3. Ley del hielo

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Por fin sonó el timbre del primer recreo y todos comenzaron a separarse en los grupos de siempre, con la diferencia que esta vez alrededor de Solae había más gente que de costumbre. Anton se había integrado a ellos sin ningún problema y Solae seguía sin hablarme ni dignarse a mirarme siquiera.

Entre todos los comentarios y felicitaciones varias, al parecer programando cómo celebrar a Solae después de clases, Anton sacó de su mochila una gran caja de regalo, de esas que parecen utilería bajo el árbol de navidad de centro comercial de lo perfecta que era, y se la extendió.

—¡Feliz cumpleaños, Sol! —le dijo entregándole el paquete, acompañándolo con la misma sonrisa estúpida que parecía ser la única expresión que sabía hacer. ¿Sol?  ¡Ella odiaba ese sobrenombre! ¿Quién se creía este idiota, para llamarla así?

Solae al ver la caja se emocionó.

—¡Gracias Anton! ¡Casi creí que lo habías olvidado! —respondió abrazándolo con energía.

—¡Eso nunca! —agregó Anton. Y luego risas y fotos junto al regalo; y selfies de ellos y del grupo, y ahí yo, otra vez sin saber cómo reaccionar. Miraba la escena y a los que eran parte de ella con escepticismo, esperando alguna explicación. Que por favor alguien me admitiera que era broma.

Pensé en acercarme a reclamar mi lugar, pero por donde lo viera, sentía que el esfuerzo no merecía la pena. Si Solae estaba tan enojada conmigo que me había quitado la palabra de la manera más infantil posible, allá ella. Y si el tal Anton era parte de la broma, no iba a seguirles la corriente, ni darles en el gusto.

Bajé al patio y me paseé, forzándome a disfrutar de mi nuevo estado civil de tranquila soledad. A pesar de que siempre había preferido estar solo, no lograba recordar la última vez que había bajado al recreo sin la compañía de Solae. Fue mi estómago el que, en un sonoro reclamo, me recordó que no traía nada para comer y que esta vez Solae no estaba conmigo para compartir conmigo su colación.

Me compré en el quiosco lo que me alcanzó con las monedas que traía y me senté en un banco del patio a leer un libro. No estaba tan mal despegarme de Solae, aunque fuese por una pelea, pero ser yo quien tenía la culpa, era algo que no me terminaba de dejar tranquilo.

Y hablando de tranquilidad...

—¡Soli ¿Y si vamos todos a tomarnos un milkshake en el café cerca de tu casa? —Trinidad, la mejor amiga de Solae, proponía ideas, pero todo su séquito de amigos, donde destacaba Anton en altura, tenían sus propias opiniones respecto de cómo celebrarla. Aunque no estaban tan cerca de mí, con su volumen de voz era imposible no escucharlo todo. Y todos parecían estar de acuerdo con ignorar que yo era su mejor amigo.

—¿Y si haces una fiesta este finde? —preguntó Mica, como si se le acabara de ocurrir la idea más original. A Solae no le gustaba celebrarse con fiestas, era más de festejar tranquila viendo una película, comiendo una mini torta y cosas ricas, y era lo que solíamos hacer juntos cada año.

—Nada de fiestas. ¿Verdad Sol? Yo creo que ustedes tendrán que celebrarla otro día, porque hoy ya tenemos planeado ir al cine. —les respondió Anton abrazándola por la cintura, dejándolos a todos callados y a mí estupefacto. ¿Esta actuación era parte de su plan para molestarme? Porque si era así, lo estaba logrando.

Ya no podía seguir ignorando el descarado espectáculo que estaban montando a mis expensas, en donde yo podía verlos y escucharlos con claridad. Me levanté del banco y me dirigí a Solae.

—¿Qué quieres conseguir con todo esto? —Le pregunté molesto, dirigiéndome a ella.

Todos me miraron de tal forma que ya me estaba arrepintiendo de haberlos interrumpido.

No me conoces, pero soy tu mejor amigo¡Lee esta historia GRATIS!