4. Disculpas

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Al día siguiente la situación no había cambiado en absoluto. Anton continuaba apareciendo en la lista del curso, y sin importar a qué compañero le preguntara, todos insistían que siempre había sido un alumno regular de nuestra clase; y mientras tanto, Solae seguía tratándome con la misma calidez con la que trataría a una planta decorativa. Su sostenida ley del hielo me tenía un poco más cabreado de lo habitual, pero tenía que reconocer que esta vez tenía algo de razón y yo bastante de culpa. Aunque quizás la solución más simple era pedirle disculpas, mi orgullo me insistía que eso de simple no tenía nada.

Lo mejor sería enfrentarla y ver que sucedía, después de todo, si éramos tan amigos, tendríamos que resolverlo conversando. Toda esta situación no me dejaba ponerle atención a ninguna clase, ni me había dejado estudiar nada y eso también comenzaba a ponerme inquieto.

—"Solae, necesito que hablemos. Juntémonos en la fuente de agua a la salida de clases." —le escribí a su celular. Me miró de reojo con curiosidad, respondiendo con un breve, pero satisfactorio "OK".

Me pasé el resto de la última clase pensando como podía solucionar este asunto evitando disculparme. Mientras pudiera evitarlo lo haría, pero no encontraba otra salida.

Cuando sonó la campana, comencé a guardar mis cosas mientras me hacía el ánimo de conversar con madurez. Solae se adelantó en salir de la sala junto con sus amigas y por un momento pensé que se estaba olvidando de mí; pero antes de desaparecer se volteó a mirarme, como comprobando que no fuese yo quien la olvidaba a ella y luego se rió junto a una de sus amigas. Lo más obvio hubiese sido suponer que era una risa de burla triunfal por haber conseguido que yo cediera, pero más bien me pareció una risa inocente y nerviosa, que no me cuadraba con el momento.

La fuente de agua se ubicaba en el interior del colegio al medio del patio de los naranjos. Como era un sector de poco tránsito, rodeado por árboles, no solía haber mucha gente junto a la pileta a la hora de salida, lo que nos daría un poco más de privacidad. Solo una pareja de alumnos, probablemente de un curso más abajo, conversaba sentada un poco más allá. Pero Solae aún no llegaba.

Releí su "OK" en mi pantalla y la ansiedad comenzó a hacer que empezara a replantearme el estar ahí. Me senté en una banca. ¡No podía ser que Solae también llegara atrasada a un lugar que le quedaba a tres minutos de caminata dentro del mismo colegio!

Pero Solae apareció. Ya no llevaba el pelo amarrado como solía usarlo siempre en clases y casi siempre desde que la conocía. El sol acentuaba el color de su cabello miel anaranjado, mientras que el viento evidenciaba lo mucho que le había crecido. ¿Siempre lo había tenido así de largo?

Me sorprendí a mi mismo mirándola como si no la conociera ya de memoria. Al acercarse frente a la banca donde yo estaba, me sonrió con timidez y por un momento pensé que era otra persona. ¿Era esta la actitud de alguien que está tan enojada conmigo como para montar una sofisticada broma?

—Hola Alex, ¿Querías hablar conmigo? —Ella mantenía los pies juntos y jugaba con sus manos entrelazadas frente a ella, evitando mirarme de frente. Todo lo que quería reprocharle, lo de la broma, lo de que dejara de ser tan inmadura, lo de Anton, no venía a cuento ahora. Su actitud tan extraña me descolocaba. ¿Era esa su intención?

—Solae, me imagino que ya sabes de lo que quiero hablarte, ¿Verdad? —Su incomodidad al parecer se acrecentó con mi pregunta. La naturalidad con la que hablábamos siempre se había perdido. Al ver que no se sentaba junto a mí, me levanté y me acerqué para que conversáramos mejor, pero aún ahora, al tenerla parada frente a mí, no lograba hablarle ni comportarme con la seguridad de siempre. Su actitud tan rara era contagiosa.

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