nadie se había preocupado por ver cómo seguía. Intentó llamar a alguien un par de veces pero nadie acudió. Todos se habían ido temprano a sus chozas abandonando al patrón y los pocos que dormían dentro no debían de estar, tal vez sería su día de descanso. Villanueva no tenía ni idea, nunca había estado tanto tiempo en su casa y ya no se acordaba cómo estaba organizada. Se levantó y quiso bajar y buscar algo de comida en la cocina pero desistió: aún se sentía débil y además, no tendría ni idea de dónde buscar.

Caminó hacia su despacho, no sin cierto temor a encontrar de nuevo ahí a Sogblé pero como recordaba haberlo encontrado siempre en distintos lugares y siempre de manera inesperada, decidió entrar. Desde allí, sentado en su silla frente al escritorio, llamó a la Junta. Había decidido que mientras no encontrara una justificación a la falta de su mano o una forma discreta de esconder su defecto a la gente, no saldría de su casa. Contestó la secretaria aburrida de siempre y, como esta vez lo escuchó hablar tranquilo, lo comunicó rápidamente. Estuvo hablando por horas. Quería convencerlos de volver al plan por él ideado, al original. Estaban tan obtusos como siempre, pero eso ya se lo esperaba Villanueva, así que resistió hasta bajarles las defensas. Les aseguró que tenía una corazonada y que Almasi pronto dejaría de ser un estorbo para sus planes, que todo sería cuestión de tiempo. Terminaron por darle otra oportunidad, de manera que suspendieron por unos días las actividades planeadas recientemente para dar tiempo a Villanueva. Si en ese plazo, no era capaz de deshacerse de Almasi, volverían a lo anterior. Estaba decidido. Todo era cuestión de esperar, de esperar a que Sogblé volviera a aparecerse para cerrar el nuevo trato y se deshiciera de la estorbosa ciudad junto con todos sus habitantes. Debía parecer un accidente, un designio de los dioses, para que la Unión no se viera involucrada a la hora de aprovechar la conveniente desaparición de la ciudad. Villanueva no era muy creyente pero recordaba las historias terribles en que el dios mayor destruía las ciudades que iban contra su voluntad y castigaba a todo aquél que se le opusiera. La historia de la humanidad estaba llena de escenas en que las ciudades se caían a pedazos, ya fuera por los dioses o por los conquistadores. Siempre ha sido así, ¿quién notaría una pequeña ciudad en medio de la nada que sólo estorba? En cambio, le seria una gran ventaja a su propia ciudad y al propósito de la Unión.

Al día siguiente apareció una noticia alarmante en Almasi, que no en Aracena donde no había nada que temer. La Unión había suspendido actividades y parecía haber suspendido algunas con respecto a la ciudad de Almasi. Cuestión por demás preocupante pues era una ciudad pequeña y en general pacífica que si sobrevivía era sólo porque se había podido posicionar correctamente de manera que quedaba protegida por las reglas mismas de su atacante. Había quedado resguardada por la unión por medio de diversos contratos y movimientos varios, pero si la Unión había decidido suspender algunas de sus actividades, especialmente aquellas en que tenía relación la ciudad de Almasi, era porque esperaba algo, y era algo que no podía convenir a los habitantes de la ciudad, de otro modo, hubieran seguido como siempre, hubieran seguido involucrados. La tensión subía a cada día en la ciudad y, una vez publicado el artículo en el periódico, fue todavía peor. Todos estaban tan sólo esperando la sentencia dictada por sus enemigos. Siendo una ciudad tan pacífica, esperaba pronto su ruina en su debilidad y, especialmente, en su rivalidad con su ciudad hermana.

En el pueblo las llamaban las Ciudades Hermanas, pues se decía que antiguamente habían sido un mismo reino dividido tan sólo a medias por el cerro Uzuri. Vivían en armonía, pues todos se consideraban del mismo pueblo pero un día el gobernante se casó y tuvo dos hijos. Su consejera y adivina conjuró un terrible presagio al declarar que sus hijos se convertirían en enemigos dividiendo el pueblo en dos partes y que, mucho tiempo después, tendría que ganar uno de ellos. El gobernante mandó quemar a su consejera por haber dicho tan atroces palabras y entonces, selló con fuego la profecía.

La mayoría de la gente no creía la historia, pero la tenían presente desde el hecho de saber que todos tenían familia y amigos en la otra ciudad y que, irónicamente, desde tiempos inmemoriales habían sido enemigas. Ahora sería el final de alguna de las dos y todos sabían con exactitud de quién: de Almasi, la ciudad donde había gobernado el hermano más perverso de los dos y quien había cometido los más atroces crímenes en la historia del pueblo. Se decía que tenía poderes divinos y que una noche, desesperado al no poder controlarlos se fue al cerro y nunca volvió. Como ya dije, nadie creía en las leyendas del pueblo, pero todos las tenían presentes, especialmente en los momentos de peores augurios y amenazas.

Ciudades Hermanas¡Lee esta historia GRATIS!